Sanguinaria (El Corazón 1) 4. No mueras #2
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4. No mueras #2

—¿Piensas en esto cuando estás sola? —La voz de Jameson se convirtió en un susurro íntimo y devastador—. ¿Piensas en tenerme dentro? ¿En que te deje sin aliento mientras te follo?

—No —mintió Shadera, pero sus caderas gritaban la verdad, deslizándose hacia abajo sin parar contra él.

—Mentirosa. —Aplicó más presión en su clítoris y a Shade se le escapó un gemido—. Yo pienso en ti todo el tiempo. Pienso en hacer que pierdas la cabeza como ahora.

La confesión la pilló totalmente desprevenida. Lo veía en sus ojos: la honestidad pura, el anhelo desesperado que iba más allá de lo físico. Le dio más miedo que cualquier cuchillo o bala.

—Que te follen —le espetó.

—Ya estás en ello —respondió él con una sonrisilla, esa sonrisa desquiciante que le daba ganas de besarlo y matarlo al mismo tiempo—. Y tú estás a punto de correrte encima de mí, ¿verdad, Shade?

Sin previo aviso, ella se apartó de él y ambos se quedaron jadeando ante la ausencia repentina. Antes de que Jameson pudiera protestar, Shadera se puso a cuatro patas y se situó ante él, como una ofrenda.

—Así —exigió, mirando hacia atrás por encima del hombro—. Y, por lo que más quieras, deja de tratarme con cuidado.

Los ojos de Jameson se oscurecieron con un instinto animal. Se colocó detrás de ella y la agarró de las caderas mientras se posicionaba ante su entrada.

—¿Estás segura?

—Hazlo.

Jameson la penetró, introduciéndose hasta la base con una sola y dolorosa embestida. Shadera gimió, sus dedos se asieron a las sábanas al tiempo que él se movía a un ritmo frenético.

Esto era lo que necesitaba: una fricción descarnada y ausente que ahogara todo lo demás.

—Eso es —gruñó él, deslizando una mano por su columna para sujetarla por la nuca—. Métetela entera.

Cada embestida la impulsaba hacia delante, la fuerza del movimiento hacía chirriar la cama contra la pared. Ella se movía hacia atrás para seguirle el ritmo con voracidad.

—Más fuerte —jadeó con los dientes apretados.

El sonido de la carne contra la carne resonaba en el hormigón, acompañado de sus jadeos y los improperios puntuales que escapaban de sus labios.

Jameson la sujetó con más fuerza, sus dedos clavados en la suave piel de sus caderas. Con la otra mano apretó la base del cuello de Shadera.

—¿Esto es lo que querías? —gruñó con una voz estrangulada por el esfuerzo y el deseo.

—Sí. —La confesión escapó de su garganta.

Su cuerpo la estaba traicionando de nuevo; respondía a sus duros movimientos con una desesperación que la hacía odiarse a sí misma.

Él se inclinó sobre ella, apoyando el pecho en su espalda y pegando la boca a su oído.

—Joder, qué preciosa estás así —susurró—. Tomando todo lo que te doy.

El halago le provocó un escalofrío por la columna, y notó que apretaba involuntariamente los músculos alrededor de su miembro. Notó la tensión que se iba acumulando, ese torbellino familiar de calor a punto de estallar.

El ángulo alcanzó algo devastador en su interior, generando una descarga de fuego por sus venas. Se mordió la muñeca para camuflar los sonidos que amenazaban con escapársele. Sin embargo, Jameson se percató de ello; siempre lo hacía.

—No te escondas de mí —le ordenó con la mano enredada en sus cabellos y tirándole de la cabeza hacia atrás—. Grita para mí, Shade.

Al oír sus palabras, el calor acumulado en su interior alcanzó un punto de inflexión.

Shadera estalló alrededor de su miembro, los músculos se le contrajeron cuando las oleadas de placer la recorrieron.

Se corrió con un quejido roto y sus fluidos lo cubrieron; las piernas le temblaban por la potencia del orgasmo.

—Sí, joder —gruñó Jameson mientras ella temblaba delante de él—. Esta es mi chica.

De repente, se retiró y se masturbó hasta que, con un gemido gutural, se derramó sobre la espalda de Shadera, embadurnándole la piel con el líquido caliente entre los estremecimientos del clímax.

Ambos cayeron sobre la cama, jadeando en el aire gélido del almacén. Shadera notó que el semen se le enfriaba en la espalda, marcándola de una forma que debería darle asco, pero que de algún modo no lo hacía.

—Bueno —comentó tras un largo rato acompasando la respiración, de nuevo con una voz cuidadosamente neutral—, ha sido adecuado.

Jameson se echó a reír, un sonido genuino y satisfecho.

—¿Adecuado? Me parece bien.

—Pásame ese paño. —Le señaló un trapo que había en el suelo.

Jameson lo cogió y le limpió la espalda con suavidad. A ella le dieron ganas de apartarse con la ternura del gesto, pero el cansancio hizo que se quedara quieta.

—Vas a ir a por Greyson Serel —dijo él en voz baja. No era una pregunta.

Shadera se giró para mirarlo.

—Es posible.

—Es un suicidio, Shade. Incluso para ti.

—Todo es un suicidio en esta ciudad. —Se incorporó y buscó su ropa.

Jameson la agarró de la muñeca.

—Prométeme una cosa.

—No.

Él la ignoró.

—Prométeme que tendrás cuidado. La ciudad te necesita viva.

Shadera miró la mano en su muñeca, las cicatrices parecidas a las suyas.

—La ciudad necesita más al verdugo muerto.

Volvió a ponerse la ropa, terminando de erigir los muros que solo dejaba caer durante el sexo. Sabía que Jameson la estaba mirando, era consciente de las palabras que él quería decirle y que pendían en el aire entre los dos.

—No —le advirtió sin mirarlo.

—¿No qué?

—No le des más importancia a esto de la que tiene.

Él se quedó callado un buen rato y, después, Shadera oyó cómo se vestía a su espalda. Cuando por fin se dio la vuelta, estaba sentado en el borde de la cama, totalmente vestido, observándola.

Ella echó mano de un cigarrillo a medias que tenía sobre una caja junto a la cama.

—¿Y cómo te has enterado tú de este encargo? —preguntó tras pescar un mechero del suelo. Encendió el cigarrillo, dio una larga calada y exhaló el humo en la oscuridad.

—Me lo ha contado Jaeger. Pensó que debía saberlo, por si… —Dejó la frase a medias, se pasó la mano por la cara y dejó escapar una carcajada amarga—. Ya sabes, porque puede que me esté enamorando de ti y es una puta mierda.

A Shadera le dio un vuelco el corazón al oír esas palabras, pero puso los ojos en blanco y se negó a darle alas a la emoción.

—Entonces eres más tonto de lo que pensaba —resopló, y se alejó en busca de las armas que había dejado en el suelo.

Jameson se puso en pie y se acercó adonde estaba ella. Le quitó el cigarrillo de los dedos. Se lo llevó a los labios mientras repasaba el arsenal y, a continuación, soltó una nube de humo.

—¿Cuándo te marchas? —preguntó sin mirarla.

Shadera tragó saliva. De repente, sentía una punzada de culpa por no haberle hablado del contrato, a pesar de saberlo desde hacía días.

—Esta noche.

El cigarrillo se consumió entre los dedos de Jameson mientras este contemplaba las armas, dispuestas en el hormigón como las herramientas de un cirujano. Todas estaban limpias y calibradas para matar. Apretó la mandíbula en silencio, procesando lo que acababa de oír.

—Esta noche —repitió con voz apagada—. Y no pensabas decírmelo.

Shadera se arrodilló y empezó a montar una pistola con movimientos que ya tenía automatizados.

Clic, chas, bam.

Los sonidos llenaron el silencio que se extendía entre ellos como unas explosiones diminutas.

—No había nada que decir. No es más que otro encargo.

—Y una mierda. —Jameson soltó el cigarrillo y lo aplastó bajo su bota—. No estamos hablando de un chivato del Cardinal o un traficante del Perímetro. Es el hijo del presidente. El puto heredero de New Found Haven.

Shadera no dejó de mover los dedos hasta que la pistola estuvo lista en sus manos, como si se hubiera materializado allí, con todos los componentes en su sitio.

—¿Y qué?

—Pues que vas a entrar en el Corazón dispuesta a morir y lo tratas como un día cualquiera. —A Jameson se le rompió la voz—. Y que puede que no te vuelva a ver.

Shadera dejó las manos quietas.

La sinceridad de Jameson saturaba el ambiente, cruda y de­sangrada.

Shadera sentía el peso de su mirada sobre los hombros, en los tatuajes enrevesados que le cubrían los brazos como vides de violencia.

Serpientes y cadenas, rosas con espinas afiladas para cortar, nombres de muertos escritos en una línea que le trepaba por el contorno del hombro y subía hasta el cuello.

Se obligó a mirarlo, a mirarlo de verdad .

El cabello plateado, que le caía sobre la frente; los ojos verdes, que brillaban con demasiada esperanza para un hombre que había visto lo que ambos habían visto; la cicatriz que le cruzaba la cara desde la sien izquierda a la mandíbula, cortesía de un sanguinario borracho unos años atrás.

Tenía la misma belleza que las cosas rotas: los bordes afilados y las líneas serradas captaban la luz de forma errática.

—Bueno, es que será un día cualquiera, y tú sabías lo que teníamos cuando empezamos a follar. Sabes que no me ato a nada —respondió—. Ahora no te hagas el sorprendido.

—No estoy sorprendido. —Jameson se acercó un poco más, hasta el punto de que ella pudo oler el humo del tabaco en sus manos y el leve aroma a pólvora que se quedaba prendido a su ropa—. Estoy aterrorizado.