4. No mueras
Cuando se ponía el sol, el frío en el almacén helaba hasta la médula, absorbía el calor de la piel desnuda hasta que los nervios quedaban entumecidos. Shadera estaba más que acostumbrada. La espabilaba y evitaba que se adormeciera demasiado.
Sujetó la pistola con una mano y fijó la vista en las sombras de la entrada. Solo había dos personas que supieran el código del tejado: Jaeger y Jameson Vine. Y el primero preferiría caminar descalzo sobre cristales rotos antes que presentarse sin invitación.
Los pasos de Jameson eran más suaves que los de la mayoría de las personas, pero, aun así, Shadera captó el susurro de unas botas desgastadas por los escalones metálicos y la forma en que el segundo paso siempre delataba su peso.
Jameson no llamó a la puerta, se limitó a abrirla con el hombro y dejar que se cerrase de un portazo a su espalda.
Emergió entre las sombras y se detuvo, con el ceño fruncido al ver a Shadera en el suelo.
Le dedicó una sonrisa y sus dientes se iluminaron bajo la luz tenue.
Se apoyó contra una columna de acero, y su camiseta de manga corta deshilachada le apretó los músculos de sus brazos llenos de cicatrices y tatuajes cuando los cruzó por delante del pecho.
—Joder, Shade —masculló con diversión—, ¿tú es que no duermes en la puta vida?
—A veces —respondió ella mientras colocaba un silenciador en su sitio—. Tienes peor aspecto del habitual.
—Pero sigues pensando que soy guapo, ¿verdad? —bromeó, y Shadera puso los ojos en blanco.
Se acercó a ella en tres zancadas y, acto seguido, se acuclilló a su lado, con los codos en las rodillas.
—Tenemos un problema. Los chicos de Jaeger acaban de atacar a una patrulla Veyra en la sexta…
—Ni es mi sector ni es mi problema —le interrumpió, posando al fin la pistola, y cogió la botella que había en el suelo a su lado. Le dio un buen sorbo—. Esta noche estoy ocupada.
Jameson miró de reojo su equipo de matar.
—Ya veo, ya.
Él dejó que el silencio se alargara, analizando su rostro en busca de alguna fisura en su armadura. Después le arrebató la botella y se la bebió de un trago.
Shadera enarcó una ceja al ver el corte que tenía en el antebrazo.
—¿Has venido por algo en concreto o solo para sangrar en mi suelo?
Él le acercó la mano a la cara con lentitud y cautela, como si fuera a morderle, lo cual era una posibilidad.
Sin embargo, Shadera permitió que trazara el contorno de su mandíbula, que metiera el pulgar por detrás de su oreja y le retirara la goma del pelo.
Sus rizos castaños rojizos fluyeron libres, derramándose alrededor de su rostro.
Él se inclinó y Shadera no se apartó.
Se encontraron con la misma violencia que marcaba el resto de sus vidas: sus dientes chocaron, sus labios se abrieron, sus lenguas empujaron las barricadas.
Las manos de Jameson estaban en todas partes a la vez.
Ella le mordió el labio inferior y él dejó escapar un sonido desde el fondo de la garganta, casi un gruñido.
La primera vez que lo hicieron, ninguno de los dos llegó a desvestirse del todo, simplemente se apretaron contra una pared vacía y follaron como si el mundo fuese a terminar. Desde entonces, la rutina había conseguido a duras penas que ella mostrara una mínima fracción de ternura.
Shadera subió las manos por su nuca hasta su cabello plateado, acariciando los laterales recortados con las palmas, hasta que capturó los mechones más largos de arriba entre los dedos.
—Te he echado de menos —jadeó él contra sus labios, pero las palabras no tuvieron el efecto deseado.
—No te pongas empalagoso —le advirtió ella, echándolo hacia atrás y poniéndose en pie.
Jameson volvió a sonreírle al alzar la vista, observándola con sus siempre inquietos ojos verdes y brillantes, y se irguió cuan alto era.
Un segundo después, la había cogido en volandas y la había colocado encima del escritorio, las manos ansiosas sobre sus caderas, los labios presionándole el punto en la garganta donde le latía el pulso.
La fuerza del movimiento empujó hacia atrás la silla del escritorio, que chocó con la mesa y cayó de lado.
Shadera echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados y la boca abierta mientras él dibujaba una línea de mordiscos desde su cuello hasta el lugar donde siempre guardaba una cuchilla detrás de la oreja.
Se arqueó contra él, sintiendo el contorno duro de su cuerpo a través de la ropa. Él ya estaba listo, siempre estaba listo para ella, como un perro que ha pasado hambre durante mucho tiempo y teme no volver a comer nunca más.
Shadera le rodeó la parte posterior del cráneo con las manos y hundió los dedos en su pelo, apartándolo de su garganta para empujarlo sobre la cama que había en un rincón.
Jameson le permitió tomar la iniciativa, como siempre, porque una parte de él estaba tan rota como ella y le gustaba más cuando Shadera lo trataba con aspereza.
Aterrizaron en el nido de mantas y Shadera se puso encima, con toda la elegancia de un lobo que se cierne sobre su presa, mientras le quitaba la camiseta.
El cuerpo de Jameson también estaba cubierto de heridas parecidas a las suyas; a pesar de los muchos tatuajes que adornaban su piel, tenía marcas de puntos que no habían llegado a difuminarse, verdugones fruncidos y rosáceos de las porras eléctricas de los Veyra, una cicatriz serrada de una puñalada que se le extendía de la clavícula a las costillas.
Un segundo después, él metió las manos, calientes contra sus cicatrices, bajo la camiseta de ella.
Trazó todas las rugosidades como si estuviera leyendo braille, cartografiando el daño con una reverencia que hizo que a ella se le encogiera el estómago.
Lo aferró de las muñecas y se las sostuvo por encima de la cabeza, inmovilizándolo sobre la cama.
—No te entretengas tanto —siseó Shadera, y Jameson esbozó una media sonrisa.
—Siempre me follas como si estuvieras enfadada conmigo —respondió. La voz se le apagó cuando ella se inclinó hacia delante y le clavó los dientes en la garganta.
—Lo estoy —dijo—. Te has metido en mi casa sin permiso otra vez .
Shadera apartó las manos y él le quitó la camiseta y pegó la boca a su pecho antes de que la ropa tocase siquiera el suelo.
Sintió que Jameson contenía el aliento al encontrar la vieja herida de bala justo por debajo de sus costillas, un óvalo de bordes serrados de cuando un Veyra intentó cargársela tres años antes.
—Esto debería haberte matado —le susurró contra la piel.
—Hará falta mucho más que una bala. —Shadera se dejó caer y se frotó contra él.
Este le desabrochó los botones de los vaqueros y ella se levantó lo justo para que pudiera bajarle los pantalones.
Jameson hizo amago de acariciarle la cara, pero Shadera atrapó su mano y la condujo a sus caderas, guiándola hacia donde ella quería.
En lugar de protestar, él la miró a la cara como si fuera lo único por lo que merecía la pena morir en el mundo.
Shadera se inclinó hacia delante, los rizos cobrizos cayeron sobre sus hombros, y buscó sus labios. Le rozó la piel con los pezones, duros y oscuros contra su pecho. Hacía mucho frío allí, pero ella tenía el cuerpo caliente como si estuviera llena de anticongelante.
Se restregó contra la áspera tela vaquera que aún lo cubría y, acto seguido, impaciente, le desabrochó el cinturón con un solo movimiento. El botón se abrió solo y le quitó los pantalones, llevándose los calzoncillos al mismo tiempo y dejándolo totalmente desnudo.
Su polla estaba erecta, gruesa y venosa; la punta relucía con la prueba de lo mucho que la deseaba.
Shadera envolvió la mano alrededor y apretó lo justo para que Jameson cerrase los ojos.
Le permitió que la observara por completo solo un momento y luego se sentó encima, tomándolo en su interior con un solo movimiento, sin vacilar.
Los dos gruñeron al contacto, aunque el sonido que salió de la boca de Shadera se pareció demasiado a un gemido para su gusto. Al principio lo cabalgó despacio, controlando y midiendo el ritmo.
Jameson le agarró la cintura, después el culo, clavando los dedos lo bastante fuerte como para dejarle marcas.
— Joder , qué bien —dijo, dejando caer la cabeza en las mantas arrebulladas—. Siempre es la hostia contigo.
Ella se echó hacia delante, colocó las manos a ambos lados de su cabeza y aumentó el ritmo.
Cada sacudida de sus caderas era deliberada, calculada para extraerle los sonidos precisos que quería de él.
Jameson empezó a respirar entrecortadamente, su pecho subía y bajaba mientras ella se movía con la misma precisión con la que desmontaba sus armas.
—Cállate —jadeó, pero su cuerpo la traicionó, apretándose a su alrededor al oír el halago.
Detestaba que él pudiera hacerla reaccionar así, detestaba que le martilleara el pulso cuando la miraba como algo más que una simple arma.
Jameson encontró su clítoris con el pulgar y se lo acarició con práctica.
—Te gusta cuando te digo lo perfecta que eres —murmuró con una voz ronca por el deseo—. Te pones muy húmeda.
A Shadera le falló el ritmo y se le escapó un jadeo entrecortado entre los labios. Colocó las manos sobre su pecho y se impulsó para cabalgarlo más fuerte y más rápido.
—He dicho que te calles.
Jameson no pensaba hacerlo.
Enredó la mano que tenía libre en su cabello y tiró de ella hasta casi rozar su frente.
—Dime que quieres esto —exigió—. Dime que me necesitas.
—Necesito… —Las palabras se le quedaron atascadas en la garganta cuando la penetró con fuerza, recibiendo su movimiento con una embestida brutal—. Joder . Lo que necesito es que dejes de hablar.
Él se rio, un sonido oscuro y deliberado.
—Eso no es lo que parece. —Le tiró más del pelo—. Me estás apretando mucho, Shade. Eres perfecta, es como si estuvieras hecha para esto.
El calor se enroscaba en el vientre de Shadera, aumentando a cada embestida. Notaba que iba perdiendo el control, que su compostura se resquebrajaba bajo el ataque de las sensaciones y las palabras incesantes de él.