Sanguinaria (El Corazón 1) 3. No hagas preguntas #3
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3. No hagas preguntas #3

—Hizo todo lo que le pediste. Mató a cientos de personas en el cadalso, día sí y día también, siguiendo tus órdenes.

Personas a las que se les dio caza por cualquier mínima infracción de tus leyes.

Y, aun así, te niegas a buscar a la escoria sanguinaria que lo asesinó —le reprochó Greyson, sabiendo de inmediato que debería haberse quedado callado.

Maximus sonrió, los labios finos como un cuchillo.

—Tu hermano era mejor hombre de lo que tú nunca serás, no tienes por qué recordármelo.

Era el hijo que querría que siguiera con vida.

Insultarme, cuestionar mi lealtad hacia él, es traición.

—Maximus se inclinó poco a poco hacia delante—.

La élite no es inmune a la violencia de los anillos.

El trabajo de verdugo te crea enemigos. Brooker lo sabía y, aun así, lo ejerció sin vacilar.

Murió por el Corazón, y eso es lo que voy a honrar.

No les daré a nuestros enemigos la oportunidad de aprovecharse de decisiones impulsivas.

Lira habló entonces, su tono seco y peligroso.

—Su muerte no fue un honor.

Maximus cerró la mano alrededor de su copa. Tenía los nudillos blancos.

—Te ruego que hables claro, Lira.

Ella lo miró a los ojos, de máscara a rostro.

—Su muerte fue una muestra de debilidad. Una muestra de que los sanguinarios pueden tocarnos. Y que dudes a la hora de hacérselo pagar solo les otorga más poder.

El silencio que le siguió fue tan puro, tan absoluto, que amenazó con fracturar la estancia.

Elara fue la primera en recobrar la compostura. Alisó la servilleta con dedos temblorosos y se atrevió a hablar sin permiso de nuevo.

—Estamos todos cansados —dijo con una voz que era la sombra de un susurro—. No peleemos esta noche.

Maximus la golpeó con el dorso de la mano en la cara antes de que nadie pudiera detenerlo, haciéndola caer de la silla y desplomarse en el suelo con un quejido de dolor.

Greyson se levantó, rugiendo, y Lira soltó un grito ahogado a su lado.

— Siéntate —gruñó Maximus, señalando con un dedo a su hijo.

Greyson dudó. Todos sus instintos gritaban que sacara el arma de la funda para meterle una bala a su padre en la cabeza. Posó las manos sobre la mesa con los dedos separados, respirando entrecortadamente a través de la máscara.

El decoro del salón exigía sumisión, pero cada fibra de Greyson se rebeló en contra.

Aun así, se obligó a sentarse, sabiendo que esa sería la única forma de proteger a su madre de otro golpe. Maximus le sostuvo la mirada durante un largo y contenido momento. Después apartó la vista.

A Maximus le tembló la voz al hablar, pero no de arrepentimiento, sino de rabia.

—Esta familia no es una democracia. Lloraréis a vuestro hermano como yo os diga. Y no volveréis a cuestionar jamás mis decisiones.

Greyson sintió las palabras como si le cortaran y, de repente, le entraron unas ganas irracionales de reírse. Reírse por la ironía de todo aquello, la crueldad que pudría por dentro a su familia, aunque por fuera todo pareciera perfecto y prístino.

En cambio, se obligó a apretar más la mandíbula, masticando la furia hasta compactarla en una piedra que pudiera tragar.

Observó que su madre se enderezaba la máscara.

Consiguió ponerse de rodillas y agarrarse al brazo de la silla, sin recibir ninguna ayuda de su padre.

Poco a poco, volvió a sentarse, se aclaró la garganta y se alisó la pechera de su blusa color crema, que estaba manchada con gotas de sangre.

—Ahora terminemos esta agradable cena familiar, ¿de acuerdo? —dijo Maximus. La frialdad de su voz resultó más brutal que la violencia de hacía unos momentos.

El roce de la cubertería contra la vajilla fue el único sonido que resonó en el salón mientras todos comían el postre, sin saborear nada.

Por fin, Maximus posó los cubiertos y se dirigió a los demás.

—Los votos están programados para el sábado. Os espero a todos allí. Sin excepciones.

Se puso en pie, se limpió la boca y se marchó sin dejar atrás nada más que el eco de sus pasos. Elara se levantó y se le quebró la voz al excusarse, tras lo cual salió detrás de él, sin dedicarles una sola mirada a sus hijos antes de desaparecer por el pasillo.

Greyson esperó a quedarse a solas con su hermana. El salón parecía encogerse a su alrededor.

—No deberías haber dicho nada —soltó, pero no le salió con la firmeza que esperaba—. Te lo hará pagar.

La voz de Lira sonó tranquila.

—No me importa, Grey. Ya no.

—Pues necesitas que te importe. Tienes que hacerle pensar que ha ganado. Te hará daño, Li.

—Lo que necesito —replicó ella, haciendo rechinar su silla de forma brusca contra el suelo— es escapar de esta familia antes de que me coma viva.

Greyson observó a Lira marcharse durante un instante antes de seguirla por el pasillo. La alcanzó junto al ascensor. Durante unos segundos, ninguno de los dos habló mientras esperaban a que este llegara.

—Si él no piensa hacer nada, tendremos que hacerlo nosotros —empezó Lira—. Tenemos que encontrar al sanguinario que asesinó a Brooker y matarlo con nuestras propias manos. Es lo mínimo que se merece.

Quiso discutírselo, decirle que no debería involucrarse, pero no encontró las palabras. Su hermana le puso una mano sobre el brazo, justo por encima del codo, le dio un leve apretón y entró en el ascensor.