Sanguinaria (El Corazón 1) 3. No hagas preguntas #2
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3. No hagas preguntas #2

—Díselo a mi padre —repuso Callum con voz quebradiza—. La última vez que lo vi me dijo que era un parásito. Que me lucraba con los vicios de la ciudad. —Se rio, un sonido hueco—. Le contesté que me venía de familia.

Greyson esbozó una sonrisa.

—Seguro que acabasteis bien.

Callum se encogió de hombros.

—No me desheredó. Supongo que sigue teniendo la esperanza de que provoque un escándalo lo bastante gordo para que tú acabes disparándome en vivo y en directo. Hasta entonces, dispone de barra libre y negación plausible.

A Greyson le supo la boca a bilis al pensarlo, al imaginar que su mejor amigo pudiera hacer algo que terminara conduciéndolo a aquel cadalso y que él fuera el responsable de quitarle la vida. No lo haría. Lo cierto era que, llegado el caso, sí que moriría para protegerlo.

Durante un rato, ninguno de los dos habló. La música del club de la planta baja seguía sonando, amortiguada por el doble cristal, pero aún presente, como el dolor de su pecho.

Callum rompió el silencio.

—¿Y ahora qué?

Greyson miró la máscara que había en un estante al fondo, vacía salvo por aquel artefacto antiguo de hierro ennegrecido, una reliquia de la primera generación.

Se puso en pie lentamente.

—Ahora tengo que ir a cenar con mi familia. A fingir que me importan los votos ceremoniales y a intentar no pensar en lo que vendrá después.

Callum asintió y también se levantó.

—¿Y qué vendrá después?

Greyson dudó.

—No lo sé. Pero algo tiene que cambiar.

Callum se colocó de nuevo delante de él, esta vez más cerca. Posó una mano sobre el pecho de Greyson, justo por encima de su esternón. Este notaba que su corazón retumbaba contra la palma de su amigo.

—No permitas que te quite esto, Grey. Nunca.

Las máscaras ocultaban cualquier emoción, pero el calor de la mano de Callum era real.

—No lo haré —respondió, y lo decía en serio.

Callum retiró la mano con una floritura.

—Ya conoces la vieja norma, ¿no? Si rompes los votos, me debes una caja de whisky del Perímetro.

Greyson esbozó una sonrisa.

—Si rompo los votos, tú morirás de la sorpresa y yo simplemente moriré.

—Moriré contento, entonces. —La risa de Callum sonó más suave esta vez—. Buena suerte con tu madre. Ella me da más miedo que el presidente.

—Aterra a todo el mundo con su silencio —contestó Greyson.

Callum levantó su vaso, descubrió que estaba vacío y, aun así, hizo el gesto de un brindis.

—Superarás todo esto, Grey. Como siempre.

Greyson se volvió para marcharse, pero se detuvo en la puerta.

—¿Cal?

—¿Sí?

—Si me pasa algo, haz que sufran.

La respuesta de Callum fue inmediata.

—Yo me encargo, hermano.

Greyson asintió y salió del despacho. No se había retirado la máscara de verdugo en ningún momento, pero debajo de ella, por un instante, sintió que podía respirar.

Atravesó la sala principal del club, ignorando las miradas voraces y los susurros que le seguían el rastro como se sigue al olor a sangre.

En el exterior, la ciudad le aguardaba, deseosa de más muestras de poder.

Se estiró la chaqueta, miró el reloj que llevaba en la muñeca y se encaminó a una cena que siempre acababa con amenazas.

La residencia Serel era una catedral de riqueza transmitida a través de generaciones y de unas ambiciones largamente enraizadas.

Por mucho que el resto de New Found Haven se modernizara, los aposentos del presidente se mantenían al margen de algo tan frágil como el progreso.

Los pasillos de madera bruñida de nogal negro desembocaban en el gran salón, donde generaciones de gobernantes del Corazón colgaban en lienzos de pintura al óleo.

Todos sus ancestros habían sido pintados con la solemnidad de una máscara fúnebre.

Los zapatos de Greyson no hacían sonido alguno sobre el suelo de marquetería, un hombre hueco entre fantasmas. Se detuvo en el arco que daba al salón y respiró hondo, calmándose antes de entrar en la sala y tomar asiento.

Si el distrito del ocio ocultaba violencia y artificio, esta sala era el poder al descubierto; dispuesto como una trampa, diseñado para hacer sangre con poco más que una mirada.

La mesa se alargaba infinita, un tablero de caoba tan pulida que reflejaba las llamas de los candelabros tan a la perfección como un espejo. A la cabeza se encontraba el trono de pan de oro, reservado para Maximus Serel, presidente y patriarca.

Había cuatro asientos. Uno para Greyson, uno para su padre y uno para Elara, su madre, que había convertido la tradición de la ciudad de llevar máscaras en una ley férrea.

Más allá de aquellos muros, era una mujer de armas tomar, cortante y letal.

Pero ahí, en esa casa, estaba tan atrapada como los demás.

La cuarta silla, la de Lira, se encontraba a una distancia cuidadosamente medida, más cerca de Maximus, pero siempre a cierta distancia.

Los criados se movían como el humo; percibidos tan solo de refilón, jamás se les interpelaba por sus nombres.

El servicio de mesa estaba dispuesto a la perfección: servilleta doblada, plato de bordes de obsidiana, copa de agua llena hasta la mitad.

No había música; tan solo se oía el siseo de la cera y el leve murmullo de los preparativos que subían desde la cocina.

Elara fue la primera en llegar, con una máscara resplandeciente de oro blanco, delicada como la escarcha. Deslizó la mano con ternura por el hombro de Greyson cuando rodeó la mesa y se sentó. Sus ojos se encontraron con los de su hijo y le mantuvo la mirada.

—Pareces cansado, cariño —le dijo en un susurro—. ¿Has tenido un mal día?

Greyson se planteó mentir.

—Podría decirse que sí.

Su madre cogió su copa de agua, pero no bebió.

—Deberías cuidarte más. Tus votos serán dentro de cuatro días. Te resultará conveniente mostrar el mejor aspecto posible.

Greyson estuvo a punto de sonreír ante su tono transaccional.

—Siempre tan diplomática.

Elara desvió la mirada hacia la entrada.

—Ayuda. A veces.

A continuación, pasó Lira; su máscara presentaba una geometría cortante de ángulos en oro rosa. Llevaba el cabello recogido, todos los mechones largos y oscuros peinados con laca. No saludó ni a su madre ni a su hermano. Simplemente se sentó en su silla, se colocó la servilleta y esperó.

Maximus fue el último en entrar.

No llevaba máscara, pero su rostro era más formidable que cualquier metal. Las líneas de su cara se habían marcado más desde que Greyson era niño: la mandíbula estaba algo más afilada, los ojos, más fríos. Repasó la mesa con la mirada, comprobó los asientos y se sentó sin más formalidades.

La comida se sirvió en tres platos y en silencio. De primero, una sopa tan negra como la ciudad a medianoche. Después, un filete de carne tan poco hecho que soltaba sangre. Por último, una tartaleta de naranja.

Comieron en silencio. No era un silencio incómodo, pues no había nada de incierto en ello, pero sí una represión deliberada, de las que retaban a llenarlo a riesgo de acabar devorado.

Greyson fue quien rompió el silencio.

—Padre —dijo con cuidado de mantener un tono neutral—. Quería hablar de Brooker.

El nombre de su hermano cayó sobre la mesa como un martillo. A Elara le tembló la mano, solo un poco, antes de dejar la cuchara en la mesa. Lira apretó la mandíbula, de una forma tan sutil que solo alguien que la conociera desde que nació se habría dado cuenta.

Maximus no levantó la vista del plato.

—¿Sobre qué?

—¿En qué punto está la investigación sobre el sanguinario que lo mató? —Greyson se obligó a mirar a su padre.

Por un segundo, los ojos de Maximus brillaron con más fuerza, reflejando un sentimiento inquietante, letal. Acto seguido, dejó el tenedor en la mesa, se limpió la boca con una servilleta y se reclinó en su asiento.

—Pensaba que te había dicho que dejaras el tema.

Greyson no lo había dejado.

Nunca lo dejaría, hasta que todos los sanguinarios desaparecieran de New Found Haven.

Ignoró las palabras de su padre.

—Oí decir a un capitán Veyra que…

Maximus lo interrumpió.

—Lo que hayas oído es irrelevante. Fue asesinado, y no pienso arriesgar más hombres para satisfacerte con un nombre.

Elara intentó intervenir con voz frágil.

—Este no es el sitio…

—No te he dado permiso para hablar —le espetó Maximus. Se giró hacia Greyson con los ojos oscuros como la brea—. Cuando te digo que dejes un tema, lo dejas.

Greyson apretó el puño alrededor de su cuchillo, con los músculos en tensión del esfuerzo que estaba haciendo para no clavarlo en la yugular de su padre por tratar a su madre con tan poco respeto, o por el poco respeto que mostraba por la memoria de Brooker.