Sanguinaria (El Corazón 1) 3. No hagas preguntas
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3. No hagas preguntas

En el distrito del ocio del Corazón, todo funcionaba a base de sangre y artificio.

Los clubes y teatros constituían un órgano vivo en la anatomía de la ciudad, bombeando a la élite a través de arterias de obsidiana pulida y mármol con vetas doradas.

En noches así, todo el distrito resplandecía con el pretexto del placer; un cristal unidireccional y una niebla de feromonas que ocultaba la podredumbre.

Greyson se movía con la indiferencia de un hombre nacido en el lujo; llevaba la máscara de ónice tan apretada que parecía formar parte de su cráneo.

Las miradas que le perseguían a lo largo del pasillo del club eran protocolarias y depredadoras.

Las bailarinas con los maillots cristalinos esperaban a que abriese la cartera y sus mecenas enmascarados, puestos de especia del Perímetro, estaban demasiado fuera de sí para reconocerlo.

Greyson los ignoró, o fingió hacerlo. Observaba cada gesto, los catalogaba y los anotaba mentalmente para usarlos como soborno en caso necesario.

Esa noche, los pasos de Greyson lo llevaron al extremo más alejado del distrito del ocio, a un establecimiento adornado con molduras de platino, donde se proyectaban hologramas cambiantes de bailarinas que se estiraban y fundían entre sí al ritmo de la música.

Sobre la entrada colgaba un letrero sencillo.

«Thane».

Hasta en el Corazón, solo los idiotas ponían su apellido a los nombres de los clubes, salvo que fueras demasiado poderoso como para que te importara, o demasiado peligroso como para que te afectara.

Callum Thane era ambas cosas.

El interior era una cavidad de terciopelo con sombras en cada rincón.

La luz tenue realzaba a las bailarinas sobre las plataformas y las máscaras que las miraban desde abajo.

Incluso a esa hora tan temprana, el club estaba abarrotado.

Siempre había un repunte de clientela en los clubes de Callum el día posterior a una ejecución, como si la élite tuviera que recordarse a sí misma que seguían vivos.

Greyson se abrió paso por el público hasta la parte trasera, donde había unas escaleras que llevaban al despacho de Callum.

No necesitaba pedir permiso ni concertar una cita para presentarse allí.

Los dos guardias al pie de la escalera de caracol no se molestaron en escanear sus datos biométricos cuando se acercó, se limitaron a hacerse a un lado para que pudiera pasar.

Subió los escalones de dos en dos, con las manos metidas con desenfado en los bolsillos de su cómodo traje de negocios negro, y observó cómo se abrían las amplias puertas de cristal nada más llegar.

Callum lo estaba esperando, sentado en su silla de cuero, con una máscara que resplandecía con filigranas de oro y cobre.

Iba ataviado con un traje oscuro; los botones superiores de su impecable camisa estaban desabrochados para así acentuar el marrón oscuro de su piel tatuada, donde varios collares pendían sobre el pecho desnudo.

Tecleó con los dedos llenos de anillos un código largo en el escritorio.

Siempre estaba en movimiento, hasta cuando se encontraba sentado.

Una energía excesiva reptaba bajo su languidez ensayada de anfitrión criado en el Corazón.

El despacho olía a humo, a ginebra cara y a lejía.

—Grey —le saludó Callum nada más poner pie en la espaciosa estancia. No se levantó, solo movió un par de dedos como vago saludo—. Si has venido a cerrarme el club, tendrás que ponerte a la cola. Ya han estado aquí tres Veyra esta semana. Pero dejo que te cueles.

Greyson cerró la puerta a su espalda y la cerradura emitió un susurro. Se acercó al carrito de las bebidas (bien surtido con un amplio abanico de opciones) y se sirvió un par de dedos de ginebra en un vaso.

—¿Solo tres? Con esas salas antiescáner privadas que acabas de abrir, creía que se habría presentado todo el ejército.

—Ya sabes cómo son estas cosas. Los legisladores nunca viven dentro de la ley. Por supuesto, se fueron satisfechos y yo me he ganado tres secretos más para quitármelos de encima. —Cal­lum le guiñó el ojo y se llevó el vaso a la ranura de la máscara.

Greyson resopló; era lo más parecido a reírse que podía hacer. Dejó su bebida cerca del borde del escritorio y se inclinó sobre él con la cabeza gacha. Durante un instante, ninguno de los dos habló.

La máscara de Callum reflejaba la luz y la fracturaba en haces que reptaban por las manos de Greyson.

—No has venido por placer o para hablar de chorradas —dijo—. Algo va mal.

—Todo va mal siempre. —Greyson se enderezó y se cruzó de brazos—. Simplemente hoy es peor.

Callum aguardó, dejando que el silencio se volviera más denso. Siempre lo hacía, obligaba a Greyson a llenar el vacío, a pronunciar en voz alta lo que le perturbaba.

Greyson apartó la mirada y posó los ojos en la pista de baile de la planta inferior, que se veía a través del cristal unidireccional.

—Vacilé, Cal. Ayer, en la ejecución.

Callum se quedó quieto solo durante lo que tardó en tomar aire, luego volvió a llevarse el vaso a la ranura de su máscara. Le dio un sorbo. Los anillos de su mano derecha tintinearon contra el cristal.

—Lo vi.

Greyson volvió a sentir la rabia que bullía ardiente bajo el hielo.

—La mujer suplicó. Suplicó . No fue algo digno. Pero fue… —No pudo terminar la frase, así que dejó que el silencio dijera lo demás.

Callum se puso en pie y se alisó la chaqueta con las manos.

Acortó la distancia que los separaba en cuatro zancadas y agarró a Greyson del hombro.

Habría sido un gesto peligroso más allá de los muros del club, donde los Veyra lo interpretarían como una muestra de debilidad.

Aquí, era necesario. Sus máscaras no ocultaban nada del otro, no de verdad.

—Lo haces lo mejor que puedes —dijo Callum—. Siempre.

Greyson lo miró.

—Eso no es cierto.

—No eres como tu padre, Grey. Por mucho que él intente tallarte a su medida. —Callum le dio un apretón suave pero firme—. Eres mejor que él. Tú todavía tienes corazón.

Aquellas palabras deberían haberle reconfortado, pero, en cambio, le rasparon por dentro.

—Si soy mejor, ¿por qué le metí una bala en la cabeza a ese hombre? ¿Por qué he disparado a cientos de rebeldes?

Callum se encogió de hombros.

—Porque no eres idiota, joder. Sigues teniendo instinto de supervivencia. Si no fuera así, morirías con ellos. Puede que no sea suficiente, pero es algo.

Greyson soltó lentamente una exhalación temblorosa.

—Me ha organizado unos votos ceremoniales. Con Moraine Daunt. Dentro de cuatro días.

Callum silbó, en tono grave y empático.

— Menuda unión. Ya ni se molestan en fingir, ¿eh?

Greyson negó con la cabeza.

—Quiere que sirva de ejemplo. Demostrarle a la ciudad que soy leal. Si me uno a esa familia, no hay lugar para los rumores.

Callum apartó la mano del hombro de Greyson y tamborileó su anillo contra la superficie del escritorio.

—En eso tienen toda la puta razón. ¿Vas a hacerlo?

—No me queda elección. —Greyson no dijo la segunda parte de la frase: que le daba tanto miedo hacerlo como lo contrario.

Callum lo miró como si buscara algo en sus ojos.

—¿Por qué vacilaste en realidad, Grey?

Al principio, Greyson no respondió. El recuerdo del grito de la mujer reverberaba en su mente, como un fantasma negándose a ser exorcizado.

—Porque su único delito fue enamorarse de un hombre del Perímetro —explicó, sorprendiéndose de su sinceridad—. Y, aunque no me imagino dispuesto a morir por un sentimiento tan absurdo, pensé que, si la dejaba marchar, podría… equilibrar algo. Que empezaría a curar el daño que ha causado mi familia.

Callum meneó la cabeza.

—El equilibrio no existe en New Found Haven. Y daba igual que lo hicieras tú o algún Veyra, esa mujer no iba a bajar del cadalso con vida.

Greyson asintió.

—Lo sé.

—Además —siguió Callum, empleando un tono más liviano—, el amor ha derrocado imperios, y tu padre es consciente de ello.

Greyson resopló con amargura.

—¿Qué sabes tú del amor?

—Nada —respondió Callum con una risilla—. Yo solo sé de deseo, y haría cosas indecibles en nombre del deseo. Así que me imagino que, si encontrase el amor, también estaría dispuesto a morir por la causa.

Greyson sonrió entonces, negando con la cabeza pero sin decir nada.

—¿Acaso no me quieres a mí, hermano? ¿No morirías por mí como yo moriría por ti? —añadió Callum en un tono de ofensa fingida.

Greyson apuró lo que le quedaba de bebida.

—Mataría por ti sin dudar, pero morir por ti… Eso habría que hablarlo.

Una fuerte carcajada resonó bajo la máscara de Callum, que volvió a sentarse a su escritorio y colocó las botas bruñidas sobre su superficie.

—Puede que sigas teniendo corazón, pero careces de sentimientos.

Greyson rellenó su vaso antes de sentarse en el asiento de enfrente.

—Tú tienes sentimientos de sobra para los dos —bromeó Greyson mientras removía el líquido.

La sonrisa de Callum se reflejó en sus ojos.

—Eso fue lo que hizo que me echaran del programa de entrenamiento de los Veyra. Era demasiado sentimental y no tenía lo que sea que estuvieran buscando.

Greyson recordó el día que se conocieron.

Fue durante unos ejercicios tácticos a última hora de la noche, los dos exhaustos, las máscaras empañadas de sudor, ninguno dispuesto a dejar que ganara el otro.

Callum solía colar raciones para el personal de conserjería y hackear el sistema de vigilancia del Corazón solo para demostrar que podía hacerlo.

Esa amabilidad, mezclada con su inteligencia y mano firme, era lo que lo convertía en un tipo peligroso.

—¿Nunca te has arrepentido de no haberlo acabado? —preguntó Greyson.

Callum negó con la cabeza.

—He podido montármelo por mi cuenta. Ahora reparto licor en vez de mentiras. Placer en vez de muerte… casi siempre.

Greyson torció el gesto al oírlo. Su único trabajo era repartir muerte en ese cadalso.

Miró a su amigo con atención.

—Haces más bien en este club que todos los Veyra.