Sanguinaria (El Corazón 1) 2. El Perímetro #2
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2. El Perímetro #2

Para Shadera, matar a Greyson Serel sería un honor.

Sería un placer quitarles algo a las mismas personas que le habían quitado tantísimas cosas a ella. Greyson merecía pagar por sus crímenes como verdugo, pero su familia era el martillo y la gente como ella siempre eran los clavos.

Shadera recorrió los callejones, las arterias negras del Perímetro donde ni la lluvia se llevaba la mugre.

Nada permanecía limpio demasiado tiempo.

El agua de los sumideros hacía espuma bajo sus pies, escupiendo etiquetas de marcas que ya no existían y productos olvidados de la basura que congestionaba las alcantarillas.

El hedor químico se le adhería al cabello, a las botas, a la piel expuesta del cuello.

Tenía los sentidos agudizados para captar cada amenaza, cada movimiento tras una ventana rota o cada susurro de una tubería.

Si iba por las avenidas principales, La Boca del Lobo estaba a tres manzanas de su hogar, pero tardaba el doble si se decantaba por el recorrido más largo para despistar a quien pudiera estar siguiéndola.

Shadera siempre iba por el camino más largo, moviéndose con la paciencia y la paranoia propias de una asesina.

La gente la miraba al pasar, pero a ella no le importaba.

En el Perímetro se aprendía rápido: mantén una expresión impasible, las manos a la vista y las intenciones ocultas.

La reputación de Shadera le proporcionaba tranquilidad, pero en ningún caso seguridad.

Siempre había alguien cerca que acababa de llegar, que tenía más ambición o era más idiota.

Vislumbró a un chaval, de unos diez años o quizá menos, merodeando en una esquina.

Iba descalzo y tenía las manos metidas en las mangas de un abrigo que le quedaba cinco tallas grande.

El chico miró a Shadera; después, al callejón que esta tenía a su espalda, y luego se esfumó metiéndose en un semisótano como una rata.

Ella identificó su comportamiento: era un informante o un ojeador de alguna microbanda.

Los depredadores de la zona devoraban a los más jóvenes.

La mayoría no pasaban de los veinte en estas calles.

Un par de manzanas más adelante, cuando el ruido de la ciudad disminuyó, Shadera ralentizó el paso; el silencio siempre implicaba problemas.

Vio a dos hombres agachados junto a un bidón en el que habían encendido una hoguera.

Estaban de espaldas a ella, hablando en voz baja.

En la mano de uno de ellos vio el contorno de un cuchillo, y captó el brillo de un arma barata en la cadera del otro.

Por el aspecto de los parches de su ropa, parecían aspirantes a sanguinarios.

Los dejó atrás sin perder el ritmo, proyectando la amenaza invisible de que lo único que conseguirían si se enfrentaban a ella sería acabar en una tumba poco profunda.

Los hombres se encogieron al ver a Shadera pasar y se escondieron en un callejón estrecho.

Ella estiró la mano, tiró de una escalera de incendios oxidada y observó cómo descendía.

Se aupó al metal tambaleante, trepó a lo más alto del almacén abandonado y tiró de la escalera de nuevo para dejarla en su sitio.

Se detuvo a otear el horizonte y respiró hondo.

El perfil de la ciudad estaba formado por dientes serrados de hormigón y cristal que se alzaban sobre el humo. A lo lejos, las torres gemelas del Corazón emitían un brillo blanquecino, como una estrella fija sobre un planeta muerto. Apretó los dientes mientras las contemplaba.

Recordaba la noche en la que vinieron a por sus padres.

Recordaba el directo, los gritos, cómo su madre cayó sobre el cadalso para no volver a levantarse.

Recordaba lo que había sentido al coger el cuchillo después de aquello, lo fácil que resultaba cortar la parte blanda de la garganta de un hombre si tenías buen pulso.

La llamaron monstruo por lo que le hizo a ese primer Veyra. Le dio igual. En aquella puta ciudad solo sobrevivían los monstruos.

Apartó la vista y dejó que los recuerdos continuaran ardiendo en su subconsciente. La puerta de mantenimiento del tejado del almacén se encontraba bajo un cartel metálico reventado que ella misma había clavado al hormigón.

«Reciclajes Kael». Shadera lo miró. Era la única prueba física que quedaba en New Found Haven de que sus padres habían existido.

Para el Corazón, ella tampoco existía. Para el Corazón, había muerto la noche de la redada.

Shadera introdujo el código en la cerradura y escuchó cómo giraban los engranajes de detrás de la puerta antes de que esta se abriera. El hedor a aceite y a hierro caliente le resultaba reconfortante, un sufrimiento privado que le pertenecía solamente a ella.

Cruzó el umbral y cerró, esperando a oír el chasquido de la última cerradura antes de apartarse.

Su guarida era más grande de lo que parecía desde fuera: un almacén abandonado que en el pasado había pertenecido a una empresa de logística y que ahora era un laberinto que ella misma había ido mejorando.

Las lámparas desparejadas proyectaban charcos de luz amarillenta sobre el hormigón, iluminando las paredes cubiertas con planos del Corazón, mapas topográficos y fotos policiales.

En el centro de todo estaba un plano completo del Corazón, un croquis de líneas rojas y negras que marcaban de forma obsesiva cada rotación de guardias, cada puesto de control y cada entresuelo secreto de mantenimiento.

Entre los documentos había clavado fotografías, con o sin máscara, conseguidas en el mercado negro o capturadas por ella misma.

Las máscaras de la familia Serel dominaban la pared: el presidente, su mujer, su hija y sus dos hijos.

Cada uno de ellos estaba rajado con un cuchillo, perforado con un dardo o roto con una barra de acero afilada.

En el caso del hijo mayor, su cara estaba marcada con una gruesa X de color rojo.

Brooker Serel había sido asesinado. Nadie de los anillos exteriores sabía cómo o por qué, solo que un día estaba en pantalla llevando a cabo ejecuciones y, al siguiente, retransmitían su funeral.

Greyson no tardó en hacerse cargo y ocupar el lugar de su hermano como verdugo del Corazón, lo cual no sorprendió a Shadera.

Sabía lo mucho que disfrutaban los Serel derramando sangre inocente.

Curvó los labios en una sonrisa cruel al contemplar la pared y clavar otra daga en la foto de Greyson enmascarado. Pronto, los dos hijos de Maximus Serel estarían muertos, y no tendría herederos varones que gobernaran su pequeño reino envenenado, momento en el que Shadera iría a por él.

Se acercó a la pared, trazó el camino desde los túneles de servicio del Cardinal hasta la base del Corazón y marcó un punto de acceso nuevo que había descubierto en el mapa meses atrás.

Si las patrullas mantenían su horario, los túneles estarían desiertos desde la medianoche hasta las tres de la madrugada, tiempo de sobra para que ella pasara desapercibida.

Una vez en el Corazón, saldría de los túneles de mantenimiento trepando por el hueco del ascensor y se dirigiría hacia la Torre Serel.

Para cualquier otro, aquella sería una misión suicida, pero Shadera solo aceptaba este tipo de trabajos.

Se le escapó un largo suspiro mientras sacaba los brazos tatuados de la chaqueta; la metálica tinta negra refulgía sobre su piel marrón. Se desprendió de la chupa de cuero y la colgó en la silla metálica que había delante del escritorio pegado a la pared.

Posó la mirada en su piel al deslizar los dedos por los bordes de una cicatriz recién curada en su antebrazo.

Tenía muchas cicatrices nuevas, pero esta se la había ganado arrebatándole un escáner de paquetes a un Veyra.

El trabajo había sido sencillo, aunque no imaginó que el soldado fuera tan rápido con un arma blanca.

Al final, ella consiguió lo que necesitaba, y en aquel momento el cuerpo del Veyra se descomponía poco a poco bajo los residuos químicos del Cardinal.

A continuación, se dirigió a las seis taquillas que tenía en un rincón del enorme espacio, al tiempo que se desabrochaba la funda que llevaba alrededor de la cintura y los muslos.

Nunca salía de casa sin sus armas favoritas pegadas al cuerpo, una CZ 75 y una Sig P320.

Las habían usado para intentar matarla, y Shadera las empleó para asesinar a sus anteriores dueños.

Había algo poético en eso, en su opinión.

Abrió la primera taquilla, dejó las dos armas en el primer estante y colgó la funda en una percha.

Metió la mano al fondo y retiró la parte de atrás del cubículo para dejar a la vista un compartimento secreto.

Esbozó una sonrisa. Agarró el asa de un maletín negro y fino.

Lo sacó, se acercó al escritorio y lo posó sobre la superficie antes de abrirlo.

En su interior, encajada en espuma negra, se encontraba la última adquisición de su arsenal: una nueve milímetros reglamentaria de los Veyra, con el emblema del Corazón dibujado en el cañón.

Shadera había estado aguardando el momento de usarla, aguardando un trabajo que pudiera hacer pasar por un ajuste de cuentas.

Que Greyson fuera quien recibiera aquella bala, cuando había sido él quien había matado con aquellas mismas balas a cientos de personas del Perímetro, se le antojó un karma perfecto.

Iba a ponerlo de rodillas, pensó Shadera mientras empezaba a desmontarla para limpiarla. Iba a decirle las mismas palabras rituales que él había pronunciado cientos de veces antes de asesinar a hombres y mujeres inocentes.

El padre de Greyson había empleado aquel mismo modelo de pistola para meterles una bala en la nuca a sus padres cuando ella apenas tenía diez años.

Y, durante los veinte que habían transcurrido desde entonces, Shadera había estado esperando que llegara el momento en el que pudiera arrebatarle algo a él.