2. El Perímetro
Shadera Kael abrió la puerta de La Boca del Lobo con el hombro y entró como una bala introduciéndose en un hueso.
El cartel de neón con el nombre del local y una calavera proyectaba una neblina roja y violeta que teñía de color una sala a rebosar de sanguinarios que matarían por menos de una ración diaria.
Shadera parpadeó por la luz penetrante y se detuvo para que su visión se acostumbrara a la penumbra. Analizó la muchedumbre de la misma forma que un carnicero inspeccionaría su próxima pieza: con eficiencia, desprovista de emociones, con ganas de cortar.
No era el peor antro del Perímetro, ni de lejos, pero apestaba a hierro, a sudor reconcentrado y al olor fuerte, dulzón y sintético del anticongelante.
Las paredes eran de hormigón armado y estaban llenas de grafitis y grietas.
Carteles de insurrecciones pasadas y rebeldes desaparecidos rodeaban las mesas destartaladas.
La actividad principal de aquella noche, y de cada noche, era consumir lentamente desesperación química, servida en copa, de docenas de marcas del tipo de veneno de garrafón que le gustaba a Shadera.
Licor .
Los clientes habituales la observaron mientras se acercaba.
Algunos le dedicaron un asentimiento, otros apartaron la mirada y unos cuantos se mentalizaron para la violencia.
Los rumores de su regreso se habían adelantado a sus propias botas, ocasionando un estremecimiento de inquietud entre las filas de sanguinarios.
Había partido en dos (literalmente) a su último encargo, un soplón del anillo Cardinal.
El equipo de limpieza seguía recogiendo trocitos de su cuerpo de las alcantarillas.
Dejó atrás una mesa de billar destrozada, donde dos adolescentes delgaduchos se jugaban unos créditos.
Uno tenía una mano entablillada, el otro lucía un ojo morado.
Shadera pasó junto a la barra semicircular, le devolvió la sonrisa al viejo camarero y se dirigió a la pared del fondo, donde acechaba la verdadera autoridad.
Jaeger Nolin, el Lobo .
El maestro del gremio de sanguinarios.
Estaba sentado a solas en una mesa rinconera, bajo un halo de LED barato que arrojaba una enfermiza luz rosa.
Sujetaba en la mano izquierda un vaso resquebrajado, y en la derecha, una moneda deslucida que lanzaba al aire y atrapaba a un ritmo imposible.
Hasta en la oscuridad, no perdía detalle de sus alrededores: de su gente, de las puertas, de los ángulos de entrada.
La mayoría pensaba que no sentía cariño, ni por sus mercenarios ni por nadie, pero Shadera sabía que no era así. Había visto pruebas de que tenía corazón, había visto cómo cuidaba del Perímetro y de sus habitantes, cómo acogía huérfanos de la calle para asistirlos.
Ella había sido una de ellos.
Se plantó delante de él y Jaeger le dedicó una ligera sonrisa.
—Kael. —Nunca levantaba la voz, que sonaba como el grave murmullo de un depredador—. Siéntate. Tienes un aspecto horroroso.
Ella se dejó caer en el asiento opuesto y su chaqueta de cuero crujió con el movimiento. Enarcó una ceja perfecta.
—Siempre dices lo mismo. Voy a empezar a sentirme ofendida.
Jaeger emitió un gruñido y le hizo un asentimiento de cabeza al camarero que acababa de aparecer, quien depositó cuatro chupitos de un líquido transparente sobre la mesa, delante de Shadera, para acto seguido perderse entre la multitud de nuevo.
—Me he enterado de que acabaste antes de lo previsto el contrato de Dunmore. Buen trabajo.
—El tipo se lo merecía. Estaba convencido de que nadie descubriría que estaba ayudando al puto Corazón. —Shadera se miró las uñas, manchadas de pintura negra y sangre vieja—. ¿Tienes otro trabajo para mí?
Jaeger metió la mano en su abrigo. Fue un movimiento casual y deliberado, y, aunque no entrañaba amenaza alguna, todos los sanguinarios de la sala se pusieron en tensión.
Excepto Shadera. No, ella cogió los vasos de chupito que tenía delante y se los tragó uno tras otro sin tan siquiera torcer el gesto.
Dejó el último sobre la mesa y lo colocó de lado; una señal de que estaba lista para otra ronda.
Él sacó un sobre grueso, sellado con cera y marcado con el emblema carmesí del Corazón. Lo deslizó sobre la mesa destartalada sin dejar de mirarla a los ojos.
Shadera rompió el sello.
El interior estaba recubierto de una malla fina resistente a los escáneres, una precaución extra que solo se tomaban los clientes que vivían en el Corazón para asegurarse de que el contrato pasara los puestos de control de los anillos. Dejó caer el sobre y empezó a leer.
Shadera abrió mucho los ojos, pasando del documento a Jaeger y luego de vuelta al contrato.
—¿Estás de puta broma? Esto tiene que ser una trampa.
Jaeger sonrió desde el otro lado de la mesa.
—Lo he comprobado yo mismo. Este contrato es tan real como cualquier otro, te lo garantizo.
Ella soltó un bufido.
—Dice que el objetivo es Greyson Serel. El mismísimo Greyson Serel. Esto dará pie a una guerra.
Jaeger se encogió de hombros y le dio un sorbo a su vaso mientras Shadera volvía a leer el contrato.
—¿Cuánto pagan? —preguntó.
—Lo suficiente para mantener este tugurio durante el futuro próximo y alimentar a todas las familias de los campamentos del Perímetro durante un año.
—Shadera se ahogó con el jadeo que escapó de sus pulmones.
Jaeger lanzó la moneda sobre la mesa y la dejó girar hasta que empezó a frenar.
Luego la volvió a atrapar—. ¿Puedes hacerlo?
—Joder, claro que puedo. —Volvió a leer atentamente el encargo, memorizando la información—. ¿Quieres la máscara o el cadáver?
Jaeger se inclinó hacia delante y la mesa crujió bajo su peso. Se tragó lo que le quedaba de bebida y el movimiento hizo que su garganta, surcada de cicatrices de quemaduras, se moviera.
—La máscara. Intentar meter el cadáver en el Perímetro sería demasiado arriesgado.
En la mesa de al lado, un sanguinario fornido sonrió, enseñando sus dientes de oro.
—Shade, si la cagas te quito el encargo de las manos. Seguro que llego antes que tú al principito. —Se reclinó en el asiento y apoyó la bota sobre el banco—. Qué cojones, a lo mejor incluso reparto la recompensa contigo si tienes suerte.
Shadera no se molestó en responder. Se limitó a meterse la mano en la manga de la chaqueta, acariciar la punta de su navaja y lanzarla por el hueco que había entre las mesas.
La hoja se clavó en el hombro del sanguinario y le pegó la espalda a la pared con el impulso.
La sangre manó, rápida y oscura, embadurnando el parquet del suelo.
El bar se quedó en silencio.
Shadera se levantó, recortó la escasa distancia entre ella y el sanguinario y le pisó el muslo con la bota mientras rodeaba el arma con los dedos y la retorcía. El tipo aulló de dolor e intentó levantar una mano, pero ella la apartó de un golpe.
—¿Alguien más quiere quitarme este encargo? —preguntó, mirando a su alrededor—. Hablad ahora o callaos la puta boca.
Nadie habló.
El mercenario de los dientes de oro le dedicó una mirada furibunda, se sacó la navaja con un gruñido, dejando escapar un chorro de sangre, y se recostó de nuevo en la pared, sujetándose el hombro herido.
Shadera le quitó el arma de la mano al tiempo que el camarero le servía cuatro chupitos más en la mesa.
Se limpió la hoja en la manga de la chaqueta antes de guardársela como si nada.
Jaeger se apoyó en el respaldo. Le brillaban los ojos con un divertimento desprovisto de alegría.
—No cambies nunca, Kael.
Ella engulló los dos primeros chupitos. El licor sabía a plástico derretido y a mondaduras de fruta, pero la quemazón le templó el pulso. Se tomó el tercero lentamente, saboreándolo mientras le abrasaba la garganta.
—¿Algo más? —preguntó Shadera apurando el último.
—Sí. —Jaeger la miró con más intensidad—. Si fracasas, tenemos las manos atadas.
—Nada nuevo —repuso ella—. ¿Algo que deba saber sobre el preciado principito del Corazón?
La carcajada de Jaeger sonó como un único ladrido grave.
—De principito no tiene nada, y no es ningún idiota. Es tan calculador y despiadado como su padre. Puede que haya crecido entre los lujos del Corazón, pero ten por seguro que no lo parece cuando lucha. —Jaeger se acarició la mandíbula—. No lo subestimes, Kael.
El camarero apareció, retiró los vasos vacíos y dejó una nueva ronda delante de Shadera. Ella se tomó uno, miró a los hombres y mujeres que los rodeaban y se terminó el resto.
—¿Cuándo llega al Perímetro el próximo envío del Corazón? Necesito más antibióticos —preguntó bajando la voz.
—En algún momento de esta semana. Los rebeldes van a interceptarlo de nuevo, pero no nos han informado del día concreto. —Jaeger se metió la moneda en el bolsillo.
Shadera se deslizó hasta el final del banco y se puso en pie.
—Si te enteras antes que yo, mándame un mensajero. Estaré donde siempre.
Jaeger asintió, con la mirada ya puesta en el siguiente problema.
—Intenta que no te maten, Shade. No me queda nadie que pueda sustituirte.
Shadera sonrió.
—Lo sé.
Por la puerta trasera del bar, salió a un callejón donde la lluvia se evaporaba al contacto con el neón caliente y, durante un solo segundo, se dejó llevar por la emoción de cazar a Greyson Serel, el cabronazo preferido de la ciudad.
La idea sabía mejor que cualquier licor.
Shadera, al igual que la mayoría, odiaba al Corazón: su forma de vigilar, de juzgar, de decidir quién importaba y a quién hundía a pisotones en el barro. Odiaba a los Veyra y las máscaras. Odiaba que el Corazón fingiera que el anillo Cardinal era menos prisión que aquel agujero infernal.
Pero, sobre todo, odiaba al presidente Serel y a toda su puta familia.
La rabia que bullía en su interior con tan solo pensar en aquel apellido le abría un agujero en el alma.
Había sido el nombre de aquella familia y su legado el que había creado la opresión de New Found Haven y los anillos y el que había prohibido hasta la más mínima expresión de emociones humanas.
Eran los culpables del sufrimiento en toda aquella maldita ciudad.