1. La misericordia ha muerto #3
La segunda vez llamaron a la puerta con más suavidad y educación.
Atravesó el salón sin máscara y se asomó a la mirilla. Afuera había un Veyra, aguardando en el estrecho hueco entre su puerta y la del ascensor. El agente parecía relajado, así que los músculos de la espalda de Greyson se destensaron un tanto.
Tomó la máscara de su soporte, se la colocó sobre el rostro y abrió. El agente le dedicó el saludo militar y le habló con el tono tenso de un subordinado entrenado para no mirarlo nunca a los ojos.
—Señor, el presidente solicita su presencia inmediatamente.
Greyson asintió, ignorando el pico repentino de adrenalina en sus venas.
—Dile a mi padre que estaré allí en diez minutos. ¿Se encuentra en el despacho de su residencia o en las oficinas de la Torre Haven?
—Muy bien, señor. Se encuentra en su despacho —respondió el agente, que se retiró al ascensor sin darle la espalda.
Greyson cerró la puerta y tomó una bocanada de aire lenta y controlada.
Prefería pasar por ello cuanto antes, en lugar de preguntarse durante días cuándo caería sobre él el puño de acero.
Se miró en el espejo que colgaba sobre el mueble de la entrada y revisó su aspecto.
Nada de él existía en el exterior, no había atisbo de personalidad.
Se apartó los mechones negros como el carbón hacia atrás, peinándolos, y salió por la puerta.
El despacho privado del presidente Serel era una reliquia arquitectónica que había permanecido inalterada desde el nacimiento de New Found Haven.
No había muebles dolorosamente rígidos ni luces blancas y cegadoras.
El espacio estaba decorado con sillones anchos de cuero y retratos enmarcados en oro que colgaban en las paredes.
Las lámparas proyectaban una iluminación tenue y amarillenta que hacía que las ventanas del fondo parecieran espejos oscuros.
No había cámaras en la estancia, ni drones, solo la sensación palpable de que cada centímetro estaba medido y aprobado.
Greyson entró con paso silencioso y se detuvo nada más cruzar el umbral. Las puertas se cerraron a su espalda, emitiendo un suave sonido neumático.
Maximus Serel estaba sentado detrás de un escritorio de madera de nogal. La superficie pulida estaba cubierta de libros de contabilidad, documentos impresos y una tablet que parpadeaba con mensajes sin leer. Se había quitado su máscara dorada, que descansaba sobre un montoncito de correspondencia.
Cuando solo estaban ellos (el presidente y su familia), no cumplía las leyes que imponía con crueldad a sus ciudadanos. Su rostro estaba surcado de arrugas, pero resultaba imponente, y sus ojos negros atravesaban todo aquello en lo que se fijaba.
Maximus no se había hecho con el poder solo mediante la intimidación. Inspiraba, diseccionaba y finalmente consumía a todos los que se le oponían.
—Padre —saludó Greyson, bajando el mentón al tiempo que juntaba las manos por detrás de la espalda.
Maximus le indicó con un gesto el sillón que había delante del escritorio. Greyson se acercó con cuidado, tomó asiento y cruzó los brazos delante del pecho.
El silencio se alargó, ininterrumpido salvo por el leve murmullo de la ciudad que se extendía más abajo.
—Has llevado a cabo las ejecuciones —dijo por fin Maximus. No era una pregunta.
Greyson asintió.
—Hemos seguido el protocolo. No hubo complicaciones.
Su padre entrelazó los dedos y fijó la vista en un punto a la izquierda de la frente de Greyson.
—¿Y la emisión? ¿Observaste el efecto que tuvo?
—Sí, señor. El público respondió como esperábamos.
—Bien. —Maximus curvó los labios en una especie de sonrisa—. Hay quienes dudan de que los castigos públicos sean necesarios. Confío en que no estés entre ellos.
Greyson se quedó callado solo durante el tiempo que le llevó asimilar la pregunta.
—No, padre —mintió.
La sonrisa de Maximus desapareció.
—Entonces explícame por qué vacilaste antes del segundo disparo.
Greyson sintió que el ambiente se espesaba, pero mantuvo el control de su voz.
—La mujer se mostró desafiante. Quise asegurarme de que el mensaje quedaba claro, pero el capitán Mikel disparó antes de que pudiera apretar el gatillo.
—Humm. —Su padre se recostó en su silla; el cuero crujió bajo su peso—.
No estás aquí para que el mensaje quede claro, sino para que sea absoluto.
El miedo es un disolvente, Greyson: disuelve la duda, la resistencia, el concepto mismo de la alternativa.
Pero solo si se administra en su estado más puro.
Si lo diluyes, aunque sea un poco, la ciudad aprenderá a adaptarse.
Maximus se echó hacia delante y apoyó los codos en la mesa.
—He logrado construir esto… —Hizo un leve gesto con la mano que abarcaba su despacho, la ciudad, el mundo exterior—, no por ser amado, sino por ser inevitable. ¿Entiendes lo que significa eso?
Greyson miró a su padre, a la forma en la que la edad de su rostro parecía otra arma más, otro efecto calculado.
—Sí, señor, lo entiendo.
Maximus analizó a su hijo un momento, buscando los ojos azules que le devolvían la mirada detrás de la máscara de ónice.
—Con tu indecisión de hoy has puesto en entredicho tu deber. No mucho, pero lo suficiente.
Cogió un informe del escritorio y lo recorrió con la mirada. Después le dio un toquecito en la esquina.
—Circulan rumores. Hay Veyra que cuestionan tus prioridades. Algunos dicen que estás… distraído . —Dejó el papel en su sitio—. La distracción es una forma de deslealtad.
Greyson notó que el nudo de rabia se retorcía en su interior, pero se mantuvo impertérrito. Era en momentos como aquellos cuando agradecía no haberse quitado nunca la máscara en presencia de su padre.
—Tienes treinta y tres años ya, hijo. Es hora de que empieces a tomarte en serio tu responsabilidad. Tu madre te ha buscado pareja: Moraine, la hija de los Daunt. Los votos ceremoniales se celebrarán dentro de cinco días.
Ahí estaba el castigo.
Greyson solo había hablado con aquella mujer en una ocasión, y era tan leal al Corazón como el mismísimo presidente. Si Maximus quería sofocar cualquier duda que hubiera sobre la lealtad de su hijo, no había mejor pareja que ella.
Él habría preferido que le dieran una paliza.
—Padre, no puedo… —empezó a protestar, pero Maximus lo silenció con una mirada tan afilada como para matar. Asintió de mala gana—. Entendido.
Maximus inclinó el mentón, satisfecho. Cogió la máscara dorada, la hizo girar en sus manos y le sostuvo la mirada a su hijo.
—No hay lugar para vacilaciones en esta familia, Greyson. Ni en esta ciudad. Si dudas de ti mismo, ya te hemos perdido. Si dudas de mí…
No terminó la frase. No era necesario.
Greyson se puso en pie e inclinó la cabeza.
—Empezaré a prepararme para la ceremonia.
Maximus lo despidió con un gesto de la mano.
Greyson abandonó el despacho con el mismo paso silencioso, pero esa vez el frío de su vientre irradiaba hacia fuera, hacia su pecho, sus manos, su aliento. El eco de la advertencia de su padre recorría su cuerpo, constante como la electricidad que surcaba el Corazón.
«No hay lugar para vacilaciones».