Sanguinaria (El Corazón 1) 1. La misericordia ha muerto #2
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1. La misericordia ha muerto #2

Centró la vista en el cuerpo inerte de la mujer mientras metía el arma en su funda. Enderezó los hombros y esperó a que el público se cansara. Cuando el aplauso murió por fin, Greyson se acercó al borde del cadalso.

—Se ha restablecido el orden mediante la rápida actuación de la justicia —anunció; su voz atravesó el chistar que se produjo tras el júbilo—. El Corazón perdura.

Se giró sin dedicarles más atención a los rebeldes fallecidos y descendió los escalones de mármol, por los que ahora goteaba un líquido carmesí.

Como una ola roja de autoridad, los Veyra cerraron filas a su espalda mientras los trabajadores empezaban a retirar los cuerpos y a esterilizar el cadalso.

Por encima, los drones seguían flotando, grabando desde todos los ángulos.

Greyson notaba todas las miradas sobre él, analizando cada paso que lo alejaba del cadalso. Debería haber sentido algo; culpa, vergüenza. Pero, en lo más hondo de su estómago, Greyson solo sentía frío.

Tomó el ascensor hasta la planta setenta y ocho de la Torre Serel, solo.

El cubículo estaba cubierto de cristal inteligente, que le devolvía la imagen de su máscara desde todos los ángulos, cada reflejo acentuado por una luz blanca y quirúrgica.

No era la cara de un hombre, sino el emblema de un sistema, un sistema que había trabajado durante cinco generaciones para impedir que la ciudad se devorara a sí misma.

El cristal registró sus datos biométricos y se detuvo con un suspiro. El ascensor se abrió para dejar ver una segunda puerta. Greyson introdujo su llave en la cerradura, la giró y empujó para abrirla. Por fin, la estancia al otro lado le concedió lo que necesitaba: silencio .

Su apartamento era la vivienda más grande de la Torre Serel, a excepción del ático en el que residían sus padres, que constituía los tres pisos superiores.

Aun así, sintió que las paredes se le venían encima.

Cualquiera sería afortunado de vivir así, y él lo sabía.

Los habitantes del Perímetro, e incluso los del Cardinal, matarían por pasar una sola hora con los lujos que su hogar ofrecía, cometerían crímenes atroces con tal de tener la oportunidad de ducharse y disfrutar de sus comodidades, como si fuera el paraíso.

Sin embargo, para Greyson era una prisión.

La ejecución lo atormentaba, resonaba en sus oídos como un eco fantasmal. El ligero chasquido del primer disparo, los gritos desesperados de la mujer pidiendo clemencia, su propia vacilación, los ruegos de ella.

El castigo llegaría pronto; la ira de su padre estaría esperándolo.

«La misericordia es debilidad, Grey. La debilidad es el fin de todas las cosas».

La lección regresó, ahora con más fuerza que un susurro, arañando los bordes de su memoria.

Casi percibía el sabor de las consecuencias, las sentía afilando el aire como si de cristal roto se tratara.

Cerró con llave la puerta que tenía detrás y se permitió un discreto gesto de extenuación, un instante de rebelión silenciosa contra el resto del mundo, y dejó escapar un largo suspiro mientras apoyaba la cabeza contra la fría superficie.

Poco a poco, fue retirándose los guantes, los dejó en el mueble que había a su lado en la entrada y se quitó la máscara de la cara. La posó en su soporte y la contempló.

«La carga del privilegio».

Hacía cinco generaciones, las máscaras no eran más que símbolos, adornos rituales que solo se llevaban en votos ceremoniales.

Con el paso del tiempo, conforme New Found Haven empezó a estratificarse, comenzaron a usarse como herramientas de opresión y control social.

Se crearon costumbres y leyes complejas en torno a las máscaras, y se volvió ilegal que los habitantes de los anillos inferiores miraran los rostros desenmascarados de la élite.

Ahora, ni siquiera la élite tenía permitido ver qué había más allá de las máscaras. Salvo en el caso de aquellos ante los que te unía un voto ceremonial, mirar a la cara de otra persona se consideraba una violación flagrante de la ley de New Found Haven.

Solo en el caso de que algún ciudadano de la élite fuera declarado culpable de un crimen se le desenmascaraba en directo, antes de su ejecución.

Greyson apartó la vista de la máscara y se masajeó la mandíbula, conteniendo la rabia que corría por sus venas.

«Como si se pudiera oprimir a los ciudadanos de esta ciudad más de lo que ya lo están».

A su padre solo le interesaba el poder y ser aquel que lo ostentaba.

No le importaba que la gente bajo su mando, más allá del Corazón, muriera de hambre todos los días.

El presidente Serel le había dicho a su hijo que aquella era la voluntad de Dios: dejar que los que no eran lo bastante fuertes para sobrevivir murieran. Aunque Greyson sabía que su padre no duraría ni un solo día en el Perímetro.

Recogió los guantes del mueble de la entrada y se dirigió al dormitorio, desabrochándose la chaqueta por el camino.

Colgó el uniforme en una percha y guardó los guantes en un cajón, siguiendo una organización compulsiva.

Fue hasta el fondo del vestidor, donde el parquet se unía al zócalo, y se arrodilló.

El panel del suelo se elevó en cuanto lo tocó y dejó a la vista un compartimento profundo con paredes de aislamiento y una malla antiescáner.

Metió la mano y sacó una bolsa grande de viaje.

La dejó a su lado y colocó el panel de madera en su sitio.

Después, se recostó en la pared, agarró el asa de la bolsa y se la acercó al tiempo que abría la cremallera.

El contenido se derramó por el suelo, delante de él, y empezó a hacer inventario para la próxima entrega que tenía programada.

Quince botes de antibióticos, cinco de narcóticos, diez ampollas de supresores de enzimas para niños, cupones de comida con valor de mil créditos y rollos de vendas.

Dividió los artículos de forma equitativa y lo empaquetó todo en cinco estuches acolchados de color negro.

Comprobó los cierres y los metió en el compartimento inferior de su bolsa de viaje.

Permaneció sentado en el suelo bajo la luz tenue durante un buen rato, repasando el plan mentalmente.

Se infiltraría en las plantas de mantenimiento mientras el Corazón dormía, cuando el nivel de vigilancia bajaba, se colaría en los garajes y amarraría los paquetes a la parte inferior de los vehículos patrulla de los Veyra.

Los coches se pesaban al entrar y salir de cada uno de los tres anillos, así que los fardos debían ser lo bastante ligeros como para que los guardias de los puestos de control no se percataran de que habían perdido unos cuantos gramos entre anillo y anillo.

La primera parada sería en las plantas industriales del anillo Cardinal, donde harían la ronda para asegurarse de que los químicos fluían corriente abajo, hacia el Perímetro. Mientras los Veyra hacían su trabajo, los rebeldes de ese anillo se harían con los dos primeros paquetes.

Después, los vehículos se dirigirían al Perímetro.

Allí los Veyra no se detendrían. Era demasiado peligroso, incluso para el ejército. Los sanguinarios controlaban la zona y no veían con buenos ojos que los soldados entraran en su anillo.

Greyson torció el gesto al pensar en ellos y apretó tanto las manos que los nudillos se le pusieron blancos. Odiaba a los sanguinarios con cada fibra de su ser. Eran asesinos a sueldo que solo respondían ante un hombre.

Jaeger Nolin .

Eran los culpables de la muerte de su hermano.

Los sanguinarios eran mercenarios despiadados, sedientos de sangre, y Greyson consideraba que Jaeger no era mejor que su padre. Había visto la oportunidad de hacerse con el poder y la había aprovechado, sin importarle quién saldría herido en el proceso.

Greyson respiró hondo para calmarse, para apaciguar la furia que tan rápidamente prendía en él últimamente, y volvió a concentrarse.

El Perímetro…, los Veyra.

Si se atrevían a salir del vehículo, los recibirían con una bala entre ceja y ceja antes de que pudiesen respirar siquiera. Siempre hacían patrulla en los coches, pero el recorrido era predecible y eso los convertía en un objetivo fácil.

Los rebeldes del Perímetro usaban las cloacas.

Aguardaban a que los vehículos patrulla se detuvieran sobre alguna alcantarilla y salían de los túneles para hacerse con los paquetes.

Aunque el plan siempre funcionaba a la perfección, Greyson nunca podía descansar hasta que los Veyra daban por terminada la patrulla sin incidencias.

Recitó los números en su cabeza. Dieciséis minutos entre patrullas, suficiente para que llegara a los pisos de mantenimiento siempre que no lo detuviesen por el camino.

Cinco para alcanzar los vehículos y dos para colocar los paquetes y salir antes de que llegase la siguiente unidad.

Lo repitió todo mentalmente de la misma forma que otros hombres recitarían una plegaria.

Aquello debería haberle parecido heroico, pero no era así. Se trataba de un acto rutinario, fruto de la desesperación de un hombre que no podía reconciliarse con los crímenes que había cometido contra aquellos a quienes intentaba ayudar.

Su papel en la resistencia era el único motivo por el que Greyson no se oponía a las máscaras.

Lo mantenían a salvo, invisible y anónimo.

Pensarlo hacía que la culpa le revolviera el estómago.

El anonimato era un privilegio que el resto de los rebeldes no podía permitirse, un privilegio del que él disfrutaba únicamente porque, a la luz del día, su trabajo era aplicar la ley que los oprimía.

Acababa de abrir el panel del suelo para devolver la bolsa a su escondite cuando oyó que alguien llamaba a la puerta con un golpe fuerte y contundente, imposible de ignorar.

Greyson se quedó paralizado.

No había nada incriminatorio a la vista; era consciente de que en cualquier momento los Veyra podían hacerle alguna auditoría sorpresa o alguna inspección aleatoria. Metió la bolsa bajo el suelo. Después se pasó una mano por la cara mientras se levantaba.