Sanguinaria (El Corazón 1) 1. La misericordia ha muerto
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Sanguinaria (El Corazón 1)

Sanguinaria (El Corazón 1)

Por H.M. Wolfe

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1. La misericordia ha muerto

Lo primero que aprendes en New Found Haven es que la misericordia ha dejado de existir. Mostrar piedad es una debilidad, y las debilidades harán que te maten.

Lo segundo es lo siguiente: los Veyra siempre están observando. Desde el más alto atrio de cristal del Corazón a los antros sin ventanas de los malos barrios del Perímetro, no hay movimiento que pase desapercibido.

La última lección es la más dura. Debes recordarla, tal como Greyson Serel hizo entonces, plantado en mitad de la tribuna monolítica de la plaza, detrás de dos rebeldes de rodillas y con las manos atadas.

«Amar fuera de tu anillo es una sentencia de muerte».

El Corazón era el hogar de la élite de New Found Haven, el uno por ciento. Eran los ricos y llevaban máscaras para ocultar sus rostros.

La plaza empezó a llenarse poco a poco de aquellos que residían en el Corazón, aunque no acudían porque creyesen en la justicia, sino para acercarse al poder .

Para presenciar el sufrimiento provocado por la imposición de ese poder sobre los que consideraban inferiores a ellos.

Acudían por la satisfacción de ver la sangre derramada de otra persona.

La élite se apiñaba hombro con hombro, obediente y en silencio bajo el cielo nocturno.

Las pantallas que retransmitirían en directo cobraron vida entre parpadeos en la superficie reflectante de las torres gemelas que se erigían a la espalda de Greyson.

Las torres se alzaban en pleno Corazón, en el mismísimo centro de New Found Haven, desde donde fluía toda la corrupción.

Un zumbido de electricidad llenó el ambiente, saturando hasta el último anillo de la ciudad, al tiempo que las pantallas publicitarias (que normalmente escupían una retransmisión continua de propaganda) se sintonizaban al canal en vivo.

La ley de New Found Haven dictaba que cualquier persona que traicionara al Corazón debía ser ejecutada públicamente.

El cadalso elevado en el que se hallaba Greyson se había construido en el mismísimo centro de la plaza, donde confluían las venas de la ciudad, las cuatro avenidas principales.

Los dos rebeldes condenados estaban de rodillas, con las manos atadas a la espalda con cuerda roja.

Detrás de ellos, los Veyra esperaban en formación, ataviados en rojo ceremonial, con las botas relucientes, el casco puesto, las porras sostenidas en un ángulo recto perfecto y las pistolas sujetas a la espalda.

Greyson permaneció inmóvil; la máscara le cubría la cara y tenía cruzadas las manos enguantadas por delante de su uniforme militar de color ónice. No miraba a izquierda ni a derecha, ni a los condenados, sino que mantenía la vista al frente, vigilando, observando.

El cadalso no solo estaba iluminado por las luces orbitantes del Corazón, sino también por los focos azules que emitían los drones de los medios que giraban a su alrededor. Sus cámaras captaban cada gesto y cada temblor de los rebeldes para toda New Found Haven.

En las pantallas del círculo Cardinal y también del Perímetro, la ejecución se transmitía en directo y con una claridad de alta definición.

La multitud presente los observaba atentamente. La élite enmascarada alzaba la vista hacia los rebeldes, como flores letales absorbiendo un sol venenoso, esperando a que comenzase la masacre.

Greyson dejó que el silencio fermentara.

Aguardó hasta que sintió que el pálpito inquieto de la muchedumbre se sincronizaba con su propia respiración, hasta que las dos personas que estaban de rodillas empezaron a estremecerse bajo el peso de tanta atención.

No fue hasta ese momento cuando dio un paso al frente llevándose los brazos detrás de la espalda, mientras el golpeteo de sus botas reverberaba en el estrado de mármol.

No leyó el guion; no lo necesitaba.

Su padre le hizo aprenderse las líneas a palizas.

—Por crímenes contra la Madre Patria —empezó Greyson con una voz modulada a la perfección— y por quebrantar las sagradas leyes de New Found Haven, el Corazón juzga ahora a estos delincuentes.

Greyson miró al gentío. La máscara escondía los pequeños tics de su mandíbula, sus labios pálidos, pero no la inexpresividad de su mirada.

—Por orden del presidente Maximus Serel, el castigo justo será el más acorde con el crimen cometido: la muerte . Los cargos son los siguientes: conspiración contra el Corazón, comunicación ilegal entre anillos, fornicación y amor entre líneas divergentes.

Un murmullo de aprobación resonó entre el gentío enmascarado, como respuesta ante una liturgia que llegara a su fin.

Greyson levantó una mano para hacerlos callar.

El hombre rebelde era del Perímetro, el anillo exterior de la ciudad.

Un donnadie con el rostro lleno de cicatrices a causa de las escorrentías ácidas de las plantas industriales y una nutrición deficiente.

Le habían arrancado todos los símbolos rebeldes de la ropa.

Miraba a Greyson fijamente, con la intensidad de quien no tiene nada que perder.

La mujer arrodillada a su lado era una profesora del anillo Cardinal, el central de New Found Haven.

Era menuda y temblaba, con las manos moteadas de quemaduras ocasionadas simplemente por vivir cerca de las plantas químicas que habían convertido hasta el aire de su zona en veneno.

A pesar de estar de rodillas, trataba de mantener la dignidad con los labios fruncidos.

Greyson contempló a la pareja y se permitió no sentir nada.

A pesar de que no creía en la necesidad de aquel acto público, recordó unas palabras de su infancia que había enterrado en su mente.

Una lección de biología, una anécdota sobre lobos y sacrificio, que no había aprendido en clase, sino por medio de la voz de su padre en la salita, de madrugada.

«La misericordia es debilidad, Grey. La debilidad es el fin de todas las cosas».

Greyson alejó ese pensamiento de su mente.

—Tal como manda la tradición —comenzó de nuevo—, los condenados tienen permitido hacer una última declaración y decidir el método de ejecución. —Se giró hacia el hombre y la mujer arrodillados delante de él—. ¿Lo habéis entendido? —preguntó bajando un poco la voz.

La mujer asintió, pasándose la lengua por los labios agrietados, sin mirar a Greyson, con la mirada perdida en la distancia.

El hombre escupió sobre el cadalso y casi le dio a Greyson en las botas.

—Acaba con esto de una vez, escoria Veyra.

Greyson admiró al hombre. Admiró el hecho de que, en aquel momento en el que ya no quedaba esperanza y cuando la mayoría ya estaría suplicando por sus vidas, él siguiera siendo fiel a sus creencias y hubiera aceptado su destino.

Por un momento, Greyson se preguntó si de encontrarse él en la situación del rebelde mostraría la misma determinación.

Se giró hacia la mujer.

—¿Qué prefieres?

La rebelde contestó en un tono tan bajo que la respuesta apenas llegó a los oídos de Greyson, pero los drones sí la captaron. Con apenas un segundo de retraso, resonó fuerte y claro por los altavoces.

—Bala.

El capitán Veyra a la izquierda de Greyson apuntó la respuesta en su panel de datos.

Greyson miró al hombre y aguardó su respuesta.

—Que te follen —gruñó él.

Greyson ya estaba sacando la pistola de la funda que llevaba abrochada al hombro cuando la última sílaba se desprendió de los labios del hombre.

No miró al rebelde, sino que observó a la multitud.

En tercera fila encontró la máscara de su madre, perfectamente contenida.

Captó el movimiento de su hermana al apartarse del cadalso, apenas discernible bajo el anonimato de su máscara.

Miró directamente a la infinita vigilancia de los Veyra, el dron que flotaba a la altura de sus ojos, y apuntó el arma a la base del cráneo del hombre. Observó cómo este se tensaba con la mandíbula apretada.

No suplicó antes de coger aire por última vez.

—Tomo nota —contestó Greyson, y apretó el gatillo.

El disparo sonó quedo al aire libre, más como un chasquido mecánico que como un trueno, pero el efecto fue inmediato.

La cabeza del hombre cayó hacia delante y su sangre roció tanto el estrado de mármol blanco como a la mujer con una fina salpicadura de color rojo.

Durante un instante, el cuerpo se mantuvo arrodillado, sostenido por la tensión de los músculos.

Después cayó hacia un lado, con las manos atadas a la espalda como un animal en el matadero.

El público estalló en aplausos, como si hubieran obtenido una especie de satisfacción primigenia, pero el grito de la mujer atravesó el ambiente con una agonía desaforada.

Se dobló sobre sí misma, apoyó la frente contra el mármol y sollozó entre sus rodillas.

Ahora sí que suplicaba, suplicaba que la salvaran, que la dejaran vivir, entre un torrente de lamentos.

Suplicaba por una misericordia inexistente.

Greyson la contempló un instante, y otro más.

Percibió el eco del vómito en su garganta y sintió que le temblaba la mano izquierda al dirigir la pistola hacia la nuca de la mujer.

Su máscara ocultaba mucho, pero no su respiración.

El capitán inclinó la cabeza, una indicación silenciosa para que Greyson acabase con la mujer. Este asintió y tragó saliva al tiempo que empezaba a apretar el gatillo, pero vaciló otra vez .

No le dio tiempo ni a respirar de nuevo antes de que sonara un disparo a su lado.

Parpadeó mientras el estallido reverberaba en sus oídos.

El cuerpo de la mujer se desplomó junto al de su amante; la sangre manaba del agujero en su nuca.

Lentamente, Greyson se giró hacia el capitán, que ya estaba enfundando su pistola.

Había dudado en directo .

Greyson volvió la vista a la multitud en busca de la máscara de su madre, pero ella ya se había ido, escabulléndose entre el festejo, la celebración de los asesinatos.

Lo castigarían por esto, lo sabía.

«El hijo del presidente no debería vacilar».