Capítulo 27 — Las tres puertas
CAPÍTULO VEINTISIETE
Las tres puertas
Al cuarto mes, Lucan Corr se volvió una persona insoportable.
Esto tiene que quedar escrito, porque él ha leído todo lo que anoté de este viaje y nunca ha impugnado una línea, y quiero verlo impugnar esta.
Contrató un segundo cochero. Teníamos una carreta.
Prohibió —la palabra es prohibió, y él usó la palabra— que yo me subiera a la borda del Navegante Negro, un barco cuya ruta yo había trazado a través de una niebla que derrite el latón.
Empezó a dormir del lado de la puerta. Todas las noches, sin comentarlo, y cuando le pregunté dijo que ahí hacía más calor, que es una mentira tan descarada que la dejé pasar por respeto.
Y, en la quinta semana, lo pillé a las cuatro de la mañana sentado en el suelo del cuarto, despierto, contando algo con los dedos.
—¿Qué estás haciendo?
—Nada.
—Lucan.
—Estoy contando cuántos días de comida tenemos si nos quedamos atrapados en Oravel —dijo, sin levantar la cabeza—. Y cuántos pasos hay de aquí a una comadrona. Y de qué lado sopla el viento en noviembre en esa costa.
Me senté en el suelo a su lado, lo que ya no era sencillo.
—Ayer también lo hiciste.
—Lo hice.
—¿Cuántas noches, Lucan?
Tardó.
—Todas —dijo—. Desde Marivéu.
Yo iba a discutir.
Tenía el discurso listo y era bueno: atravesé el Miasma de Plata embarazada sin saberlo, corté una veta de magia bruta dentro de un agujero que se cerraba, forcé una cerradura de contrapeso doble en un barco de guerra, y no necesito a ningún hombre midiendo la distancia hasta una comadrona.
Y era todo verdad.
Y no discutí, y voy a intentar explicar por qué.
Me pasé cuatro años siendo la única persona que hacía cuentas en mi casa. Si yo no contaba el frasco, no lo contaba nadie. Si yo no comprobaba el sondeo, no lo comprobaba nadie. Si yo dormía mal, mi hermano se moría.
Y ahí, en el suelo de un cuarto prestado, a las cuatro de la mañana, había otra persona contando.
Sin que yo lo hubiera pedido. Sin cobrar por ello. Sin ni siquiera contarme que estaba contando.
—¿Cuánto es? —pregunté.
—¿Cuánto es qué?
—Hasta la comadrona.
—Dos cables y medio —dijo.
—Cables.
—No sé medir tierra, Aurelia. —Siguió mirándose los dedos—. Mido todo en cables y en brazas desde los doce años. Dos cables y medio son cuatro minutos de hombre andando deprisa, y siete de mujer en el octavo mes, y cronometré los dos el martes, cuando estabas durmiendo.
Y me puse a llorar en el suelo de ese cuarto porque un hombre había caminado dos veces hasta la casa de una comadrona a la que no conocía, con un reloj en la mano, para saber cuánto tardaría yo.
Me subió a su regazo sin decir nada, y yo lo dejé.
Fue la primera vez en mi vida adulta que dejé que alguien cargara el instrumento por mí.
La carretera a Serrelago es de tierra batida y huele a polvo y a pino, y al cuarto mes yo ya no aguantaba el balanceo de la carreta; pero era un balanceo tibio, de sol en la espalda y cigarras, y no tenía nada que ver con el mar.
En Serrelago el posadero me puso una botella en la mesa antes de que la pidiera, como se hace con un hombre de mar.
La empujé de vuelta y pedí té.
Me miró con una lástima tan genuina que casi acepté la botella solo para ahorrarle el disgusto.
Serrelago fue la primera puerta.
La mujer de Ivar se llama Doralice y vive en una casa sobre pilotes con dos niños y una cuñada, y nos recibió creyendo que veníamos a comprar coral.
Lucan tardó cuatro minutos en conseguir decirlo.
Yo no lo ayudé. Lo acordamos así: en cada puerta, el que habla es el que debe.
Cuando terminó, ella se quedó parada con el paño de cocina en la mano y dijo:
—Me escribía diciendo que trabajaba en un almacén.
—Lo sé.
—Yo sabía que no era ningún almacén.
Y entonces se sentó en la silla de la cocina y lloró, y Lucan se quedó de pie en medio de esa casa sin saber qué hacer con las manos, y fue la cuñada la que puso agua al fuego.
Dejó el dinero en la mesa y ella lo empujó de vuelta dos veces, y a la tercera él dijo:
—No es caridad, señora. Es su parte de la carga. Murió con el barco cargado y la parte era suya.
Y eso lo aceptó, porque era verdad, y porque era un argumento de puerto y ella es mujer de puerto.
Al salir le sujetó el brazo.
—¿Usted estaba allí?
—Estaba.
—¿Fue rápido?
Y Lucan Corr, que no miente por principio, dijo:
—Fue rápido.
Y después caminó trescientos metros sin hablarme y vomitó detrás de un cobertizo.
Por la noche, en Serrelago, hay fiesta de farolillos.
Dos veces al año sueltan farolillos de papel sobre la laguna por los ahogados: uno en invierno por los que murieron y uno en verano por los que todavía van a morir, que es la cosa más práctica y más horrible que he oído nunca, y que Nael me explicó una mañana con la pipa al otro lado de la cubierta.
Llegamos la noche exacta por accidente.
Duro compró seis farolillos con su propio dinero y no dejó pagar a nadie.
Soltamos uno por Nael. Uno por Ivar. Uno por Bram, que cayó en el cañón sin que nadie pudiera evitarlo. Uno por Rask. Uno por el cobrador Halm —y Teo preguntó si se podía, si estaba permitido soltar un farolillo por un hombre de la compañía, y Hedra dijo que el mar no lee credenciales.
Y el sexto por Wren Alcaide.
Ese lo solté yo, con Leo sujetando el otro lado del papel, y subió más alto que los otros cinco, lo que no quiere decir nada y que todos los que estábamos allí fingimos que quería.
Oravel del Sur fue la segunda puerta, y fue en noviembre, y llovía.
Lluvia fina, como solo llueve en Oravel, con ese olor a resina de pino que se queda en la ropa durante días.
La casa es de esquina, con la puerta pintada de verde y un número de latón encima.
Vi la puerta y me detuve en medio de la calle.
—¿Aurelia?
—Ya he visto esa puerta.
Él también se detuvo.
—Lo sé —dijo—. Yo la vi antes.
Nos quedamos los dos parados en esa lluvia mirando una puerta verde con número de latón, con siete meses de barriga y una deuda de cuatro años, y el olor a resina, y absolutamente ninguna prisa.
Levantó la mano para llamar.
Y yo puse la mía encima y le empujé la suya otra vez hacia abajo.
—Espera —dije—. Respira primero. Tenemos todo el día.
Y Lucan Corr cerró los ojos en medio de la calle y se quedó así un rato largo, con la lluvia en la cara.
—Fue exactamente así —dijo—. Palabra por palabra.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabíamos?
—No lo sé —dije—. Y no me interesa.
La hermana de Enric se llama Berta y es diez años mayor que él y no sabía nada.
Nada de nada. Creía que su hermano seguía navegando.
Eso es lo peor que existe: dar una noticia de siete años de edad a una mujer que todavía ponía un plato de más en Navidad.
Lucan lo contó todo. Todo: la calma chicha, los diecisiete días, la cuenta del agua, la Isla del Cuervo, el veintidosavo exacto, el apretón de manos, el agradecimiento, y el viento que entró tres días después.
No rebajó nada. No pidió perdón ni una vez. Creía que pedir perdón sería una forma de cobrarse alivio, y tenía razón, y yo solo lo entendí ahí de pie en esa sala.
Berta lo escuchó entero.
Y, al final, miró a ese hombre grande empapado de lluvia en su sala y dijo:
—Usted ha venido de lejos —dijo Berta.
—He venido.
—Siete años.
—Siete años.
—¿Por qué ahora?
Y él dijo lo único que se podía decir:
—Porque no podía solo, señora. Y ahora no estoy solo.
Nos sirvió té.
Yo no estaba preparada para eso y casi perdí la compostura en su cocina.
Y, en la segunda taza, Berta dijo una cosa que cambió todo lo que vino después:
—El Cuervo tiene libro.
Lucan levantó la cabeza despacio.
—¿Cómo dice?
—La isla. Hay un libro de registro en la capilla. El que pasa escribe su nombre. —Removió el té—. Mi tío fondeó allí en el ochenta y nueve y escribió, y el padre de mi marido escribió en el setenta y cuatro. Es costumbre vieja de ballenero.
—Sé del libro —dijo él, muy bajo.
—Entonces ya sabe lo que voy a pedirle.
Dejó la taza en la mesa y le temblaba la mano, y no consiguió hablar, así que hablé yo por él:
—Usted quiere que vayamos a ver si escribió.
Y Berta de Oravel del Sur, con las manos alrededor de una taza, dijo:
—Quiero saber si mi hermano llegó caminando hasta la capilla.
La tercera puerta fue la Calle de las Cuerdas, número nueve, y esa era mía.
Pasé por delante de esa casa durante dos años y siete meses cruzando a la otra acera, y esa mañana crucé de vuelta, y Lucan se quedó a diez pasos porque lo acordamos así: el que habla es el que debe.
Marta abrió.
Había envejecido cuatro años en dos. Eso pasa.
Y me miró la barriga primero, como miran las mujeres, y sonrió antes que cualquier otra cosa —sonrió de verdad, con la cara entera—, y dijo «ay, muchacha», y me metió dentro.
Se lo conté sentada en su cocina.
Se lo conté todo: el jueves, los dos frascos, la cuenta que hice de pie, la mentira, el pan dulce que trajo al día siguiente, y el velatorio, y el abrazo en la puerta, y el agarra al tuyo con las dos manos.
No me ahorré nada y no incluí nada que me defendiera.
Marta Ilves lo escuchó entero sin interrumpirme una vez.
Y, cuando terminé, se quedó mirando la mesa un tiempo larguísimo.
Y dijo:
—Lo sé.
Levanté la cabeza tan rápido que me dolió.
—¿Cómo dice?
—Lo sé desde aquella semana. —Tenía las manos abiertas sobre la mesa—. Mentiste muy mal, Aurelia. Miraste para el costado.
No conseguía respirar.
—¿Entonces por qué trajo el pan?
Y Marta dijo:
—Porque yo habría hecho lo mismo.
Volvió la cara hacia la ventana.
—Si hubiera sido al contrario, si Pia hubiera estado mejor y tu hermano peor, y tú hubieras llamado a mi puerta —dijo—, yo te habría dicho que no tenía ningún frasco.
Te lo habría dicho a la cara y habría dormido.
Y eso lo descubrí aquel jueves, sentada en esta silla, y es lo peor que he sabido nunca sobre mí.
Me miró.
—No te perdoné porque seas buena, muchacha. No perdoné nada. Es que no tengo desde dónde acusarte.
Nos quedamos las dos llorando en esa cocina un rato largo, y después hizo más café, porque es lo que se hace.
Y, en la puerta, me sujetó la mano.
—¿Dibujaba? —pregunté.
—¿Quién?
—Pia.
Marta se quedó quieta.
—Dibujaba barcos —dijo—. Todos iguales. Siempre con la misma vela torcida.
—¿Los guardó?
—Lo guardé todo. Está en una cesta debajo de la cama y no la abro desde hace dos años.
—Cuando yo vuelva —dije—, ¿la abre conmigo?
Y me apretó la mano con las dos suyas y dijo que sí.
Fue en Ferrolho donde usamos la segunda dosis.
Enna, la hermana de Rask, vive en una casa de esquina con tejado verde, exactamente como él dijo con la barra de hierro cruzada en el regazo; y estaba en estadio dos, y tenía treinta y seis años, y recibía dinero de un hermano desde hacía doce años sin haber preguntado nunca de dónde venía.
Lucan se lo contó.
Y después puso el frasco en la mesa.
Al principio no lo entendió. Hicieron falta tres explicaciones y Hedra tuvo que dibujarlo.
Y cuando lo entendió, preguntó cuánto costaba, porque es lo que se pregunta, y Lucan Corr dijo:
—Ya está pagado, señora. Hace seis meses. Yo solo lo estoy entregando.
Sobró una dosis.
Una.
Está en un estuche de instrumentos forrado de terciopelo, en el fondo de un baúl con falso fondo, en un galpón de Ferrolho que compramos con lo que sobró de la venta del cobre del casco.
Lucan quiso discutir tres veces qué hacer con ella. Me negué las tres.
A la tercera dijo:
—Aurelia, es la cosa más valiosa del mundo conocido y está en un baúl debajo de un banco de trabajo.
—Lo sé.
—Podríamos...
—Podríamos —dije—. Y es justamente por eso que no lo vamos a hacer. Mientras esté ahí sin dueño y sin precio, es la única cosa de este mundo que el Consorcio no ha conseguido convertir en mercancía. —Cerré el baúl—. Se queda.
Se quedó mirando ese baúl un rato.
—¿Te das cuenta de que acabas de hacer exactamente lo que hizo tu padre?
—Me doy cuenta —dije—. Solo que yo no voy a publicar sola.
El galpón de Ferrolho tiene una sala al fondo, sin ventana, que no usamos para nada.
Duro puso una mesa larga ahí dentro en enero. Nadie se lo pidió. Simplemente la puso, y después puso once sillas, y después se irritó cuando le preguntaron por qué.
Teo colgó la hoja de los nudos en la pared: la de las once firmas y un pececito.
Hedra llevó su mortero.
Y, una noche de febrero, éramos trece personas en esa sala: nosotros dos, Leo, Hedra, Duro, Teo, Iria, dos fogoneros de Marivéu que lo dejaron todo, Berta de Oravel que apareció sin avisar, el maestro Ourives, y un hombre de sesenta años que vino de Valmora diciendo solamente que había conocido a Elias y que quería comprobar una cosa.
Abrí el cuaderno tres en el medio de la mesa.
Y Lucan me puso la mano en la espalda, entre las escápulas, y no dijo nada.
Siete meses y medio de barriga, en un galpón sin ventanas, con trece personas alrededor de una mesa y una hoja en blanco delante.
—Bueno —dije—. Vamos a comprobar el sondeo.