SANGRE Y TINTA (El pacto de las sombras nº 1) Capítulo 24 — Lo que no compré
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Capítulo 24 — Lo que no compré

CAPÍTULO VEINTICUATRO

Lo que no compré

Me pasé catorce años aprendiendo a no querer nada que no pudiera comprar, y lo perdí todo en una mañana, en un bote de servicio, remando.

Ella estaba sentada en la proa con la cabeza de su hermano en el regazo, de espaldas a mí, y no había dormido, y no había comido, y acababa de ver a una mujer de veintiún años elegir morir para que su cuenta cuadrara.

Y yo remaba detrás mirándole la nuca a esa mujer, y lo que pensé no fue noble.

Pensé: no me quites esto.

No sé a quién. No soy hombre de rezar.

Duro nos izó por el costado y no preguntó nada.

Tenía el barco listo para salir —cabo recogido, ancla corta, vela remendada ya izada—, y después descubrí que se había quedado en esa punta de roca dieciocho horas con la tripulación entera en contra, y que Teo había sido la única voz de su lado, y que la discusión solo terminó cuando Duro dijo que iba a esperar hasta el mediodía y que quien quisiera discutir podía nadar.

—Esperaste —dije.

—Esperé.

—¿Por qué?

Y ese hombre, que no hablaba desde hacía nueve días, respondió:

—Porque Nael habría esperado.

Y se fue al timón, y no dijo nada más hasta Marivéu.

Salimos de la cuenca a las once y veinte por la boca sur, pasando a doscientas brazas del Fiador encallado.

Estaba con catorce grados de inclinación, las chimeneas apagadas, y la tripulación entera formada en orden en la cubierta alta esperando los botes de la segunda línea. Nadie disparó. Nadie tenía orden de disparar a nada: el hombre que daba órdenes en esa flota tenía un problema mayor.

Y, en el alcázar inclinado de ese barco, de pie, con una mano en la borda, estaba mi hermano.

Nos vio pasar.

Sé que nos vio porque no se movió, y porque Octavian Draust no se queda parado mirando el horizonte por casualidad; estaba leyendo mi casco como lo leyó la primera mañana: lote de cobre, calado, vela.

Me subí a la borda.

—Lucan —dijo Aurelia detrás de mí—. No.

—No voy a gritar nada.

—Tienes esa cara.

—Tengo esta cara —dije— porque necesito mirarlo una vez sin estar encadenado y sin estarle pidiendo nada. Solo eso. Tres segundos.

No dijo nada.

Y me quedé ahí encima de la borda con la mano en el obenque, y mi hermano me miró desde el otro lado de doscientas brazas de agua muerta, y los dos nos quedamos así hasta la curva.

No hizo ningún gesto.

Yo tampoco.

Y, al final, me di cuenta de que la cosa que había ido a buscar a esa borda no estaba ahí: que había subido esperando sentir algo muy grande, odio o victoria o por lo menos alivio, y no sentí nada más que cansancio y un resto muy viejo de lástima.

Bajé.

Y esa fue la última vez que vi a Octavian Draust en cuatro meses.

Aurelia me estaba esperando al pie de la escalera.

—¿Y entonces?

—Nada —dije—. Subí ahí para sentir algo y no sentí nada.

—Eso te molesta.

—Mucho.

Me tomó la mano. Las dos suyas estaban vendadas con paño limpio que Hedra había rasgado de una sábana robada del camarote de invitados, y las mías estaban abiertas por el cabo y por la cuerda, y los dos estábamos ridículos.

—Ven aquí —dijo.

Me llevó al camarote, me sentó en la silla y puso la palangana de agua caliente en la mesa.

La botella seguía en el armario. La misma. Lo comprobé una vez, semanas después, por curiosidad, y el nivel no había cambiado desde la noche del Miasma.

Hedra decía que el hombre que lo deja de golpe vuelve peor. Yo no dejé nada. Simplemente dejó de hacerme falta, y es la cosa más desconcertante que me ha pasado nunca en el cuerpo.

Me lavó las manos.

Y me lavó las manos.

Llevó veinte minutos, porque había costra, y porque ella es minuciosa en todo, y porque las dos primeras veces que intenté retirar la mano me sujetó la muñeca y dijo no como se le habla a un perro.

Dolió de manera absurda.

Y lo dejé, porque me había pasado la vida entera con la idea de que ser cuidado es una cosa que se paga después, y en esa silla, con esa mujer con la cabeza baja sobre mis manos, simplemente dejé de creerlo.

—Me estás mirando —dijo, sin levantar la cabeza.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque soy un hombre de treinta y tres años que ha perdido un barco, un primer oficial, dos marineros, un contrato y un apellido —dije—, y debería estar haciendo el inventario de eso, y no puedo, porque lo único que mi cabeza quiere hacer en este momento es mirarte limpiarme las manos.

Se detuvo.

Y levantó la cara, y tenía los ojos rojos de dos días sin dormir y una mancha de sangre seca en el mentón que no era suya.

—Lucan.

—No digas nada. Sé que no es el momento.

—No es el momento —concedió—. Y yo tampoco consigo dejar de mirar.

No hicimos nada esa tarde.

Lo registro porque es verdad y porque la verdad es mejor: nos quedamos los dos en ese camarote cuatro horas, con Leo durmiendo dos cubiertas más abajo y Duro al timón, y ella terminó de lavarme las manos, y después me las vendó, y después yo le vendé las suyas, y lo hice mucho peor de lo que lo había hecho ella, y se rio de mí.

Y después nos quedamos sentados en el suelo apoyados en el mamparo, hombro con hombro, sin hablar, oyendo el casco.

En algún momento apoyó la cabeza en mi hombro y se durmió.

Cuatro horas. Sin moverse.

Y yo me quedé despierto todo el tiempo, con el brazo dormido, con hambre, con la vejiga llena, sin valor para mover un músculo, y fue la mejor tarde de mi vida hasta esa fecha.

Se sintió mal dos veces aquel día.

La primera por la mañana, apoyada en la borda, y le echó la culpa al olor del alquitrán caliente que Duro estaba pasándole al cabo. La segunda por la tarde, y le echó la culpa al hambre, y comió, y se sintió mal otra vez.

—Dos días sin dormir —dijo, cuando le pregunté—. Y no como bien desde la cuenca. No invente enfermedades donde no hay, capitán.

Y no inventé ninguna, porque no soy médico y porque tenía razón sobre los dos días.

Lo anoto aquí porque ella me mandó anotarlo todo, y porque ella misma, meses después, leyó esta página y se rio tanto que tuvo que sentarse.

Por la noche Hedra me llamó a la enfermería.

—Ciento veintiséis —dijo, sin preámbulo.

—Ha subido.

—Ha subido desde la mañana. —Tenía los dedos en el cuello del niño—. Capitán, se lo voy a decir a usted y después se lo voy a decir a ella, y me gustaría que usted estuviera al lado cuando lo diga.

—Habla.

—No llega a Valmora.

Me senté en el cajón.

—¿Cuántos días? —pregunté.

—Cuatro, si corremos. Cinco en el buen escenario. —Le arregló la manta—. Y son once de navegación, capitán. Once por el camino de fuera, y no tenemos la ruta de dentro sin la muchacha al timón, y la muchacha no duerme desde hace dos días y tiene las manos abiertas.

—¿La síntesis puede hacerse a bordo?

—No por mí. —Se miró las manos—. Yo sé hacer un vendaje, una inmovilización, un parto y una fiebre. No sé hacer alquimia. Yo vi hacerla, hace diecinueve años, en una refinería, con un equipo que cuesta más que este barco.

Subí y se lo conté.

Llevó cuarenta segundos y fue la cosa más difícil que hice esa semana.

Lo escuchó de pie, en el castillo de proa, con el viento en la cara, y no me interrumpió.

Y, cuando terminé, dijo:

—Marivéu.

—¿Cómo dices?

—Marivéu queda a tres días y medio de aquí y tiene un Gremio de las Plomadas.

—Tenía la voz seca y rápida, y conozco ese tono: era la mujer que corrige cartas náuticas trabajando—.

El Gremio fue absorbido por Meridiana hace cuarenta años, pero el edificio sigue ahí, y el horno sigue ahí, porque un horno de digestión no se desmonta, se apaga.

Y, si nadie lo apagó, está encendido desde hace ochenta y un años.

—Aurelia, ¿me estás diciendo que existe un atanor funcionando en Marivéu?

—Te estoy diciendo que mi padre nació en esa ciudad —dijo— y que su familia puso piedra en ese edificio, y que yo pago la tasa de una sepultura en el cuadro siete del cementerio de Marivéu todos los meses de enero, y que este año la pagué tarde, en marzo, y la mujer del registro me regañó.

Se volvió hacia mí.

—Tengo nombre allí, capitán. Es la única ciudad del mundo donde el apellido Sarn abre puertas en vez de cerrarlas.

Mandé corregir el rumbo esa noche.

Y, cuando Duro preguntó hacia dónde, dije Marivéu, y asintió una vez y giró el timón sin discutir, y Teo —que estaba sentado en la cubierta con la pierna estirada, intentando por cuarta vez dibujar el nudo de escota en el cuaderno de Leo, porque el niño le había pedido que le terminara la hoja— preguntó:

—¿Marivéu está lejos, capitán?

—Tres días y medio.

—¿Llegamos?

Y miré a ese chico de diecisiete años con una pierna estropeada y el cuaderno de otro niño en el regazo, en un barco sin mastelero, con diecinueve personas a bordo y cuatro días de vida en la bodega.

—Llegamos —dije.

Y volvió a dibujar.

Dos cosas pasaron la segunda noche, y una explica la otra.

La primera: abrí el abrigo en el camarote y saqué del bolsillo interior la única cosa que quedó de todo aquello.

No el mineral. El mineral lo tenía ella, cosido en el forro de la falda, y dormía con la mano encima.

Lo que yo tenía era un papel doblado en cuatro.

La renuncia.

La había firmado en su barco, sin leerla, como ofrecí; y Octavian, que cumple los acuerdos, me había devuelto la segunda copia. Estaba en el bolsillo desde entonces. No la había mirado ni una vez.

La abrí.

Siete páginas. Renuncia íntegra, irrevocable, a cualquier derecho, presente o futuro, derivado de la filiación natural con el socio director Alaric Draust: participaciones, sucesión, uso del nombre, y el proceso de reconocimiento que llevaba cuatro años en curso en Marivéu.

Lo leí todo. Llevó una hora.

Y, al final, descubrí que no sentía absolutamente nada —ni el alivio que esperaba ni la pérdida que temía— y que me había pasado veintiún años peleando por una cosa que, en el papel, cabía en siete páginas y no pesaba nada.

La segunda cosa fue que ella entró sin llamar, como siempre, y me encontró con aquello abierto sobre la mesa.

—¿Qué es eso?

—Lo que vendí.

Lo leyó por encima de mi hombro. Llevó cuatro minutos, porque lee rápido.

—Renunciaste al proceso de reconocimiento —dijo.

—Renuncié.

—Lucan, ese proceso llevaba cuatro años en curso. Me contaste que tenías un abogado en Marivéu.

—Lo tenía.

—¿Ibas a ganar?

Y me reí, porque era la pregunta correcta y no la había hecho nunca nadie.

—Probablemente no —dije—. Pero iba a seguir. Era lo único que tenía que no fuera carga ni tripulación. —Doblé el papel—. Todos los días por la mañana, durante cuatro años, me despertaba siendo un hombre con un proceso en curso. Eso no es poco. Es una frase entera sobre quién eres.

—¿Y ahora?

—Y ahora soy un tipo con un barco roto.

Se sentó en el borde de la mesa, delante de mí, con los pies en el asiento de mi silla.

—¿De verdad quieres saber lo que eres ahora?

—No sé si lo aguanto.

—Eres el hombre que se subió a una borda en llamas y gritó su propio precio en voz alta para que lo oyeran diecinueve personas —dijo—. Y yo estaba encerrada en una bodega y oí cada palabra por la madera.

No conseguí responder.

Me quitó el papel doblado de la mano, lo miró un instante, y después hizo una cosa que no esperaba: se lo guardó en su propio bolsillo.

—Quiero esto.

—¿Para qué?

—Para el día en que creas que no vale nada —dijo—. Yo soy restauradora, capitán. Guardo lo que los demás tiran y lo devuelvo diez años después, cuando la persona por fin entiende lo que tenía en la mano.

Y entonces se inclinó y me besó.

Fue rápido, y fue en la boca, y fue la primera vez desde el pozo de la cadena, y se apartó antes de que yo consiguiera hacer nada al respecto.

—No es el momento —dijo.

—No es el momento.

—Marivéu —dijo, y se fue hacia la puerta—. Después de Marivéu, capitán, tengo unas cosas que decirte y no son cortas.

Llegamos a la barra de Marivéu la tarde del tercer día, con Leo en ciento treinta y uno y Hedra sin salir de la enfermería desde hacía dieciocho horas.

La ciudad sube la ladera en piedra gris, con las casas vueltas hacia el mar y un santo pintado en la proa de cada barco del fondeadero. Campana de iglesia a las cinco. Olor a pescado y a alquitrán.

Y, arriba, por encima del puerto, un edificio largo de granito con una chimenea cuadrada.

Echando humo.

Humo blanco y fino, subiendo recto en la tarde quieta, como solo sale de un horno que nadie ha dejado apagarse en ochenta y un años.

Aurelia agarró la borda con las dos manos vendadas.

—Está encendido —dijo.