SANGRE Y TINTA (El pacto de las sombras nº 1) Capítulo 23 — La cláusula de salida
89%

Capítulo 23 — La cláusula de salida

CAPÍTULO VEINTITRÉS

La cláusula de salida

Su camarote estaba caliente por el hornillo y olía a té negro enfriándose.

Wren escuchó la propuesta entera sin interrumpirme una vez.

La mitad de la dosis. La síntesis hecha en Valmora con lo que Hedra consiguiera montar. La cláusula de salida firmada y entregada al capitán del puerto antes de que el Fiador pudiera alegar nada.

Lo dije todo en cuatro minutos, con la puerta entornada e Iria vigilando el pasillo, y cuando terminé tenía las dos manos alrededor de la taza fría.

—¿Hiciste la cuenta? —preguntó.

—La hice.

—¿La hiciste de verdad, o hiciste la cuenta que querías que diera?

Abrí la boca y no salió nada.

—Siéntate —dijo Wren.

Acercó una hoja, giró el tintero hacia mí y me empujó la pluma de mi padre, que yo había dejado sobre la mesa sin darme cuenta.

—Escribe. —Levantó sus propias manos y volvió las palmas hacia arriba—. Ramificación carpal bilateral. Metacarpo con afectación en los cinco dedos. Puño cerrado desde hace dos años y tres meses.

Escribí.

—Pulso en reposo, ciento veintiséis. Resonancia cardíaca audible desde el invierno pasado. —Su voz no cambió de tono ni una vez—. Estadio cuatro y medio, si existiera cuatro y medio. No existe, porque nadie dura lo suficiente para que necesiten inventarlo.

—Wren...

—Escribe. —Me miró—. Ahora escribe a tu hermano. Catorce años. Estadio cuatro, primera arcada en marzo, segunda arcada hace dos semanas. El puño todavía abre. Pulso ciento dieciocho y bajando.

Escribí. Me temblaba la mano y la letra salió fea.

—Ahora hazla.

E hice la cuenta encima de esa mesa, con la pluma de mi padre, y dio lo que yo sabía que iba a dar desde el segundo en que Wren levantó las manos.

—La mitad no me devuelve nada —dijo—. Me devuelve tiempo. Cuatro meses, quizá seis, con estas manos y este pulso.

—Seis meses son seis meses.

—Seis meses son seis meses así. —Apoyó las muñecas en la mesa—. No abro la mano desde los diecinueve años, muchacha. No me peino el pelo. Me lo peina alguien. Y no te lo digo para que me tengas lástima, te lo digo porque es un dato y tú necesitas datos.

—¿Y Leo?

—Tu hermano con la dosis entera vuelve a abrir la mano. —Lo dijo simplemente—. Tiene catorce años y su cristalización todavía no se ha organizado. La mitad de la dosis para él es un aplazamiento. La dosis entera es una reversión.

Yo estaba llorando y no sabía en qué momento había empezado.

—No voy a hacer esto otra vez —dije—. Ya elegí una vez y una niña de nueve años murió.

Y Wren se inclinó hacia delante con esas manos que no abren y dijo la cosa que voy a cargar el resto de mi vida:

—No estás eligiendo, muchacha. Estoy eligiendo yo. —Me sostuvo la mirada—. Viniste aquí a ofrecerme la mitad y yo la estoy rechazando. Esto no es tu jueves de marzo. En tu jueves de marzo nadie te preguntó nada.

Nos quedamos las dos calladas.

El barco crujía. Afuera empezaba a clarear de verdad.

—Quiero una cosa a cambio —dijo.

—Lo que quieras.

—No prometas antes de oírlo. Eso es lo primero que me enseñaron aquí y es lo único que sirve.

Me reí, fea, con la nariz goteando.

—Está bien. Dime.

Wren miró el marco de la pared: su contrato, siete páginas detrás de un cristal, colgado como un diploma.

—La cláusula nueve —dijo—. Rescisión a iniciativa del prestador, con aviso de treinta días y devolución del material recibido. —Se le levantó una esquina de la boca—. Me la aprendí de memoria a los diecisiete. Me la recitaba a mí misma cuando no conseguía dormir, como quien reza.

—¿Y?

—Y nunca la usé porque devolución del material recibido quiere decir que dejo de recibir contención el día en que firmo, y me muero en tres meses, y yo siempre creí que tres meses era poco. —Giró la silla hacia mí—. Tengo cuatro. Quizá.

Lo entendí antes de que terminara.

—Wren, no.

—Voy a firmar hoy —dijo—. Y, como tengo treinta días de aviso y ellos van a querer los treinta días, voy a trabajar. —Señaló la mesa de cartas con el mentón—. Yo soy la navegación de este barco, muchacha. Sin mí, ese casco de doce brazas no sale de la Zona Ciega. Conmigo, sale por donde yo diga.

Me arrodillé al lado de su silla.

—No me debes nada.

—No te estoy pagando. —Wren se miró las manos—. Llevo cuatro años buscando una cosa que solo pueda hacerse desde aquí dentro. Tú apareciste con ella esta mañana.

—Se van a dar cuenta.

—Se van a dar cuenta. —Se encogió de hombros—. En algún momento. Entonces dejo de ser empleada y me convierto en otra cosa, y descubrimos juntas qué es.

—Wren.

—Dime.

—¿Cómo te llamas? —dije—. Nombre completo.

Se quedó muy quieta.

—Wren Alcaide.

—Wren Alcaide —repetí, y lo escribí en la hoja, debajo de los números, con la pluma de mi padre—. Está anotado. Si no lo anotaste, no lo mediste.

Y se rio —se rio de verdad, la primera vez, con la cara entera— y dijo:

—Tu hermano dice eso.

—Lo aprendió de mí. Yo lo aprendí de mi padre.

—Entonces son tres.

—Son cuatro —dije—. Acabas de obligarme a hacer la cuenta con datos reales y a aceptar el resultado.

El cobrador Halm entró a las siete y diez sin llamar.

Cerró la puerta con el pie, puso la libreta en la mesa y dijo, sin saludar a nadie:

—La señora tiene cuarenta minutos y quiero que quede registrado que estoy haciendo esto por escrito.

—¿Cómo dice?

—He escrito un memorando. —Se dio un golpe en el bolsillo del pecho—. Fechado, firmado, con el número de mi registro clínico. Dice que he determinado el traslado del paciente Leo Sarn a una embarcación menor por deterioro respiratorio, y que asumo la responsabilidad íntegra de la decisión.

Miré a ese hombre flaco de abrigo marrón.

—Eso es mentira.

—Eso es falso, que es distinto y es peor —dijo Halm—.

Una mentira se desmiente. Un documento falso se prueba, y la prueba da cárcel.

—Se acomodó los anteojos—. Tengo once años en la división de créditos vencidos y un registro clínico limpio, señorita, y tardé siete meses en comprobar una cuenta que nadie me había pedido comprobar.

No voy a pasar otros siete meses sin hacer nada con el resultado.

—Don Halm...

—Cuarenta minutos. —Abrió la puerta—. Y voy a necesitar que la señora llore cuando pase por el pasillo de babor. Alto. Es más convincente.

Lloramos los dos, por cierto.

Él con el memorando en la mano y yo detrás de la camilla, y Hedra delante sujetándole la cabeza a Leo, e Iria abriendo las puertas, y Lucan —que había subido del pozo de la cadena con un abrigo robado y la gorra de un fogonero— empujando la camilla con la cabeza baja como quien empuja camillas todos los días.

Pasamos por delante de tres oficiales.

El tercero preguntó algo y Halm respondió con una palabra en latín que no conozco, y el oficial se apartó del camino.

El bote de servicio estaba en la aleta de estribor, y ya teníamos a Leo dentro cuando sonó la bocina.

No por nosotros.

Por el puente.

Porque el Fiador había empezado a virar, y el rumbo que estaba haciendo, gritado desde el alcázar por una muchacha con abrigo de buena lana encima de una mesa de cartas, llevaba a ese barco de doce brazas directo al banco donde la cosa de plata nos había encontrado, nueve días antes.

Miré atrás una vez.

Estaba de pie, con la manta caída en el suelo y la regla paralela en la mano que no abre, dictando rumbo a un escribiente que anotaba y a un oficial que repetía y a un puente que obedecía.

Y, cuando el primer hombre empezó a correr hacia ella, dictó el último y más alto.

Chocaron.

El casco blindado del Fiador entró en ese banco a siete nudos, y el sonido atravesó la cuenca entera, y el barco se inclinó catorce grados y no volvió a enderezarse.

Yo no vi lo que le pasó a ella. Quiero dejarlo registrado con honestidad: no lo vi, y pasé mucho tiempo deseando haberlo visto y más tiempo todavía agradeciendo no haberlo visto.

Iria lo vio.

Y lo que Iria me contó, dos meses después, en una cocina de Marivéu, fue esto: que Wren Alcaide no corrió, no gritó y no se escondió. Que puso la regla encima de la carta, alineada, como se deja una mesa de trabajo cuando uno se levanta de ella.

Y que tenía la mano abierta.

Iria lo jura. Dice que tenía la mano abierta, los cinco dedos, apoyada en la madera.

Yo lo comprobé después con Hedra, y Hedra dijo que es imposible, que una ramificación carpal bilateral no se suelta, que aquello no abre ni después.

Y después se quedó un rato callada y dijo: «pero yo no estaba ahí, señorita».

Halm murió en el pasillo de babor, y eso sí lo vi.

Se quedó atrás porque alguien tenía que sujetar la puerta cortafuegos, y la sujetó, y cuando llegó el primer grupo de levitas levantó la libreta y empezó a leer el memorando en voz alta.

Fechado. Firmado. Con el número del registro clínico.

Leyó dos líneas.

Y oí un disparo de rifle alquímico y el resto no es para escribirlo.

Pero pienso mucho en esas dos líneas, y en el hecho de que lo había escrito a mano a las seis de la mañana sabiendo perfectamente para qué servía, y en el hecho de que, en el instante en que tuvo que elegir entre correr y cumplir el procedimiento, el cobrador Halm —hombre puntual— cumplió el procedimiento.

Y entonces vino el sol.

Salimos de la sombra del casco y el sol de la mañana me dio en la cara por primera vez en trece días —sol de verdad, amarillo, caliente en la frente y en el dorso de las manos—, y tuve que cerrar los ojos con fuerza porque dolió.

Había gaviotas. Muchas. Llegaron de la nada con el barco encallado y peleaban por encima del agua en una gritería de fin del mundo.

Olía a salitre normal. A sal, a alga, a pescado. Olor a mar común, sin nada de plata dentro.

No sabía que lo echaba de menos hasta que lo respiré.

El bote salió de la aleta con siete personas.

Yo, Lucan, Hedra, Leo en la camilla, Iria, y dos fogoneros a los que nadie invitó y que simplemente saltaron cuando vieron bajar el bote, y que remaron mejor que todos nosotros.

Detrás, el Fiador estaba con catorce grados de inclinación y las calderas pitando, y había gente saltando por el costado de estribor, y el barco entero vaciándose en orden, porque a un marinero de compañía lo entrenan para eso.

No murió mucha gente en ese banco. Quiero dejar eso escrito también.

Ella lo calculó.

Puso ese casco en el único punto de la cuenca donde encalla sin hundirse, con dos palmos de holgura por encima de la línea de flotación, a una milla y media de tierra firme, con la marea subiendo.

Sacó al barco de la guerra y no mató a la tripulación.

Tardé tres días en entender lo que había hecho, y cuando lo entendí estaba en una carreta camino de Serrelago y tuve que pedir que paráramos.

Remamos cuarenta minutos.

Leo se despertó a la mitad, en la camilla, con la cabeza en el regazo de Hedra, y lo primero que preguntó fue:

—¿Ella vino?

Y nadie en el bote respondió.

Me miró.

—Aurelia. ¿Vino?

—No.

—¿Por qué?

Y yo —que me he pasado el libro entero dándole los números exactos, sin redondear, porque se lo merecía— le di el número exacto una vez más.

—Porque ella tenía cuatro meses y yo tenía una dosis —dije—. Y rechazó la mitad y me mandó dártela toda a ti.

Mi hermano de catorce años se quedó mirando el cielo.

—Sabía contar —dijo.

—Sabía.

—Sabía contar muy bien, Aurelia. —Tenía la voz rara—. Me contaba las cosas que yo no conseguía ver desde el otro lado del agua.

Y empezó a llorar, y no fue llanto de niño.

Llegamos a la punta de roca a las nueve y veinte.

Y el Navegante Negro estaba ahí.

Torcido, con la vela remendada por encima de la rota a la manera monstruosa de Hedra, el costado comido, sin el mastelero del trinquete; y Duro al timón, que no había hablado con nadie desde el día en que Nael cayó sentado con el cubo entre las rodillas, y que esa mañana habló.

Vio el bote, y vio quién iba dentro, y gritó una cosa que Teo después juró que había sido:

—YO LO DIJE.

Y nadie descubrió nunca a quién.