SANGRE Y TINTA (El pacto de las sombras nº 1) Capítulo 22 — El pozo de la cadena
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Capítulo 22 — El pozo de la cadena

CAPÍTULO VEINTIDÓS

El pozo de la cadena

Iria me devolvió al camarote a las doce y veinte, y esperé cuarenta minutos, y después abrí la puerta.

Llevó cuatro intentos. La cerradura era de contrapeso doble, mucho mejor que la del archivo, y tuve que apoyar la oreja en la madera y trabajar de oído, y a la tercera casi desistí.

A la cuarta cantó bien.

Hedra estaba sentada en la cama con la mano en el pecho de Leo.

—No voy a preguntar adónde va la señorita —dijo Hedra.

—Mejor no.

—Está en ciento dieciocho y bajando despacio. —Le arregló la manta al niño—. Si la señorita no vuelve para las cinco, grito y digo que me redujo, y nadie va a creerlo, pero es lo que voy a decir.

—Hedra.

—Vaya.

La cubierta a la una y diez tenía dos hombres de guardia: uno en el portalón y uno en la popa.

El del portalón estaba sentado. Un hombre que se sienta de guardia de madrugada ya ha decidido que no va a pasar nada.

Yo no soy buena en nada que implique al propio cuerpo. No sé pelear, no sé correr, no sé quedarme quieta mucho tiempo sin empezar a medir algo.

Pero sé dónde está cada pieza de metal en un radio de cuarenta brazas, y lo sé sin mirar, y esa noche supe que el manojo de llaves del guardia del portalón estaba en su cinturón, del lado izquierdo, ocho piezas, y que la cadena de Lucan tenía cierre de hierro fundido, no de acero.

El hierro fundido es fácil. El hierro fundido se rompe, no se dobla.

Recogí una barra de apuntalar que estaba tirada al lado del cabrestante.

Se despertó cuando me arrodillé.

—Aurelia... —empezó.

—Cállate.

—Tienes una barra en la mano.

—Sí. —Encajé la punta en el eslabón más fino del cierre—. Esto va a hacer ruido.

—¿Cuánto?

—Uno. —Lo miré—. Un ruido. Y después tenemos unos nueve segundos.

Miró al guardia sentado en el portalón, y a la popa, y después a mí.

Y sonrió.

Fue una sonrisa fea, cansada, con la comisura torcida, y tenía las dos manos abiertas en herida y cinco días de barba y no había absolutamente nada hermoso en aquello, y aun así.

—Nueve segundos bastan —dijo.

Bastaron.

El cierre estalló con un chasquido seco y el guardia del portalón levantó la cabeza y empezó a ponerse de pie, y nosotros ya estábamos corriendo: yo delante porque yo sabía hacia dónde, él detrás porque tenía las piernas dormidas de doce horas sentado.

Bajamos por la escotilla de proa.

Y entonces sonó la bocina, y el barco entero despertó de golpe.

El pozo de la cadena de un barco blindado es el peor lugar del mundo y es el único lugar donde nadie busca.

Es la cámara donde se recoge la cadena del ancla, en la proa, por debajo de la línea de flotación. Un metro y medio de ancho. Suelo inclinado. Olor a herrumbre, sal estancada y salitre viejo, y el ruido constante del agua golpeando el casco a dos palmos de tu cabeza.

Tiré de la portezuela por dentro y la trabé con la barra.

Y nos quedamos los dos de pie en ese metro y medio, a oscuras, empapados de sudor, con el barco despertando encima de nosotros.

Pasos. Muchos. Una orden gritada dos veces.

Y Lucan me puso la boca en el oído y dijo, en un soplo que apenas era voz:

—Van a barrer de popa a proa —sopló.

—Lo sé.

—Eso lleva tres horas en un casco de este tamaño.

—Lo sé.

—Y después llegan aquí.

—Llegan aquí y no abren —susurré—. Porque la portezuela del pozo de la cadena abre hacia dentro y está trabada con una barra de apuntalar, y la única conclusión razonable es que se ha agarrado con la sal, porque se agarran con la sal, y nadie derriba la portezuela de un pozo a las dos de la madrugada por una mujer que no sabe nadar.

Silencio.

—Lo planeaste.

—Lo planeé en la cubierta, entre el segundo y el tercer intento de la cerradura.

Y se rio contra mi pelo —sin ningún sonido, solo el pecho moviéndose— y aquello me atravesó entera.

Nos quedamos callados mucho tiempo, oyendo registrar el barco por encima de nosotros.

No se podía sentar: el suelo del pozo está inclinado y cubierto de costra. No se podía encender nada. No se podía hablar por encima de un soplo.

Y no había espacio para no estar pegados.

Yo estaba de frente al mamparo, con las dos manos apoyadas en el hierro frío, y él estaba detrás de mí, porque así fue como caímos ahí dentro y no había manera de cambiar de posición sin hacer ruido.

Me llevó una hora admitir que no estaba intentando cambiar de posición.

Fue él quien se movió primero.

Un paso. Medio paso. Lo suficiente para que yo sintiera su longitud contra mi espalda, del hombro a la cadera, y para que mis manos se cerraran solas en el hierro del mamparo.

Y se detuvo ahí.

Esperando.

Siempre esperando —el desgraciado, siempre esperando, con el barco entero siendo registrado encima de nosotros y trescientos hombres a dos cubiertas de distancia.

Giré la cabeza medio dedo.

Y apoyé la nuca en su hombro.

Fue todo. Fue lo único que podía hacer sin hacer ruido, y fue suficiente, porque lo entendió, porque siempre entiende, y su respiración cambió contra mi oreja.

Y apoyó la cara en mi pelo y respiró hondo una vez, y sentí su pecho entero subir contra mi espalda; y después dijo, en un soplo que apenas era voz, contra mi oreja:

—Es lirio.

—¿Qué?

—Tu pelo. Llevo veintiséis días intentando descubrirlo y es lirio del campo, y no voy a poder pasar junto al muro de un cementerio el resto de mi vida.

Su boca encontró mi nuca.

Y tuve que morderme el labio hasta que dolió, porque el primer sonido que hice fue demasiado alto para ese lugar; y él se detuvo al instante, inmóvil, con la boca todavía apoyada en mi piel, esperando a que pasaran los pasos de arriba.

Pasaron.

Y no continuó.

Pasaron diez segundos. Veinte.

Me giré lo poco que se podía en ese metro y medio, con el hombro raspando el hierro, hasta encontrar su cara en la oscuridad.

—¿Por qué te has detenido? —susurré.

—Porque no sé si puedes quedarte callada —sopló.

—Puedo.

—Aurelia.

—Puedo.

—¿Y si no puedes?

Y le tomé la mano —la mano abierta, lastimada, que había visto por la tarde y que se iba a infectar en dos días— y la apoyé en mis labios, y hablé contra su palma:

—Entonces me sujetas.

Me giró de espaldas al mamparo.

Y descubrí, en la oscuridad de ese pozo, con trescientos hombres registrando un barco encima de mi cabeza, una cosa que no sabía sobre mí: que tener que quedarse en silencio no quita nada.

Multiplica.

Todo lo que no puede salir por la boca va a otro sitio. Mis manos, que siempre tienen algo que hacer, no tenían nada más que el hierro detrás de mí y su abrigo. Mi respiración, que tuve que administrar como quien administra una ración de agua. Los dientes en el labio. Las piernas.

Y él —que se pasó tres noches preguntándome en cada puerta— no podía preguntar nada ahí dentro, porque preguntar exige voz.

Así que preguntaba con la mano. Despacio. Deteniéndose. Esperando respuesta.

Y yo respondía con el cuerpo, que es el único idioma que queda en un pozo de cadena a las dos de la madrugada, y yo no había hablado ese idioma nunca en la vida, y descubrí que lo sé.

En cierto momento se sacó el pañuelo del bolsillo.

Oí la tela y lo entendí antes de que me tocara, y yo —que me he pasado la vida entera necesitando explicar todo— simplemente abrí la boca.

Fue lo más íntimo de esa noche y no tuvo nada que ver con el resto.

El pañuelo olía a alquitrán y a jabón de sosa y a él. Y, con la boca ocupada y las manos sin función y ninguna palabra disponible en ninguna dirección, dejé de ser la persona que organiza las cosas.

Por primera vez desde los diecinueve años.

No quedó nada de mí para administrar nada.

Del resto guardo pedazos, porque así fue como quedó:

El hierro helado en mi espalda y su calor delante, y la diferencia entre las dos cosas siendo la única frontera que existía en el mundo.

Una ronda pasando por la cubierta de proa justo encima de nosotros —botas, tres hombres, una orden— y él deteniéndose por completo, con la frente en la mía, y los dos respirando el mismo aire caliente e inmóvil hasta que pasó.

Y el momento en que los pasos desaparecieron siendo peor que cuando estaban ahí.

Su rodilla entre las mías.

Mi mano cerrada en su pelo.

Y, en algún lugar de la tercera hora, mi propio cuerpo traicionándome de una manera que no conocía y que no sabía posible en silencio absoluto; y sus manos sosteniéndome de pie cuando mis piernas simplemente decidieron que ya no eran responsabilidad mía.

Me sostuvo.

Yo lo había pedido. Y me sostuvo.

La ronda terminó sobre las cuatro.

Lo sé porque el barco se quedó quieto de golpe, como se queda cuando los hombres vuelven a las hamacas, y porque la bomba de la bodega arrancó sola y nadie fue a comprobarlo.

Y no paramos.

Esa fue la parte que no esperaba: que, cuando pasó el peligro, no pasó nada. Que nos quedamos en ese metro y medio de hierro y costra el resto de la noche entera, sin hablar, porque hablar era innecesario y porque ninguno de los dos quería ser el primero en romperlo.

Había dos horas hasta el amanecer y cada una de ellas fue corta.

Cerca de las seis, con el casco empezando a cambiar de temperatura, yo tenía la cabeza en su pecho y el abrigo por encima de los dos, y él habló por primera vez en voz normal desde la medianoche.

La voz normal, ahí, después de todo, sonó obscena.

—Cincuenta y uno —dijo.

Me reí contra su esternón.

—¿Contaste el mío? —dije.

—Lo conté. —Tenía la mano en mi pelo—. Cincuenta y uno el mío. El tuyo está en setenta y dos y no baja.

—El mío nunca baja.

—Lo sé. —Una pausa—. Aurelia.

—Hm.

—Cuando esto acabe...

—No hagas eso.

—Lo voy a hacer, porque estamos encerrados en un pozo de cadena y no tienes adónde correr. —Tenía la voz ronca—. Cuando esto acabe, quiero una casa que no ande.

Levanté la cabeza.

—¿Qué?

—Una casa. Quieta. Con un suelo que no se inclina. —Estaba mirando el techo de hierro a dos palmos de su cara—. Tengo treinta y tres años y nunca he dormido treinta noches seguidas en el mismo lugar, y siempre creí que era porque me gustaba. Y no es así. Es porque nunca hubo un motivo para parar.

—¿Y ahora lo hay?

No respondió enseguida.

—Vi una puerta —dijo, al fin—. Cuando tomé ese mineral en la mano, en la cubierta. Una puerta verde con número de latón, bajo la lluvia, en Oravel. Y tú estabas a mi lado sujetándome la mano para que no llamara todavía.

Me quedé muy quieta.

—Yo también vi esa puerta —dije.

Giró la cabeza tan rápido que se golpeó con el hierro.

—¿Qué?

—No la puerta. —Yo tenía la mano abierta sobre su pecho—. Vi un sauce, y agua dulce, y una piedra plana caliente de sol. Y a alguien diciendo ya se echaron a perder, y no tengo la menor idea de lo que eso quiere decir.

Y Lucan Corr —que no cree en nada, que cobra por todo— se quedó mirando el techo de ese pozo un rato largo.

—Botas —dijo.

—¿Cómo dices?

—Nada. —Me pasó el brazo por debajo de la nuca—. Todavía no.

Dormimos veinte minutos.

Fue lo que hubo.

Y, cuando abrí los ojos, había una línea fina de luz gris entrando por la rendija de la portezuela del pozo, y Lucan llevaba un rato despierto, mirándome en la oscuridad.

—¿Qué pasa?

—Nada. —Me apartó el pelo de la cara—. Estaba contando.

—¿Contando qué?

—Cuántas horas me quedan hasta que te acuerdes de que necesitamos un plan.

Empecé a reírme y me tapó la boca con la mano, y nos quedamos los dos ahí, ridículos, muriéndonos de risa sin ruido en un pozo de cadena a las seis de la mañana, en un barco enemigo, con mi hermano a dos cubiertas y trescientos hombres encima de nuestra cabeza.

Fue la cosa más feliz que me pasó ese año.

Y quiero que se quede en esta página, porque el resto de ese día no lo fue.

A las seis y veinte me senté y empecé a recogerme el pelo.

—Aquí va el plan —dije.

—Lo sabía.

—La ronda terminó, así que van a presumir que saltamos. Van a bajar la guardia de cubierta y subir la de bodega, porque es lo que se hace.

—Correcto.

—El contrato de mi hermano está en un cajón del camarote de la piloto, y el mineral está en la caja fuerte del camarote de tu hermano, y ninguna de las dos cosas va a salir de aquí por la puerta.

—¿Y qué sale?

Lo miré.

—Nosotros salimos —dije—. Con Leo, con Hedra y con Wren.

Lucan Corr se quedó muy quieto.

—La piloto —repitió.

—La piloto.

—Aurelia, esa mujer firmó siete páginas con firma legalizada. No es una prisionera. Es una empleada.

—Sé lo que es.

—Puede entregarnos antes del desayuno.

—Puede.

—Y aun así.

—Y aun así. —Terminé el moño y lo miré en la oscuridad—. Tiene una cláusula de salida, Lucan. Real. No la ha usado nunca porque, el día en que la use, deja de recibir contención pura y se muere en tres meses.

Silencio en el pozo.

—¿Y qué le vas a ofrecer?

—La mitad de mi dosis —dije.

Y su cara cambió de una manera que no he visto ni antes ni después.

—Aurelia, hay una dosis —dijo.

—Lo sé.

—Extrajiste eso con tus manos, dentro de un agujero que se estaba cerrando, para tu hermano.

—Lo sé.

—Entonces explícamelo.

Y abrí la portezuela del pozo de la cadena dos dedos, para que la línea de luz gris le diera en la cara, y dije:

—Porque Wren tiene veintiún años, y firmó a los diecisiete, y no le queda nadie en el mundo que haga cuentas por ella. —Mi voz salió firme—. Y porque ya fui una vez la mujer que se quedó con el frasco entero, capitán, y no voy a ser esa mujer dos veces.