SANGRE Y TINTA (El pacto de las sombras nº 1) Capítulo 21 — Siete páginas #3
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Capítulo 21 — Siete páginas #3

—Firmé. —Señaló el marco de la pared con el mentón—. Está ahí. Siete páginas, firma legalizada, testigos, y una cláusula de rescisión que leí tres veces con un abogado que pagaron ellos, lo que en su momento me pareció decencia.

—¿Cuántos años tenías?

—Diecisiete.

Cerré los ojos.

—No me engañaron, muchacha —dijo, y había una dureza ahí que no esperaba—. Necesito que entiendas eso, porque todo el que se entera quiere que me hayan engañado, y es más cómodo, y no es verdad.

—¿Entonces qué fue?

—Me ofrecieron trabajo. —Wren tomó la taza y no bebió; la sostuvo por el calor—. Yo era hija de un estibador en Puerto Bajo, con la línea en la encía a los dieciséis, y aparecieron con un contrato que decía: contención pura tres veces al día, cuarto con ventana, sueldo, y tu madre sale de la fila.

—Tu madre.

—Sale de la fila y entra en el Ala Plata, con dos médicos residentes. —Me miró—. Tú habrías firmado.

Y no respondí, porque habría firmado.

—Mi madre murió el año pasado —dijo—. En el Ala Plata, con sábanas limpias, sin dolor, a los cincuenta y uno. Yo estaba en Marivéu cuando pasó y no hubo tiempo de volver.

Dejó la taza.

—Y no me arrepiento, y es eso lo que nadie aguanta oír. Le compré tres años buenos a mi madre y pagué con lo que tenía, y la cuenta cuadró, y lo volvería a hacer. —Se le levantó una esquina de la boca—. ¿Pones esa cara porque crees que soy un monstruo o porque crees que soy una idiota?

—Ni una cosa ni la otra.

—¿Entonces qué?

—Porque yo ya he dicho esa frase exacta —dije—. No sobre mi madre. Sobre una niña de nueve años que murió porque yo me quedé con un frasco.

Wren se quedó muy quieta.

Y después dijo, muy bajo:

—Entonces podemos conversar.

Conversamos once minutos, porque Iria golpeó el cristal dos veces y la segunda estaba llorando de miedo.

Lo que quedó de esos once minutos:

Que trabaja cuatro horas al día en el papel y nueve en la práctica, y que nadie la obliga, y que es justamente por eso que hace las nueve.

Que tiene una cláusula de salida, y que la cláusula es real, y que no la ha usado nunca porque la contención pura del Ala Plata no se les vende a los exempleados.

Que sabe lo que hace la contención pura. Que lo descubrió sola, al tercer año, comparando sus propias mediciones con las fichas de un archivo que ellos dejaron abierto por descuido.

Y que siguió firmando el recibo mensual después de descubrirlo.

—¿Por qué? —dije.

—Porque parar ahora no deshace nada —dijo—. Y porque hay una cosa que todavía puedo hacer, y solo puedo hacerla desde aquí dentro.

—Wren. Mi hermano.

—Lo sé —dijo.

—Se lo van a ofrecer.

—Ya se lo han ofrecido. —Abrió el cajón del escritorio y sacó un papel doblado—. Está listo desde marzo, muchacha.

Lo tomé con la mano temblando.

Siete páginas. Impreso, no manuscrito: impreso, con casillas en blanco y línea de puntos, igual que el formulario que Teo me entregó en la cubierta.

Y, arriba, mecanografiado:

CONTRATO DE PRESTACIÓN DE SERVICIOS ESPECIALIZADOS — MENOR DE EDAD

Firma del responsable legal: ______________________

El nombre de mi hermano ya estaba rellenado. A mano. En marzo.

Y, en la línea del responsable, en letra menuda a lápiz, alguien había esbozado una sugerencia y no la había borrado:

(hermana — 23 — sin otros parientes vivos)

—No van a detener a nadie —dijo Wren—. Nunca detienen a nadie, muchacha. Esperan a que la persona llegue a un lugar donde firmar es lo más razonable del mundo.

Me miró con esas manos que ya no abren del todo.

—Y, cuando tu hermano esté a ciento cuarenta de pulso y la contención de este barco sea la única que existe a nueve días de cualquier puerto —dijo—, vas a firmar eso. Y vas a creer que elegiste.

Iria me llevó de vuelta por el mismo camino, y pasé otra vez por el cabrestante.

Se había quedado dormido sentado, con la cabeza caída hacia un lado y la lona resbalándose del hombro.

Me agaché y le subí otra vez la lona.

Se despertó —un hombre que duerme en cubierta se despierta con todo— y tardó un segundo en encontrarme en la oscuridad.

—Tienes una cara —dijo, ronco.

—Tienen un contrato listo con el nombre de Leo desde marzo.

Se quedó muy quieto.

—Y hay una línea para el responsable legal —dije— con una anotación a lápiz que nadie borró. Dice hermana, veintitrés, sin otros parientes vivos.

—Aurelia.

—No van a detener a nadie, Lucan. Van a esperar a que yo llegue a un lugar donde firmar sea lo más razonable del mundo. —Yo tenía la mano cerrada en su manta—. Y voy a llegar a ese lugar. Ya llegué una vez, un jueves de marzo, y sé exactamente cómo es.

Se enderezó contra el cabrestante.

—Entonces escúchame —dijo.

—Lucan...

—Escúchame. —Levantó los puños atados todo lo que pudo y me apoyó los nudillos en la rodilla—. Cuando llegue esa hora, y va a llegar, vas a mirar ese papel y vas a hacer la cuenta, y la cuenta va a cuadrar. Siempre cuadra. Es eso lo que tu padre intentó decirte.

—¿Y entonces?

—Y entonces haces lo que él te mandó. —Su voz salió baja y firme—. Para. Y llora antes de firmar.

Me quedé arrodillada ahí, en la cubierta de un barco que no era nuestro, con un hombre encadenado repitiéndome lo último que me enseñó mi padre.

—¿Y si lloro y firmo igual?

—Entonces firmo contigo —dijo—. Y cargamos los dos nombres.