Capítulo 21 — Siete páginas #2
—La técnica es que la contención pura mantiene al paciente vivo más tiempo, y que cualquier persona sin formación clínica que consiguiera un frasco de esos se lo daría al enfermo sin pensarlo dos veces, creyendo que hacía lo mejor.
—No se dio la vuelta—. Porque está haciendo lo mejor, señorita, si lo que se quiere es que el niño respire un mes más.
No sé si esa mujer sabía de la otra parte.
No existe ningún documento que pruebe que lo sabía.
—¿Y la otra respuesta?
—La otra respuesta es que tengo once años en la división de créditos vencidos y nunca he visto a nadie desviar material controlado durante tres meses seguidos sin una razón muy grande. —Abrió la puerta—. Veintisiete asientos son dos años, señorita. No tres meses.
Y salió.
Y los dos hombres de levita entraron detrás de él, y él dijo, sin alterar el tono, que la evaluación clínica quedaba para el día siguiente porque el paciente estaba durmiendo.
Fue Iria la que me llevó al alcázar a las once de la noche.
Abrió la puerta sin llamar esta vez, con el farol bajo, y dijo, muy rápido:
—La señora tiene quince minutos y yo voy a perder el empleo.
—¿Por qué estás haciendo esto?
—Porque el niño dijo su nombre —dijo la muchacha—. En voz alta. Delante de todos.
Me llevó por la cubierta de babor, y fue así como lo vi.
Estaba sentado en el suelo, apoyado en el cabrestante, con la cadena de la cintura sujeta al anillo de hierro y las muñecas atadas por delante. Alguien le había echado una lona por encima de los hombros, lo que era una amabilidad, y no quise saber de quién.
Estaba despierto. Claro que lo estaba.
Iria me tiró de la manga y susurró que no podíamos detenernos.
Me detuve.
Fueron siete pasos hasta él, y el guardia del portalón miró, y vio a una mujer y a un hombre encadenado, y decidió que aquello no valía el esfuerzo de cruzar la cubierta.
Me arrodillé.
—Tus manos —dije.
—Aurelia...
—Tus manos. —Le giré las palmas hacia arriba, a la luz. Estaban abiertas por el cabo, del día de la grieta, y no las habían lavado desde entonces, y la cuerda de las muñecas pasaba exactamente por encima—. Esto se va a infectar en dos días.
—Probablemente.
—No es probablemente, es en dos días, y da fiebre, y fiebre en alta mar...
Y entonces se me quebró la voz a la mitad, y él apoyó la frente en mi frente, que era lo único que podía hacer con las manos así.
Nos quedamos así.
—¿El niño? —preguntó.
—Ciento veintidós.
—¿Hedra está con él?
—Está.
—Entonces respira.
—No consigo respirar, Lucan, te vendiste por un papel de notaría y nos atraparon igual...
—Lo sé.
—Fue en vano.
—No lo fue. —Apartó la frente lo suficiente para mirarme—. Dieciséis personas salieron de esa cuenca. Duro está con ellas. Teo está con ellas. Eso no es en vano, solo es insuficiente, y yo vivo con lo insuficiente desde los doce años.
Le llevé la mano a la cara y cerró los ojos como quien descansa.
—Voy a sacarnos de aquí —dije.
—Sé que lo vas a hacer.
—No pareces muy sorprendido.
—Aurelia —dijo, y había un cansancio absurdo y una cosa caliente por debajo—, te vi abrir una cerradura magnética con un estilete de archivo la primera noche que nos conocimos.
Estoy preso en un barco lleno de cerraduras y tú estás suelta dentro de él.
—Volvió a apoyar la frente en la mía—. A quien le tengo lástima es a ellos.
Me reí. Ahí, arrodillada en una cubierta enemiga, con el guardia a veinte pasos y mi hermano a ciento veintidós latidos.
E Iria me tiró de la manga otra vez, y esta vez fui.
Miré atrás una vez.
Me estaba mirando con esa atención horrible, como mira desde la primera noche —como un instrumento que quiere abrir para ver por dentro— y levantó los dos puños atados dos dedos del suelo, lo más parecido a un saludo que conseguía.
El camarote de la piloto está a popa, con ventana.
Ventana de verdad, con cristal y cortina, del lado de fuera del pasillo de oficiales; y tardé un tiempo indecente en entender que aquello era mejor que el camarote en el que me habían encerrado.
Había un hornillo encendido. Un estante con libros sujetos por un listón. Una maceta con una planta que alguien regaba.
Y un contrato enmarcado en la pared, detrás de un cristal, como quien cuelga un diploma.
Wren estaba sentada al escritorio de espaldas a la puerta, con un chal, con una manta en las piernas y una taza junto al tintero.
—Tú eres la hermana —dijo, sin volverse.
La voz le venía despacio, con pausas entre las palabras, como quien habla a través del agua.
—Sí.
—Tiene catorce —dijo.
—Sí.
—Cuenta mucho. —Giró la silla—. No deja de contarme cosas. Cuántos hombres hay en su barco, cuántos días, cuántos cajones. Creo que no sabe que yo no necesito saber nada de eso.
Veintiún años. Pelo rojo oscuro suelto, sin el prendedor caro. Hermosa a la manera de quien fue hermosa con holgura y ahora es hermosa con esfuerzo.
Y las manos.
Tenía las manos sobre la manta, y las venas del dorso y de la muñeca eran hilos de plata endurecida, y los dedos se quedaban medio curvados incluso en reposo, como se quedan cuando ya no abren del todo.
—Puedes sentarte —dijo—. No va a entrar nadie. Aquí no entran sin llamar.
Me senté en el borde de su cama.
—Wren —dije.
—Quieres preguntarme si firmé.
—Sí.