SANGRE Y TINTA (El pacto de las sombras nº 1) Capítulo 21 — Siete páginas
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Capítulo 21 — Siete páginas

CAPÍTULO VEINTIUNO

Siete páginas

Lo primero que me alcanzó en el Fiador fue el olor.

Olía a limpio. Jabón de sosa, cera de suelo, café hecho en algún lugar del pasillo. Después de trece días respirando alquitrán, plata y enfermería, ese olor a casa ordenada me dio unas ganas absurdas de llorar, y no sabía si era añoranza o asco.

Hacía calor. Calefacción de vapor por las tuberías del pasillo, demasiado calor para quien pasó dos semanas con la ropa húmeda; y sentí hormiguear la piel de las manos, como hormiguea cuando vuelve la sangre.

El camarote tenía una cama de verdad, con sábanas limpias, y una jofaina de porcelana con agua caliente.

Fue lo primero que me dio miedo.

Una celda es honesta. Una celda informa.

Alguien que te mete en una celda te está diciendo lo que piensa de ti, y tú puedes organizar el resto a partir de ahí.

Pero a mí me metieron en un camarote de invitados con una toalla doblada y un plato de sopa todavía humeando en la mesita, y cerraron la puerta por fuera.

Leo dormía en la cama, con Hedra —a la que trajeron también porque grité lo suficiente— sentada a su lado contándole los latidos con dos dedos en el cuello del niño.

—Ciento veintidós —dijo.

—¿Desde cuándo?

—Veinte minutos así.

Me senté en el suelo con la espalda contra la puerta.

A las ocho de la noche llamaron, y casi me reí, porque llamar a una puerta que tú mismo has cerrado es la cosa más absurda que se puede hacer.

Entró una muchacha de unos dieciocho años, con delantal gris, con una bandeja.

—Té —dijo, sin mirarme.

—No quiero.

—Es para la contramaestre y para el niño. —Dejó la bandeja y estiró el paño por encima—. La señora no tiene que beberlo.

Iba saliendo.

—¿Cómo te llamas?

La muchacha se detuvo con la mano en el picaporte y se quedó un segundo largo sin responder.

—No debo conversar.

—No te he preguntado qué debes hacer. Te he preguntado tu nombre.

—Iria —dijo, muy bajo, y salió.

Y cerró la puerta y la trabó por fuera, y la oí quedarse parada al otro lado un rato más antes de irse.

Hedra vino a sentarse a mi lado en el suelo.

Nos quedamos las dos ahí, apoyadas en la puerta, con el barco moviéndose poco porque un barco grande se mueve poco.

—Yo serví en esa compañía —dijo, de la nada.

Giré la cabeza.

—¿Cómo dice?

—Argos. Hace diecinueve años. —Se miraba las propias manos—. Era asistente de laboratorio en la refinería de Puerto Alto. Buen empleo. Uniforme, botas, dos días libres al mes.

—Usted nunca dijo nada.

—Nunca me lo preguntó nadie. —Puso las palmas hacia arriba y se miró los antebrazos, esas quemaduras que suben hasta el codo y que yo había visto todos los días durante tres semanas sin tener el valor de preguntar—. Esto no es de un accidente, señorita.

—Hedra...

—Fue una prueba. —Lo dijo con una ligereza que era peor que cualquier otra cosa—. Probábamos las aleaciones de contención en tejido vivo antes de mandarlas al dispensario. Pagaban un extra. Lo llamaban complemento de exposición. Cobré tres años de complemento y me compré una casa.

Se encogió de hombros.

—Es una buena casa. Está en Marivéu. No vivo en ella.

No supe qué decir, y dije lo incorrecto, que es lo que hago:

—¿Por qué se fue?

—Porque un día trajeron a una niña.

Hedra se quedó mirando la puerta del camarote.

—Doce años. Hija de alguien del laboratorio de abajo. Se había caído en una cisterna con película y tenía la línea en la encía. Y el supervisor dijo que era una oportunidad, porque nunca habíamos observado el proceso desde el principio en un organismo en crecimiento.

El barco crujió.

—Y su padre firmó —dijo—. Yo vi al hombre firmar. Lloró, y lo leyó todo, y firmó, porque firmando ella entraba en el programa y en el programa recibía contención pura tres veces al día, y él no tenía eso.

—¿Usted ayudó?

—Le sujeté el brazo en la primera aplicación.

—Hedra volvió la cara hacia mí y no estaba llorando, y yo habría preferido que lo estuviera—.

Después me fui a casa, hice un hatillo y no volví nunca.

Y no avisé a nadie, señorita. No denuncié, no escribí una carta, no hice nada.

Solo me fui, porque no aguantaba más y no porque estuviera mal, y esas dos cosas son distintas y yo lo sé desde hace diecinueve años.

Apoyó la cabeza en la puerta.

—Por eso entré en esa niebla con el señor Corr sin preguntar adónde íbamos.

Llamaron otra vez a las nueve.

Esta vez no era té.

Dos hombres de levita, y el cobrador Halm detrás de ellos, con la libreta y el calibrador y el mismo abrigo marrón de cuello raído.

—Buenas noches, señorita Sarn.

Me puse de pie.

—Está usted lejos de su distrito.

—Me han trasladado —dijo, y había algo muy seco en aquello—. La división de créditos vencidos no trabaja en alta mar. Me trasladaron a seguimiento clínico y recibí la orden de embarcar en cuarenta minutos. —Abrió la libreta—. Sin consultarme.

—Está usted descontento.

—Estoy empleado —dijo Halm—. Voy a necesitar diez minutos con el paciente.

—No.

—Señorita.

—No.

Me miró un instante e hizo una cosa que me desarmó por completo: se volvió hacia los dos hombres de levita y dijo:

—Esperen en el pasillo.

Vacilaron.

—Soy el clínico responsable y ustedes me están estorbando. Al pasillo.

Cuando se cerró la puerta, Halm dejó el calibrador en la mesita sin abrirlo.

—Tengo once minutos antes de que a alguien le parezca extraño —dijo—. Escuche en vez de discutir.

—Usted midió a mi hermano como se mide una lente.

—Medí a su hermano con el único instrumento que tengo, del modo en que me enseñaron, y no voy a pedir perdón por eso porque el perdón no sirve de nada y tengo once minutos.

—Se quitó los anteojos, los limpió con el pañuelo y se los volvió a poner—.

Señorita, ¿usted cree que yo soy qué en esta historia?

—Creo que usted es la mano.

—Yo soy el registro —dijo—. Yo no decido nada. Mido, anoto y firmo al pie. Y es por eso que voy a decir lo que vine a decir, porque hay una cosa que registré hace siete meses y que no me sale de la cabeza desde entonces.

Abrió la libreta en una página marcada con un cordel.

—En marzo fui a su taller del Callejón del Vidrio y clasifiqué a su hermano en estadio tres. No valía el traslado. Lo anoté y me fui.

—Lo sé. El director Draust dijo que usted se equivocó.

—No me equivoqué —dijo Halm.

El aire del camarote cambió.

—Yo medí bien. Estaba en estadio tres en marzo. —Giró la libreta hacia mí, y había una columna de números y fechas en su letra menuda—. Y en agosto estaba en cuatro. Cinco meses, señorita. La progresión media en esa franja de edad es de catorce a diecinueve meses.

Miré esa columna y no conseguí respirar bien.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Quiere decir que algo lo aceleró. —Cerró la libreta—. Y me pasé siete meses comprobando si había sido un error mío, porque prefiero ser incompetente a ser cómplice, y no fue un error mío. Rehíce el cálculo diecinueve veces.

—¿Qué lo aceleró?

Y el cobrador Halm, hombre puntual, dijo:

—¿Dónde compraba usted la contención?

Me senté en el borde de la cama, al lado de mi hermano.

—En el dispensario. Siempre. Treinta y dos créditos.

—¿Siempre en el mismo? —preguntó Halm.

—Siempre en el de la Calle de las Plomadas.

—¿Lote?

—No sé el lote, don Halm, yo compraba lo que me daban en la fila a las cuatro de la madrugada, no estaba eligiendo...

Me detuve.

Porque se me ocurrió una cosa, y se me ocurrió entera, y tuve que apoyar la mano en la columna de la cama.

—Don Halm. ¿A partir de cuándo vio usted acelerarse la progresión?

Lo comprobó.

—La primera lectura fuera de curva es de enero.

Enero.

Y fue en diciembre cuando Vesna apareció en mi puerta a las cuatro de la madrugada con un frasco de contención pagado de su propio bolsillo.

Y después apareció en enero. Y en febrero. Y en marzo.

Frascos que no venían de la fila.

Frascos que ella decía haber conseguido «por la Compañía, a cuenta de la curaduría», y que yo acepté llorando de gratitud porque tenía veintidós años y estaba sola y alguien había aparecido.

—Don Halm —dije, y mi voz salió rara—, ¿existe alguna diferencia entre la contención del dispensario y la del Ala Plata?

Y me miró un rato largo.

—Existe —dijo—. La del Ala Plata es pura. La del dispensario está diluida al sesenta por ciento.

—¿Y la pura acelera?

—La pura preserva el corazón —dijo Halm—. Sujeta el órgano para que el cuerpo no muera antes de que la cristalización termine de organizarse. —Juntó las manos—. Por eso se usa en el programa, señorita. La contención pura no trata la enfermedad. Le da tiempo a la enfermedad para estar lista.

Me quedé sentada en esa cama mucho tiempo.

Hedra no dijo nada. Leo respiraba, y el segundo sonido de su corazón latía medio tono por encima del primero, como late desde la noche en que la página en blanco despertó en mi taller.

—¿Está usted bien? —preguntó Halm.

—La mujer que me dio esa medicina me crio dentro de un archivo —dije—. Firmó mi permanencia. Apareció en mi puerta a las cuatro de la madrugada.

—Sé quién es la curadora Vesna.

Levanté la cabeza.

—¿Usted lo sabe? —dije.

—Señorita, yo trabajo para una empresa que emite requisiciones de material controlado, y una requisición lleva dos firmas.

—Halm tomó el calibrador de la mesita y se lo guardó en el bolsillo del abrigo, y su voz salió casi amable—.

La del Ala Plata, en los doce meses anteriores a agosto, lleva la firma de una curadora de Meridiana en veintisiete asientos.

—Ella estaba desviando contención pura.

—Estaba desviando contención pura —confirmó—. A una dirección del Callejón del Vidrio.

—¿Por qué? —dije, y no era una pregunta para él—. ¿Por qué haría eso?

Halm fue hasta la puerta y se detuvo con la mano en el picaporte.

—¿La señorita quiere la respuesta técnica o la otra? —dijo, desde la puerta.

—Las dos.