SANGRE Y TINTA (El pacto de las sombras nº 1) Capítulo 20 — Doscientos metros #2
79%

Capítulo 20 — Doscientos metros #2

—Los botes vuelven. Este barco sale de la cuenca con quien esté vivo encima de él. Y nadie le pone una pluma en la mano al niño para que firme nada.

Mucho tiempo de silencio.

—El niño tiene nueve décimos —dijo Octavian.

—Lo sé.

—Me estás pidiendo cambiar la cosa más valiosa que esta compañía ha encontrado en cuarenta años por un papel de notaría.

—Sí.

—¿Por qué?

Y yo, de pie en la borda de un barco en llamas, con un mineral vivo en las manos y una puerta verde con número de latón en la cabeza, grité la única verdad que tenía:

—¡PORQUE NO PUEDES NO QUERERLO!

Se rio.

Oí su risa atravesar doscientas brazas por la bocina de latón, y conozco esa risa desde los seis años de edad, y siempre ha significado lo mismo: que yo había acertado en algo en lo que él habría preferido que no acertara.

—Está bien —dijo Octavian Draust—. Deja el mineral sobre la lona, con cuidado, y baja al bote.

Lo que yo no sabía —y lo que nadie en mi cubierta sabía— es que Aurelia había abierto la puerta de la bodega de proa por dentro.

Hedra me lo contó después. Dijo que la muchacha miró la cerradura un momento, apoyó la oreja en la madera y la abrió con un estilete de archivo en menos tiempo del que Hedra tardó en levantarse.

Y que Leo la agarró de la manga y dijo:

—Se está vendiendo.

—Lo sé.

—Aurelia, se está vendiendo por nosotros.

Y que mi cartógrafa le dijo a su hermano la cosa más fría y más correcta que podía decirse en ese momento:

—Sí. Y si subo ahora, se vendió en vano.

Y no subió.

Se quedó sentada en el suelo de esa bodega con la espalda contra el mamparo y las manos sobre las rodillas y se quedó.

Yo no habría podido.

Los últimos cuarenta segundos:

Tenía el pie en la escala del portalón cuando llegaron por el otro costado.

Dos botes. Los dos últimos, los que habían rodeado la popa por fuera mientras conversábamos.

No venían por mí. Ya me habían comprado.

Venían por la escotilla de la enfermería.

Alguien les había dicho en qué parte de este barco estaba el niño, y el mundo es así, y no consigo culpar a Teo por aquel formulario impreso porque tenía diecisiete años y su madre llevaba catorce meses en la fila.

Ocho hombres subieron por la borda de estribor.

Y había un hombre entre ellos y la escotilla.

Rask no gritó.

No hubo grito, no hubo discurso, nada que se cuente en una taberna.

Cerró la escotilla con el pie, se sentó encima de ella y se apoyó la barra de hierro cruzada en el regazo.

Como quien se sienta en un escalón a descansar.

Lo vi todo desde el portalón y tenía las manos atadas y estaba a quince pasos, y grité su nombre dos veces.

Giró la cabeza a la primera.

Y dijo —y Hedra también lo oyó, y Hedra confirma cada palabra:

—Capitán, Enna está en Ferrolho. Casa de esquina, tejado verde. —Se acomodó la barra en el regazo—. Si pasa por allí, dígale que pagué.

Llevó cuatro minutos.

No voy a escribir los cuatro minutos.

Voy a escribir solo esto: no se levantó de encima de esa escotilla. Ni cuando podía. Ni cuando habría sido razonable. Y los ocho hombres tuvieron que resolver el problema de otra manera, y la otra manera llevó tiempo, y el tiempo fue suficiente.

Suficiente para qué, solo lo entendí después.

Suficiente para que el Navegante Negro, con el timón libre y el ancla corta como yo había ordenado, y con Duro al timón sin hablar con nadie desde las tres y cuarenta, saliera de popa de la cuenca llevándose a dieciséis personas vivas.

Sin mí.

Sin el mineral.

Con Aurelia Sarn y su hermano encerrados en la bodega de proa, golpeando la madera.

Me pusieron de rodillas en la cubierta del Fiador con cadenas en las muñecas y una en la cintura sujeta al anillo del cabrestante.

Octavian vino en persona. Se quitó el guante.

—Fue una buena negociación —dijo—. Y la cumpliste entera, lo que no esperaba.

—Retira los botes.

—Ya los retiré. —Señaló con el mentón la cuenca, donde mi barco salía de popa por la boca sur, torcido, quemado, vivo—. Yo no soy un hombre que rompa un acuerdo, hermano. Es lo único que tengo en común contigo.

Se agachó delante de mí.

—Firmas esta noche. Sin leerlo, como ofreciste.

—Firmo.

—Y después te pongo en un puerto cualquiera con lo que lleves en el bolsillo, y los dos no volvemos a vernos nunca.

—Perfecto.

—Perfecto —repitió, y se quedó mirándome con una curiosidad que no supe leer—. ¿No vas a preguntarme por la muchacha?

—¿Qué muchacha?

—La cartógrafa.

Y el pecho entero se me cerró.

—La soltaste. Estaba en el acuerdo.

—En el acuerdo estaba que el barco saldría con quien estuviera vivo encima de él.

—Octavian se levantó y se sacudió la rodilla del pantalón—.

Ella no estaba encima, Lucan. Estaba encerrada en la bodega de proa, y la bodega de proa del Navegante Negro tiene una escotilla de carga que da al costado, y yo conozco ese casco porque fui yo quien autorizó su compra hace nueve años.

Me lancé hacia delante y la cadena me derribó.

La trajeron por la plancha a las cinco y veinte de la tarde.

Venía caminando. Sin nadie sujetándole el brazo, con el paño encerado de los cuadernos apretado contra el pecho y el mentón levantado, y pasó por delante de mí, de rodillas en la cubierta, y me miró exactamente un segundo, y no había ninguna acusación en esa mirada, y yo habría preferido que la hubiera.

Detrás de ella venía Leo, cargado por un hombre de levita.

Y, cuando el niño pasó por el alcázar, la muchacha del buen abrigo se levantó de la silla.

No dijo nada. No llamó a nadie, no montó un escándalo, no avanzó.

Solo se levantó, y se quedó de pie junto a su propia mesa de trabajo, con las manos caídas, mirando a ese niño ser llevado por la plancha, y el escribiente a su lado la miró y después se miró los pies y no anotó nada.

Y Leo, en brazos del hombre, giró la cabeza y la miró.

Y dijo, muy claro, para que lo oyera toda la cubierta:

—Wren.