Capítulo 19 — La veta
CAPÍTULO DIECINUEVE
La veta
Nota de la narradora: lo que sigue lo anoté con tres tintas distintas, porque lo escribí en tres momentos distintos. Donde la letra es firme, es lo que pasó. Donde tiembla, es lo que recordé. Donde está torcida y no reconozco mi propia mano, es la otra cosa; y sobre esa todavía no sé hablar.
La grieta tenía un metro cuarenta de boca, catorce metros de caída y un olor a moneda vieja tan fuerte que Hedra mandó a todo el mundo atarse un paño a la cara antes de que yo bajara.
—Polea trabada —dijo Nael.
—Cabo doble —dijo Duro, que había perdido la pelea de la genealogía del nudo y había ganado la del cabo.
—Cinta métrica en su cinturón —dijo Teo, y me metió la cinta en el cinturón él mismo, y la apretó.
Lucan estaba en el borde con el cabo dado tres vueltas a la cintura, porque se negó a dejar que lo sujetara otro hombre.
—La regla —dije, para todos—. Un golpe: suelta más. Dos: para. Tres: súbeme ahora y no preguntes.
—¿Y si no golpeas?
—Entonces también me suben.
Me senté en el borde con las piernas dentro del agujero.
Y fue entonces cuando lo sentí por primera vez.
No el olor. No el calor.
El tiempo se volvió blando.
Mi padre tenía una piedra de vidrio bruto en el banco y un estilete que yo no podía usar.
—Córtala.
—Dijiste que no podía usarlo.
—Hoy puedes. Córtala.
Apoyé la punta y me sujetó la muñeca.
—No. Estás yendo contra —dijo mi padre.
—¿Contra qué? Es vidrio. El vidrio no tiene veta.
—Todo tiene veta, Aurelia. —Giró la piedra a la luz y señaló una línea que yo no estaba viendo y que apareció en el instante en que la señaló, como aparecen esas cosas—.
Vidrio, madera, piedra, gente. Todo tiene una dirección en la que quiere abrirse y otra en la que no.
No cortas donde quieres: encuentras por dónde la cosa ya iba a rajarse y la ayudas.
—¿Y si corto de la manera equivocada?
—Entonces te quedas con una cosa rota en vez de dos cosas enteras.
Me soltó la muñeca.
—Encuentra la veta primero. Siempre. Incluso con prisa. Sobre todo con prisa.
Bajé catorce metros en cuatro minutos y medio.
La cámara de allá abajo era más pequeña de lo que yo esperaba y más hermosa de lo que tenía derecho a encontrarla. No era una cueva: era una burbuja, redonda, de pared lisa, con el vidrio del suelo bajando en escalones hasta un centro hundido.
Y, en el centro, la veta.
Una cosa de la altura de un hombre sentado, brotando del suelo como una raíz invertida, color de ámbar viejo por dentro y transparente por fuera, pulsando despacio.
Ciento diez.
El Acro-Símbolo.
Y sabía que yo había llegado, exactamente como dijo Leo.
Apoyé el farol, me quité el paño de la cara —un error, y yo sabía que era un error— y me arrodillé delante de aquello.
Y lo primero que hice, antes de cualquier instrumento, fue buscar la veta.
Pasé cuarenta minutos con la frente a un palmo de esa cosa, girando el farol en ángulo, buscando la dirección en la que ya quería abrirse. Y la encontré: una línea finísima, casi invisible, corriendo en diagonal de la base hacia la izquierda, que solo aparecía con la luz a veintidós grados y medio.
Siempre veintidós y medio.
Golpeé el cabo una vez.
Suelta más.
Hay un olor a hoja mojada y una cosa verde tocando el agua.
Estoy riéndome. Riéndome con la boca abierta, de una manera en que yo no me río, y estoy mojada y no tengo miedo de nada.
Una piedra plana, caliente de sol, en mi espalda.
Alguien diciendo, muy cerca: «ya se echaron a perder».
No sé qué quiere decir eso.
No sé qué quiere decir eso y estoy llorando en el suelo de una burbuja de vidrio a catorce metros de profundidad, porque aquello era una cosa buena, y no tengo ningún motivo para tener una cosa buena dentro de la cabeza ahora.
—¡AURELIA!
El cabo se estaba tensando. Dos, tres veces.
Golpeé dos.
Para. Estoy aquí.
Me llevé la mano a la cara y estaba mojada, y no tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado. Miré el reloj de bolsillo de Hedra, que había traído atado a la muñeca.
Once minutos.
Once minutos que no viví.
Y yo, que mido todo, escribí en el cuaderno con la mano firme la única cosa útil que tenía:
La veta distorsiona la percepción del tiempo. Está en el cuaderno dos de mi padre, pág. 31. Lo leí cien veces y siempre lo entendí como metáfora de cansancio.
No es una metáfora. Es una especificación técnica.
El corte llevó tres horas y cuarenta minutos, y no voy a describir la técnica porque no le interesa a nadie y porque la mitad me la inventé ahí.
Lo que importa es esto: la veta no se corta con fuerza.
Apoyas la hoja en la línea en la que ya quiere abrirse, y esperas, y ella hace el resto.
En la segunda hora me quité el guante porque no conseguía sentir la resistencia a través del cuero, y a partir de ahí mi mano derecha empezó a doler de una manera que no era dolor de mano.
En la tercera hora me di cuenta de que estaba respondiendo en voz alta a preguntas que nadie había hecho.
A las tres horas y veinte, Leo gritó desde arriba.
En el borde, lo que solo supe después:
Habían sentado a Leo a tres metros de la boca de la grieta, con Hedra al lado, porque era el único a bordo capaz de oír si algo cambiaba allá abajo.
Fue idea suya. Y yo lo autoricé, y voy a cargar con eso.
Según Hedra, se pasó tres horas quieto, con el cuaderno en el regazo, anotando cada diez minutos.
Y a las tres horas y veinte soltó el lápiz y dijo, muy tranquilo:
—Se está yendo con ello.
—¿Cómo que yéndose con ello?
—Aurelia se está volviendo parecida al ruido.
Y gritó el nombre de mi hermana con una fuerza que nadie creía que ese pecho todavía tuviera.
Y entonces vino el velatorio, que no elegí recordar.
El velatorio de Pia Ilves fue un martes, en una sala prestada de la encuadernación, con quince personas y una niña de nueve años dentro de una caja de pino que la Compañía adelantó a cuenta de la nómina.
Marta me abrazó en la puerta.
Me abrazó a mí primero. Antes que a nadie. Porque yo era la compañera que también tenía un hermano enfermo, y porque, en su cabeza, yo era la única persona de esa sala que entendía.
Y me dijo, al oído:
—Tú agarra al tuyo, ¿me oyes? Agarra al tuyo con las dos manos.
Y yo dije que sí.
Y dije que sí con su frasco ya bebido, con la mejoría de Leo de tres semanas antes construida encima de aquel jueves, y abracé a esa mujer y dije que sí.
—¡AURELIA!
Volví con la hoja en la mano y el mineral suelto en el regazo.
Suelto.
Se había desprendido en algún momento de los últimos —no sé cuántos minutos, y es lo que me espanta— y estaba ahí, en mi regazo, un bloque de ámbar vivo del tamaño de dos puños, pulsando despacio contra mi vientre.
Y el corte estaba perfecto.
Superficie lisa, sin lascas, sin fractura secundaria, exactamente en la diagonal de la veta.
No me acuerdo de haberlo hecho.
Golpeé el cabo tres veces.
Vidrio. Mucho vidrio, y latón, y una mano de mujer abierta contra él por dentro.
Correas.
Alguien diciendo un número en vez de un nombre, y el número es nueve.
Y después: oscuridad, y hierro, y el sonido de una cadena golpeando madera mojada, y Lucan de rodillas.
Y después: una sala con luz de tarde y una mesa, y Leo de pie —de pie, más alto, con el cuello limpio— y una hoja de papel enorme entre sus manos.
Y una sombra cayendo sobre la hoja.
Y una voz de mujer que no conozco diciendo cinco palabras que no consigo retener, y que desaparecen en el instante en que intento anotarlas, como desaparece un sueño.
Me subieron en ciento diez segundos.
Lo sé porque Teo los contó, con la cinta métrica en la mano y el reloj en el regazo, porque fue lo único que le dieron para hacer.
Llegué al borde con el mineral apretado contra el pecho y las dos manos en carne viva, y lo primero que vi fue la cara de Lucan Corr, y después vi que tenía las manos abiertas en sangre.
El cabo le había comido las palmas en esas tres horas y cuarenta.
No lo había soltado ni una vez.
—¿Estás entera?
—Sí.
—Aurelia. ¿Estás entera?
—No lo sé —dije, y fue la respuesta honesta.
Y me sacó de ese agujero por la cintura, con las manos abiertas y sangrando, y me sostuvo de pie contra él —no un abrazo, un sostén, como se sujeta una cosa que todavía puede caerse— y yo apoyé la frente en su hombro y me quedé ahí.
Y, con la boca en mi pelo, dijo una cosa muy baja, que nadie más oyó, y que no voy a transcribir entera.
Solo la última parte, que era:
—... y yo iba a bajar detrás de ti, y no sé nada de ninguna veta, y lo iba a estropear todo, y iba a bajar igual.
Leo vino primero. Antes que Hedra, antes que todos, arrastrado del brazo por alguien y empeñado en venir.
Miró mi regazo.
Y retrocedió.
—Aurelia, eso está hablando.
—Lo sé.
—No. —Estaba blanco—. No es el ruido de antes. Antes nos estaba respondiendo. Ahora está...
—¿Está qué, Leo?
Y mi hermano de catorce años miró ese bloque de ámbar vivo pulsando en mi regazo y dijo la cosa que nos costó todo lo que vino después:
— Está llamando a alguien que no somos nosotros.
No lo entendí en el momento. Nadie lo entendió.
Estábamos agotados, y victoriosos, y sangrando, y yo tenía el mineral en el regazo y treinta horas más de vida de mi hermano de las que tenía la noche anterior, y Hedra mandó a todo el mundo a comer, y Nael abrió la última lata de conserva de Serrelago y Duro dijo que aquello era un insulto a la humanidad, y nos reímos.
Nos reímos, sentados en una roca negra en medio de una cuenca de vidrio, debajo de un cielo que no es cielo.
Nos reímos. Eso se queda.
Porque tres horas después nada de eso existía ya.
(esta página está en la letra que no es mía)
La plata sobre el agua no está lisa.
Hay una línea blanca cortándola por la mitad, y la línea está viniendo, y dentro de la línea hay una cosa que canta en hierro y no en cobre.
Mucho hierro.
Y, delante del hierro, una cosa pequeña de vidrio con una persona dentro.
Y está pidiendo perdón.
Está pidiendo perdón y no sé por qué, y no sé quién es, y lo voy a saber en tres horas, y ella va a pasarse el resto de su vida —que son nueve días— creyendo que fue culpa suya.
Fue Rask el que lo vio.
Había subido a la formación más alta de la orilla para intentar ver el Navegante Negro anclado al otro lado de la cuenca, y se quedó ahí arriba un rato largo, y después bajó demasiado despacio.
—Capitán.
—Dime.
—La señorita tiene que subir y mirar.
Subí.
Y desde lo alto de esa formación, al nordeste, detrás de la pared de roca, había una línea blanca subiendo recta en el aire quieto.
Humo.
Dos columnas. Después cuatro.
Una máquina de vapor no sube con el viento. Sube con la quema. Y en ese lugar del mundo, donde no hace viento, dibuja una línea blanca perfectamente vertical que se ve desde demasiado lejos.
No habían venido por el cañón.
Rodearon por fuera, por la costa abierta, y entraron por la boca sur de la cuenca: la que estaba en todas las cartas que yo había corregido en la mesa de Lucan la primera noche, y que yo, con el cañón en la cabeza y la extracción en la cabeza y mi hermano en la cabeza, no comprobé.
No lo comprobé.
Mi padre me enseñó dos cosas: buscar la veta antes de cortar, y comprobar el sondeo incluso cuando el primero sirve.
Y yo acababa de hacer la primera a la perfección.
Lucan llegó a mi lado en lo alto de la formación.
Miró el humo. Contó.
—Cuatro.
—Cuatro —confirmé.
—¿Cuánto tiempo?
—Dos horas y media si conocen la boca sur. Tres si no la conocen.
No dijo nada durante un rato.
Después:
—Tenemos el mineral.
—Tenemos el mineral.
—Entonces corremos.
Y yo iba a decir que sí.
Juro que iba a decirlo, y tenía la palabra formada, y tenía el bloque de ámbar apretado contra el pecho y a mi hermano vivo allá abajo y una ruta de vuelta que podía trazar con los ojos cerrados.
Fue entonces cuando la cosa en mi regazo cambió de ritmo.
Dejó de latir a ciento diez.
Empezó a latir a ciento treinta y dos —demasiado deprisa, demasiado alto, con esa irregularidad horrible de una cosa que está siendo forzada— y lo sentí a través del paño, en la piel del vientre, antes de entender qué era.
No era Leo.
Había otra persona en esa cuenca con plata refinada corriéndole por las venas.
Y venía atada a la proa de un barco de guerra.