Capítulo 18 — La pluma #2
—Entré. Y fueron los cuarenta segundos que te conté: el «no llore, hijo, no fue usted quien decidió esto», las dos cosas que pidió, todo aquello es verdad y es palabra por palabra. —Respiré hondo—. Y, cuando salí del pasillo, Vesna estaba esperando fuera. Y me preguntó qué había dicho.
—Y se lo contaste.
—Se lo conté todo.
Aurelia tenía las dos manos cerradas sobre el abrigo.
—¿Y qué hizo ella?
Y aquí está la parte que cargué cuatro años y tres meses.
—Me pidió que no lo entregara —dije.
El silencio en la isla se hizo muy grande.
— Lo dijo así, y lo memoricé porque supe en ese momento que algún día iba a tener que repetirlo: «si usted le dice a esa muchacha que su padre la liberó, ella no se va a sentir libre. Se va a sentir convocada. E irá tras ello, y morirá en esa niebla, y habrá sido usted el que la puso ahí».
—Y le creíste.
—Estuve de acuerdo con ella —dije, y la palabra salió horrible—. No es lo mismo y es peor. No me engañaron, Aurelia. Oí el argumento, me pareció bueno y lo adopté.
Ella estaba llorando sin hacer ruido, y no me quitó los ojos de encima ni una sola vez, y eso era peor que si hubiera gritado.
—Cuatro años.
—Cuatro años.
—Ustedes dos decidieron, en medio de una plaza, con mi padre todavía colgado allá atrás, lo que yo podía o no podía saber sobre mi propia vida.
—Sí.
—Y creyeron que me estaban protegiendo.
—Ella lo creía. —Le sostuve la mirada—. Yo, no lo sé.
Ya te he dicho que no lo sé. Tenía un fragmento de mapa en el bolsillo y una cobardía del tamaño de un caballo y una mujer respetable dándome permiso para no hacer lo difícil, y las tres cosas apuntaban al mismo lado, y nunca comprobé cuál de ellas me estaba sujetando.
Se quedó mucho tiempo sin hablar.
Después dijo, con una voz que yo no le había oído nunca:
—¿Sabes cuál es la peor parte?
—Dime.
—La peor parte es que ella tenía razón. —Aurelia se limpió la cara con el dorso de la mano—.
Si me hubieran dado ese recado a los diecinueve años, yo habría ido.
Ese mismo mes. Sin barco, sin mapa completo, sin la Malla entrenada, sin nada.
Habría agarrado el cuaderno tres y me habría ido, y me habría muerto en tres días dentro de esa niebla, y Leo se habría quedado solo a los diez años.
Me miró.
—Tenía razón, Lucan. Y aun así no tenía derecho.
—No lo tenía.
—Nadie tiene derecho a tener razón sobre mi vida sin preguntarme.
Y se puso de pie, y caminó hasta el borde de la roca, y se quedó de espaldas a mí con los brazos cruzados un rato largo.
La dejé.
Cuando volvió, se sentó otra vez y dijo:
—Hay más.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tienes la mano en el bolsillo interior del abrigo desde que empezaste a hablar, y no fumas, y no hay otra cosa que un hombre guarde ahí.
Casi me reí.
—Eres una persona muy difícil.
—Soy una persona muy cansada. —Alargó la mano—. Dámelo.
Lo saqué del bolsillo y lo puse en su palma.
Una pluma de dibujo. Mango de ébano gastado en el medio, donde se apoya el pulgar, con un aro de latón y la punta de acero protegida por una capucha que alguien había astillado y pegado otra vez.
Aurelia miró aquello y su cara se derrumbó.
—Es de él.
—Sí.
—¿Cómo es que tú...
—Vesna. —No conseguía mirarla—. Después. Vino a buscarme al final de la tarde, cuando la plaza ya se había vaciado, y me puso esto en la mano, y dijo: «usted le negó los instrumentos la mañana de la detención porque estaba en el procedimiento».
Aurelia se llevó la mano a la boca.
—¿Ella sabía eso?
—Se lo contó él. —Me falló la voz—. Aparentemente se lo contó a ella, en la cárcel, entre una cosa y otra: que había pedido llevarse los instrumentos y que el capitán dijo que no.
Y ella fue al taller de tu familia, y agarró su pluma, y me la entregó, y dijo: «cuando ella lo busque —y lo va a buscar—, déle esto en lugar del recado».
Aurelia tenía la pluma en las dos manos.
—Sabía que yo te iba a buscar.
—Lo sabía.
—Cuatro años antes.
—Cuatro años antes.
Se quedó girando esa pluma entre los dedos, y conozco lo suficiente a esa mujer para saber que no estaba llorando de sentimiento: estaba haciendo algo.
Después se detuvo.
—Lucan —dijo.
—Hm.
—Esto pesa.
—Es de ébano.
—Sé lo que es el ébano. —Levantó la pluma contra el cielo sin hora—. Restauro instrumentos de dibujo desde los dieciséis años. Mango de ébano con aro de latón, nueve pulgadas: setenta y dos gramos, y en eso me equivoco en menos de cinco.
Sacudió la pluma junto a la oreja.
Una vez.
Y dentro de ese mango algo hizo un sonido seco de cosa enrollada golpeando madera.
Giró el aro de latón. Estaba agarrado de cuatro años, y ella insistió, y el aro cedió.
El mango era hueco.
Y de dentro sacó una tira de papel enrollada muy apretada, del tamaño de un dedo, con la letra pequeña y apretada de Elias Sarn.
No era una coordenada. Lo vi por encima de su hombro y no era ninguna coordenada, y yo me sé esos números de memoria.
Era una sola línea.
Y, cuando la leyó, Aurelia Sarn —que acababa de saber que su padre la había liberado, que su mentora lo había escondido, que el hombre acostado a su lado había aceptado callar— hizo una cosa que no había hecho en ninguno de esos quince días.
Se puso blanca.
—¿Qué es? —pregunté.
No respondió.
—Aurelia. ¿Qué está escrito ahí?
Y giró la tira hacia mí, con la mano temblando, y había cinco palabras y un nombre.
Un nombre que yo no había oído nunca en la vida.
Y, al otro lado de la cuenca, una formación de vidrio se oscureció de la base hacia arriba y se derrumbó en polvo, en su horario exacto, como un aplauso de gente muy educada.