SANGRE Y TINTA (El pacto de las sombras nº 1) Capítulo 18 — La pluma
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Capítulo 18 — La pluma

CAPÍTULO DIECIOCHO

La pluma

La extracción sería al amanecer, y en esa isla el amanecer es una convención, porque el cielo no cambia.

Fue Hedra la que resolvió eso.

—Todo el mundo duerme a las nueve —anunció, en medio del campamento—. Nueve por mi reloj, que es el único reloj de este mundo que todavía funciona, y al que le doy cuerda todos los días a las siete porque soy una mujer seria.

—El reloj de la contramaestre atrasa cuatro minutos al día —dijo Duro.

—El reloj atrasa cuatro minutos al día a propósito.

—¿Por qué?

—Porque así, al final de la semana, gano media hora de vida.

Nadie tuvo respuesta para eso, y Duro se quedó con la cara de quien va a pasar la noche pensando.

Nos habíamos pasado el día entero montando el aparato.

Fue bueno. Hace falta decirlo: fue un buen día. Dieciséis hombres, una ingeniera, una cartógrafa y un niño de catorce años trabajando en una cosa que ninguno de nosotros entendía, con herramientas improvisadas y demasiadas opiniones.

Nael inventó un arreglo de poleas para bajar a Aurelia a la grieta y Duro dijo que aquello era cosa de Serrelago, lo que en ese contexto era un insulto, y nos pasamos cuarenta minutos probando las poleas con un saco de piedras mientras los dos discutían la genealogía del nudo.

Teo, cojeando, hizo la cosa más útil del día: midió la grieta tres veces y encontró una diferencia de medio metro entre la primera y la tercera medida.

—El agujero está creciendo, capitán.

—¿Cuánto?

—Medio metro en seis horas.

Aurelia soltó lo que estaba haciendo.

—Vuelve a medirlo.

—Ya lo he vuelto a medir. Por eso vine.

Y ella miró a ese chico —el mismo que dos días antes lloraba de rabia por no conseguir tirar de un cabo— con una cosa muy parecida al orgullo.

—Teo, ¿cuántos años tienes?

—Diecisiete.

—Acabas de hacer lo que Meridiana llama comprobación repetida y por lo que le paga treinta y un créditos a la semana a alguien.

El chico se puso rojo hasta las orejas y se pasó el resto del día cargando esa cinta métrica como si fuera una espada.

A las nueve Hedra apagó el fuego, y la isla se quedó en ese gris sin hora que hace ese cielo.

Yo me quedé despierto.

No por nervios. Por cuentas.

Y sin la botella, lo que me dejaba las manos vacías de una manera que todavía estaba aprendiendo a soportar. Veintiún años con algo entre los dedos al pensar, y ahora me quedaba ahí sentado en una piedra con las dos manos abiertas sobre las rodillas como un tipo esperando un tren.

Tenía una cosa en el bolsillo interior del abrigo desde hacía cuatro años y tres meses, y la iba a entregar esa noche, y me pasé dos horas sentado en una piedra ensayando de qué manera.

No encontré ninguna.

No existe una manera buena. Existe la manera en que lo haces y la manera en que no lo haces.

La isla se enfriaba rápido cuando el trabajo paraba. Sin sol que calentara la roca negra, el suelo devolvía el frío por la suela de la bota, y el aire se quedaba con ese sabor seco a vidrio molido que ya ni notábamos.

Apareció a mi izquierda sin que yo la oyera, cosa que nadie consigue.

—Tienes la cara de quien está haciendo cuentas.

—Las estoy haciendo.

—¿Cuentas de qué?

—De valor —dije—. Tengo una cantidad limitada y no rinde igual todos los días.

Aurelia se sentó en la piedra a mi lado.

Se había lavado el pelo esa tarde en una palangana de agua racionada, y lo llevaba suelto, lo que nunca pasa, porque trabaja con él recogido y trabaja todo el tiempo.

Se le estaba secando torcido, con un mechón caído sobre el hombro, y se lo apartaba con el dorso de la mano cada dos minutos sin darse cuenta.

Yo me daba cuenta.

Me había dado cuenta de cada una de esas veces desde las siete, lo que es una información que preferiría no tener sobre mí mismo.

—Mañana bajo a esa grieta —dijo.

—Bajas.

—Y el agujero está creciendo medio metro cada seis horas, lo que significa que la cámara puede estar en proceso de colapso, y que voy a estar dentro de una cosa que se está abriendo y cerrando al mismo tiempo.

—Significa eso.

—¿No vas a decirme que va a salir bien?

—No.

Soltó el aire.

—Gracias.

—¿Quieres que te lo diga?

—Dios, no. —Se rio, y fue una risa corta y cansada—. Si me dices que va a salir bien voy a tener que calcular la probabilidad de que estés mintiendo, y ya tengo la cabeza llena.

Nos quedamos callados un rato.

La isla hacía ese ruido suyo: las formaciones creciendo, abriéndose en abanico, oscureciéndose de la base hacia arriba y derrumbándose en polvo cada diecisiete minutos, lejos, al otro lado de la cuenca. Como un aplauso de gente muy educada, muy espaciado.

—Lucan.

—Hm.

—No quiero pensar en mañana.

Giré la cabeza.

Y me estaba mirando de una manera que yo conocía, porque ya había visto esa mirada dos veces en la vida, las dos en los últimos quince días, y las dos veces había acabado con la respiración fuera de su sitio.

—Aurelia.

—Sé lo que vas a decir.

—No lo sabes.

—Vas a preguntar si estoy segura, y yo voy a decir que sí, y tú vas a preguntar otra vez, porque es lo que haces. —Tenía la voz baja—. Y hoy quería saltarme esa parte. Una sola vez.

—No me voy a saltar esa parte.

—Lucan...

—No me voy a saltar esa parte —dije— porque esa parte es lo único en este mundo que tengo para darte que no le cuesta nada a nadie.

Y se quedó muy quieta.

Después alargó la mano, muy despacio, y se apartó el propio mechón del hombro —a propósito, esta vez, sabiendo que yo estaba mirando— y dijo:

—Pregunta, entonces.

Pregunté.

Respondió.

Y lo que pasó después fue distinto de las otras dos veces, y tardé semanas en entender por qué, y la explicación es la más simple posible:

las otras dos veces había prisa.

Esa noche no la había.

No había niebla entrando, no había flota detrás, no había un muelle en llamas ni un contrato sobre la mesa.

Había una isla de roca negra en medio de una cuenca de vidrio, y un cielo sin hora, y dieciséis hombres durmiendo a doscientos metros, y nosotros dos con la noche entera y la posibilidad concreta de que fuera la última.

Y es una cosa terrible de descubrir: que la prisa protege.

Sin prisa, tienes que mirar.

De lo que registro, registro lo siguiente, y el resto es suyo y mío:

El abrigo que estiré en la roca porque ella no iba a acostarse en la piedra, y la discusión de cuatro líneas sobre eso, que ella perdió.

La manera en que se quedó de pie delante de mí y no apartó la cara —ni una vez, ni por un segundo— y cómo eso me desarmó más que cualquier otra cosa de esa noche, porque Aurelia Sarn aparta la cara de todo.

Aparta la cara de los elogios, aparta la cara de los agradecimientos, aparta la cara del consuelo.

Y de mí no la apartó.

Su pelo suelto, que me había pasado seis horas queriendo tocar y que toqué, y el descubrimiento idiota de que es pesado —pesado de verdad, con peso de cosa material— y de que cierra los ojos cuando alguien le toca la nuca.

Mi propia voz diciendo su nombre y ella respondiendo «estoy aquí», bajo, como quien responde a una lista.

Sus manos en mi espalda, sobre cicatrices que nunca había visto, y ella deteniéndose ahí, y preguntando de dónde era cada una: en medio de todo, con la respiración acabada, ella preguntando los números, porque es lo que es.

Y yo respondiendo. Una por una. Puerto, año, motivo.

Fue lo más íntimo que pasó en esa isla y no tuvo nada que ver con la piel.

Y después: ella riéndose en la oscuridad contra mi hombro, sin ningún motivo, con el cuerpo entero, como no se ríe desde que la conozco; y yo sosteniendo aquello con las dos manos como quien sostiene agua.

Mucho después, tenía la cabeza en mi pecho y la mano abierta sobre mi esternón, y me di cuenta de que estaba contando.

—Cincuenta y uno —dijo.

—¿Qué?

—Tu corazón. Cincuenta y uno por minuto. —Bostezó—. Es absurdamente bajo. Eres un hombre muy eficiente.

—Aurelia.

—Hm.

—Estás haciendo esto porque tienes miedo de mañana.

—Sí. —Ni vaciló—. Y también porque es la única cosa que he elegido en la vida sin ningún motivo. Las dos son verdad y ya he dejado de intentar separarlas.

Me quedé mirando ese cielo sin hora un rato.

Y después hablé, porque no había ninguna otra noche después de aquella:

—Tengo que contarte lo de la plaza.

Se incorporó sobre el codo.

—¿Ahora?

—Ahora.

—Lucan, dijiste una cosa por día.

—Lo dije. Y mañana bajas a una grieta que está creciendo medio metro cada seis horas. —Me senté—. Si bajas sin saber esto, y pasa algo, me voy a pasar el resto de mi vida siendo el hombre que se calló otra vez.

Se echó el abrigo por los hombros y se sentó frente a mí.

—Habla.

LO QUE NO LE HABÍA CONTADO

—Te dije que conseguí llegar hasta tu padre en el pasillo entre el carro y el patíbulo.

—Me lo dijiste.

—No te dije cómo.

Lo había ensayado dos horas y aun así las palabras salieron en el orden equivocado.

—Llevaba tres días apartado del servicio, Aurelia. Había presentado una reclamación formal contra la orden y me habían suspendido. No tenía ninguna autoridad. No podía atravesar ese cordón ni queriendo, y quise, y lo intenté, y dos guardias que me conocían por mi nombre me empujaron hacia atrás.

—¿Y cómo pasaste?

—Una mujer pasó por delante de mí, le mostró un sello de curaduría de Meridiana al oficial del cordón y dijo que el detenido tenía derecho a asistencia de oficio antes de la ejecución. —La miré—. Y después se volvió hacia mí y dijo: «este es mi escribiente».

Aurelia no respiró.

—Vesna.

—Vesna.

—Estuvo allí desde el principio —dije—. Apoyada en el muro del lado este de la plaza, sola, con guantes negros.

Me vio intentar pasar dos veces y me vio recibir de los guardias la segunda.

Y a la tercera simplemente se acercó, lo resolvió en veinte segundos con una frase y un pedazo de latón, y me metió ahí dentro.

—¿Por qué?

—Se lo pregunté. —Me pasé la mano por la cara—. Respondió: «porque él va a querer mandar un recado, y yo no puedo ser la que lo lleve».

—Y entraste.