Capítulo 17 — El surco en la cera
CAPÍTULO DIECISIETE
El surco en la cera
El laboratorio de mi padre estaba en un pliegue de la roca, del lado opuesto a las sepulturas, y solo lo encontramos porque Leo señaló.
—Ahí.
—¿Ahí qué? No hay nada ahí.
—Hay un agujero en el ruido —dijo.
Y lo había.
Una grieta estrecha en la roca negra, de dos palmos de ancho, escondida detrás de una formación que crecía y se derrumbaba cada diecisiete minutos y que, por tanto, nadie que pasara por ahí sin paciencia vería nunca.
Duro ensanchó la boca con el pico. Le llevó una hora.
Y dentro había una cámara del tamaño de nuestro taller entero, seca, sin una gota de humedad, con cuatro años de polvo de cristal asentado en el suelo como nieve sucia.
Y todo intacto.
Un banco de campo plegable, montado. Tres lámparas de queroseno, vacías. Un alambique pequeño, de cobre, con el tubo atascado de una cosa cristalizada y blanca. Dos estanterías de armar con treinta y un frascos de vidrio numerados, todos todavía lacrados con cera.
Y, en la pared de roca, clavado con cuatro clavos de cobre, un mapa.
El mapa.
No una copia, no un esbozo: la hoja maestra, con la escala en brazas, la rosa de los vientos dibujada a mano alzada y la costa entera de la Zona Ciega trazada con una seguridad que me obligó a apoyarme en el banco.
En la esquina inferior derecha, con la letra pequeña y apretada:
Sarn, E. — levantamiento de campo, segunda travesía, 1284.
Y, debajo, cuatro firmas.
Cuatro.
Levanté el farol y leí los nombres uno por uno, y el tercero me hizo bajar el farol y quedarme un rato sin hacer nada.
I. LA DIFERENCIA
—Aurelia —dijo Lucan, detrás de mí—. Tienes que ver esto.
Estaba en la boca de la cámara.
Y la niebla estaba entrando.
No como entró en el barco: no en cortina, no en pared. Entraba por la grieta en hilos finos, despacio, y se acumulaba en el suelo de la cámara hasta la altura de la rodilla, y no subía más.
Se quedaba ahí. Quieta. Girando despacio sobre sí misma.
—Esto es distinto —dije.
—Lo es.
—Ahí fuera reacciona a nosotros. Aquí está... —Busqué la palabra y no encontré ninguna que sirviera—. Aquí está ocupada.
Leo, agarrado al brazo de Hedra en la entrada, dijo lo único útil que dijo cualquiera de nosotros en ese momento:
—Es que aquí no está inventando. Aquí está repitiendo.
Me volví tan rápido que el farol se bamboleó.
—¿Repitiendo qué?
—No sé. —Frunció el ceño, buscando—. Ahí fuera, cuando vino aquella cosa, era... era una conversación. Oía lo que yo pensaba y respondía. Esto no me está oyendo, Aurelia. Esto está tocando solo, igual que una caja de música.
—¿Tocando qué?
—Lo que pasó aquí dentro.
Y yo, que me pasé cuatro años restaurando documentos, entendí lo que estaba diciendo antes de que terminara de decirlo.
Porque es exactamente lo que hago.
Acuestas una lámina de luz casi paralela sobre una hoja y la sombra entra en los surcos, y lo que se escribió en la hoja de arriba aparece en la de abajo en bajorrelieve. El papel no recuerda nada. El papel solo fue deformado, y la deformación se queda.
La cera de un sello guarda el cuño. Una plancha de cobre guarda el grabado. La plata sensibilizada guarda la imagen.
Toda superficie que sufre presión guarda la forma de lo que la presionó.
—La magia bruta es una superficie —dije, y mi propia voz me salió rara—. Y cuatro personas estuvieron trabajando aquí dentro durante semanas.
Lucan miró la niebla del suelo.
—Me estás diciendo que esto es un surco.
—Te estoy diciendo que esto es un surco de cera con cuatro años de edad —dije—. Y que acabamos de abrir la caja.
II. LA GRABACIÓN
Empezó con una tos.
Una tos de hombre, seca, a mi izquierda, a dos pasos; y yo conozco esa tos, oí esa tos todas las mañanas de mi infancia mientras se calentaba el café, y mis piernas simplemente dejaron de sostenerme y me senté en el suelo de polvo de cristal.
—Hace demasiado frío para trabajar sin guantes, Elias.
Una voz de mujer.
Firme. Cansada. Levemente irritada.
Y esa también la conocía.
Aparecieron despacio, como una imagen en un baño de revelado: no las personas, sino el espacio que las personas habían ocupado, rellenado de plata.
Mi padre estaba de pie en el banco, inclinado sobre el alambique, con un abrigo que recuerdo haberle remendado en el codo.
Había un hombre flaco anotando en una carpeta —el de la pipa de barro, supuse, y después lo confirmé.
Había otro en el suelo, de rodillas, hurgando en un cajón.
Y, de espaldas a mí, junto a las estanterías de los treinta y un frascos, con las manos en las caderas y la postura de quien está comprobando el inventario de otro y no le gusta el resultado, estaba una mujer de pelo blanco recogido en un moño.
Se dio la vuelta.
Anteojos de tres lentes articuladas, empujados hacia la frente.
Vesna.
No grité.
No fue virtud: no grité porque mi caja torácica entera había dejado de funcionar y no había aire ahí dentro para hacer ningún ruido.
Lucan se arrodilló a mi lado sin decir nada y me puso la mano en la espalda.
—¿Es ella? —susurró.
Asentí que sí.
—Aurelia, esto es una grabación. No puede verte.
—Lo sé.
—¿Quieres salir?
Y dije que no, y mi voz salió de un lugar que no conozco, y nos quedamos los dos sentados en el suelo de esa cámara las dos horas siguientes oyendo trabajar a los muertos.
III. LO QUE DIJERON
La grabación no era continua. Venía a pedazos, fuera de orden, con los mismos tramos volviendo, como un surco demasiado hondo hace saltar la aguja.
Lo anoté todo. Setenta y una páginas en cuatro horas, con la mano mala, en el dorso de lo que quedaba de mi cuaderno de campo. Fue la única manera que encontré de seguir siendo una persona dentro de esa sala.
Lo que se puede rescatar es esto.
Primero: no habían venido por el Acro-Símbolo.
—No es un mineral, Vesna.
—Es sólido, tiene masa y puedo ponerlo en un frasco. Es un mineral.
—Puedes poner agua en un frasco y sigue siendo la marea.
Mi padre se rio al decirlo, y Vesna se rio con él, y yo no estaba preparada para que la grabación incluyera risas.
Segundo: ya sabían de la enfermedad.
—Treinta y un frascos y ninguno estabiliza. —Su voz, más cansada cada vez—. Elias, si no conseguimos fijar esto en una forma transportable, volvemos con una historia y nada más. Una historia no cura a nadie.
—Volvemos con el mapa.
—El mapa no es medicina.
—El mapa es el camino a la medicina, y es la cosa que ellos no pueden falsificar. Publicado el mapa, viene cualquiera. Cualquiera. No tengo que ser yo, no tienes que ser tú, no tiene que ser ninguna Compañía.
Tercero: pelearon por eso durante semanas.
—Tú quieres darlo gratis.
— Yo quiero quitarlo del mercado.
—No es lo mismo, y sabes que no lo es.
—Claro que no lo es. Quitarlo del mercado es mejor.
Cuarto —y aquí la aguja saltó varias veces, y oí este tramo cinco veces, y cada vez fue peor:
—Te van a matar, Elias.
—Puede ser.
—No es puede ser. Conozco a ese consejo desde hace treinta y un años, me siento en esa mesa, y te estoy diciendo lo que va a pasar, y tú me estás mirando con esa cara de quien ya ha decidido.
—Vesna...
—Tienes dos hijos.
Silencio en la grabación.
Un silencio largo. El sonido del alambique goteando. El sonido de mi padre dejando algo de metal sobre el banco.
—Sé cuántos hijos tengo.
IV. LO QUE PASÓ DESPUÉS
Los tres murieron en cuatro días.
La grabación no lo muestra. Salta: en un tramo hay cuatro personas en la cámara, y en el tramo siguiente hay dos, y el cambio en el sonido es la cosa más violenta que he oído en mi vida sin ver pasar nada.
Quemazón. Exposición sin anclaje. Primero el flaco de la pipa, después el del cajón, después el cuarto, cuyo nombre leí en el mapa y no voy a escribir aquí porque su familia vive en Marivéu y no lo sabe.
Y lo que quedó grabado de los cuatro días siguientes fue esto:
Una mujer de sesenta años, sola con un hombre agotado en una cámara de roca, arrastrando cuerpos.
Oí a Vesna arrastrar a tres hombres adultos hasta el hueco del otro lado de la isla, uno por uno, parando para respirar, maldiciendo en voz baja.
La oí pedirle a mi padre que fuera a acostarse.
La oí decirle, tres veces, en tres tramos distintos, que no estaba en condiciones de ayudar y que se iba a caer.
La oí rasgar lona de vela.
Y oí, al final, una cosa que voy a cargar hasta que me muera:
—Dobla el borde hacia abajo. —Su voz, muy débil, del otro lado de la cámara—. Así no entra la arena.
—Sé doblar lona, Elias.
—Sé que sabes.
—Entonces cállate y acuéstate.
V. LA ÚLTIMA VUELTA
El último tramo de la grabación es el más corto y es el que lo cierra todo.
Se están yendo. Se oye en los ruidos: cajones apilándose, la lona siendo estirada, el clic metálico de un instrumento al trabarse.
El teodolito.
—¿Por qué lo estás calibrando, si no vamos a volver?
—Porque alguien va a volver.
—Elias.
—Alguien va a volver, Vesna, y cuando vuelva va a necesitar un instrumento puesto a cero, porque poner a cero un teodolito en esta roca lleva dos días, y esa persona probablemente no va a tener dos días.
Pausa.
—Hablas como si supieras quién es.
—No sé quién es.
—Sí lo sabes. Tienes esa cara.
Y entonces mi padre dijo, y su voz estaba tan cansada que casi no era voz:
—Voy a publicar el mapa, y me van a ahorcar, y nadie volverá a llegar aquí nunca. Eso es lo que va a pasar. Ya hice la cuenta.
Y la curadora Vesna respondió:
—Ya has traído a alguien aquí, idiota. La trajiste hace mucho tiempo.
—¿De qué estás hablando?
—De tu hija. —Su voz no estaba enfadada. Tenía miedo—. Tiene diecinueve años, lleva seis meses en mi archivo, y la semana pasada me dijo que la cerradura del armario de instrumentos estaba desafinada.
—Vesna...
—Desafinada, Elias. Usó esa palabra. Sobre una cerradura.
Silencio.
—Ella oye el norte —dijo Vesna—. Y, el día en que alguien que no sea yo se dé cuenta de eso, esa muchacha vale más para el consejo que este mapa entero, y tú no vas a estar vivo para impedirlo.
El alambique goteó tres veces.
Y la grabación se acabó.
VI. LO QUE SUPE Y NO QUERÍA SABER
Me quedé sentada en ese suelo de polvo de cristal mucho tiempo después de que la niebla se disolviera.
Lucan no me apuró. Hedra se llevó a Leo afuera y no volvió. Alguien encendió fuego allá lejos y el olor llegó.
Y yo fui ordenando las cosas en la cabeza como ordeno todo, punto por punto, porque es la única forma que tengo de no desarmarme:
Uno. Vesna estuvo aquí. Ella es la cuarta firma.
Dos. No abandonó a mi padre. Enterró a tres hombres sola y lo cuidó hasta poder sacarlo de aquí.
Tres. Sabía de mi don cuatro años antes que cualquier otra persona, y se quedó callada.
Cuatro. Avisó a mi padre, con todas las letras, de lo que pasaría si publicaba.
Cinco. Él publicó.
Seis. Alguien lo entregó al consejo.
Y es aquí donde la cuenta se atasca, y yo le di vueltas la noche entera y sigo dándoselas.
Porque, si fue Vesna, entregó a un hombre al que había cargado a la espalda por una isla.
Y si no fue Vesna, entonces la mujer que sabía de mí desde antes de todo, que firmó mi permanencia cuando la mitad del consejo quería el apellido Sarn fuera de los registros, que apareció en mi puerta a las cuatro de la madrugada con un frasco pagado de su propio bolsillo: esa mujer se pasó cuatro años viéndome bajar esos escalones todos los días, sabiendo exactamente lo que yo era, y no me lo dijo.
Las dos versiones son traición.
Solo que una es traición por dinero, y la otra es traición por miedo: miedo de que, en el instante en que yo supiera lo que mi padre me había dejado, hiciera exactamente lo que él hizo.
Y tenía razón en tener miedo.
Porque fue exactamente eso lo que hice.
Lucan se sentó a mi lado en el suelo de polvo de cristal y no dijo nada durante un rato largo.
Después se quitó el abrigo y me lo puso en los hombros, y solo me di cuenta de que estaba temblando cuando el peso del paño detuvo el temblor.
—Estás helada —dijo.
—Estoy bien.
—Estás helada y estás bien. Las dos cosas pueden ser verdad. —Me acomodó el cuello—. Acuéstate.
—¿Qué?
—Acuéstate aquí y quédate quieta diez minutos. Nadie te necesita durante diez minutos.
Y yo, que me pasé cuatro años siendo la persona a la que todo el mundo necesitaba todo el tiempo, apoyé la cabeza en el regazo de ese hombre en el suelo de una cámara de roca donde había trabajado mi padre.
Me pasó la mano por el pelo. Una vez, y después otra, y después siguió haciéndolo sin pensar, como se hace cuando no se está intentando resolver nada.
—Ella lo cuidó —dije, al techo.
—Lo cuidó.
—Arrastró a tres hombres sola y después mandó a mi padre a acostarse.
—Lo oí.
—Y me escondió de mi propio padre. —Cerré los ojos—. ¿Cómo caben esas dos cosas en la misma mujer, Lucan?
—Caben en mí —dijo—. Caben en ti. No sé por qué no iban a caber en ella.
Abrí los ojos y lo miré de abajo hacia arriba, que es un ángulo en el que nadie queda bien, y él quedaba.
—Eso es lo más generoso y lo más irritante que me has dicho nunca.
—Tengo las dos cosas en existencias.
Nos quedamos callados otra vez.
Y, en algún lugar de esos diez minutos, me dormí: en el suelo, en su regazo, con el abrigo por encima y el mapa de mi padre clavado en la pared con cuatro clavos de cobre.
Me dejó dormir cuarenta.
Después dijo:
—¿Qué vas a hacer cuando vuelvas? —preguntó.
—No lo sé.
—Vas a buscarla.
—Sí.
—Y vas a preguntar.
—Sí.
Asintió despacio.
—Voy contigo.
—No tienes por qué.
—Sé que no tengo por qué. —Miró el mapa clavado en la pared, con las cuatro firmas—. Aurelia, hay una cosa que necesito decirte y no es hoy.
Giré la cabeza.
—Sobre la plaza.
—Sobre la plaza.
—Ya me contaste sobre la plaza.
—Te conté lo que él pidió. —Tenía la voz cuidadosa—. No te conté quién más estaba allí.
El aire de la cámara se volvió fino.
—Lucan.
—No es hoy —dijo, y se levantó, y me tendió la mano—. Acabas de enterrar a tres personas que ya estaban enterradas y de descubrir que la mujer que te crio dentro de ese archivo lo sabía todo desde el principio. Una cosa por día, señorita cartógrafa. Una cosa por día.
Le tomé la mano.
Y, al salir, me detuve delante del mapa de mi padre clavado con cuatro clavos de cobre, y leí las cuatro firmas una vez más, y me fijé en una cosa en la que no me había fijado antes.
Las tres primeras estaban a tinta.
La cuarta —la de Vesna— estaba a lápiz.
Una firma a lápiz no vale en ningún documento. No vale en un contrato, no vale en un registro, no vale en una declaración. Desaparece con una goma.
Mi mentora firmó el trabajo de la vida de mi padre con una cosa que podía borrar.
Y no la borró.