Capítulo 16 — Lo que había en el campamento #2
—Acaba de usar la palabra exacta y no lo sabe —dijo, muy bajo—.
Saber que hemos llegado. No oír. No sentir.
—Bajó la mano—. Capitán, mi hermano tiene catorce años y nunca estudió levantamiento de campo, y acaba de describir, con una precisión que yo no habría elegido mejor, la diferencia entre un instrumento y un observador.
EL CAMPAMENTO
Estaba todo ahí.
Cuatro años de intemperie en un lugar donde no hace viento y no llueve, lo que quiere decir: prácticamente intacto.
Una tienda de lona podrida caída sobre su propia armazón. Un hornillo de campaña con el queroseno evaporado. Tres cajas de madera apiladas, con la marca de Meridiana quemada a hierro en la tapa. Una mesa plegable de campo, montada, con un pisapapeles encima de nada, porque el papel se había ido.
Y, apoyado en una piedra, un teodolito.
Yo no sé nada de instrumentos de tierra. Sé lo suficiente para entender que aquello costó más que mi primer barco.
Aurelia atravesó el campamento sin hablar con nadie, directa al teodolito, y se arrodilló delante de él.
No lo tocó.
Se quedó arrodillada ahí mirando ese instrumento un tiempo larguísimo. Después alargó la mano y giró el tornillo micrométrico un cuarto de vuelta, y oyó el clic, y cerró los ojos.
—Lo dejó calibrado —dijo.
—¿Cómo?
—El teodolito está calibrado, Lucan. Puesto a cero, nivelado y trabado. —Abrió los ojos—. Nadie deja un instrumento calibrado cuando está huyendo. Lo dejas calibrado cuando piensas volver mañana por la mañana.
Se levantó y empezó a caminar por el campamento, y yo la seguí, y lo que hizo en los veinte minutos siguientes fue lo más aterrador que he visto hacer a un ser humano sin tocar nada.
—Tres personas comieron en esta mesa —dijo—. Tres marcas de jarro en la madera, tres patrones distintos de desgaste en el borde. Una de ellas era zurda.
Señaló el hornillo.
—Queroseno evaporado, no quemado. Nadie lo apagó. Lo dejaron encendido y no volvieron.
Señaló las cajas.
—Marca de Meridiana hacia arriba en las tres. Apiladas por el lado de la etiqueta. Eso es hábito de archivo, capitán. Eso es gente entrenada para guardar cosas de modo que otra persona las encuentre después.
Se detuvo en la tienda caída.
—Y esta armazón no se cayó. Fue desmontada y acostada. Las estacas están recogidas y atadas junto al paño.
Me miró.
—Alguien cerró este campamento.
Yo iba a decir algo.
Fue Rask el que gritó.
Estaba al otro lado de la isla, detrás de un pliegue de la roca, con el farol en la mano, y su grito no tuvo ninguna palabra dentro.
Corrimos.
Había un hueco en la roca negra, cubierto por un alero natural, del tamaño de un cuarto pequeño.
Alguien lo había arreglado.
Había piedras dispuestas en círculo, y restos de tela, y una lona estirada, y, al fondo del hueco, tres formas largas alineadas una al lado de la otra, cubiertas con lo que un día fue lona de vela.
Alguien había cubierto a los tres. Con cuidado. Con los bordes doblados hacia abajo.
Alguien se había quedado vivo para hacer aquello.
Aurelia levantó la primera lona.
Intenté sujetarle el brazo y ella lo retiró.
Una osamenta. Limpia, seca, entera, acostada de espaldas con las manos cruzadas sobre el pecho por mano humana. Botas de cuero todavía puestas. Y, en lo que quedaba del abrigo, un botón de latón con el cáliz y la serpiente.
—Soteria —dije.
Segunda lona. Una osamenta más pequeña. Abrigo de lana, sin insignia, con una pipa de barro en el bolsillo del pecho.
Tercera lona.
Y, en la tercera, Aurelia se detuvo con la mano en la lona y no consiguió levantarla.
La levanté yo.
Era la osamenta de un hombre alto. Y, cruzado sobre el pecho, sujeto por una correa de cuero que atravesaba las costillas, había un estuche rígido de instrumentos, de cartógrafo, con las iniciales grabadas en latón en la tapa.
E. S.
Tengo que escribir esto bien, porque fue el peor minuto de esa semana y yo estaba a un metro de ella.
No gritó.
Se arrodilló junto a la osamenta, muy despacio, y se quedó mirando esas iniciales, y dijo, en un tono perfectamente normal, casi administrativo:
—No es él —dijo.
—Aurelia...
—No es él, Lucan. Yo vi a mi padre ser ahorcado en la Plaza de los Anteojos en octubre de 1288 y enterré su cuerpo en el cementerio de Marivéu, cuadro siete, y pago la tasa de esa sepultura todos los años en enero, y este año la pagué tarde, en marzo, y la mujer del registro me regañó. —Su voz no subió un grado—. No es él.
—Entonces el estuche...
—El estuche es suyo. —Alargó la mano y tocó las iniciales con la punta de un dedo—. Esto es el estuche de mi padre, y este hombre lo llevaba puesto, y hay tres personas muertas en esta isla, y una cuarta que cubrió a las tres con lona y dobló los bordes hacia abajo.
Levantó la cabeza y me miró, y en ese instante no parecía tener veintitrés años.
—Mi padre no vino solo en la segunda travesía —dijo—. Eran cinco.
Nos quedamos los dos ahí agachados en la roca negra, con el farol entre nosotros, y yo conté con los dedos porque no conseguía hacerlo de cabeza.
Tres osamentas.
Elias Sarn, que volvió vivo y fue ahorcado cuatro años después por lo que trajo.
Y el quinto.
—Alguien volvió con él —dije.
—Alguien volvió con él —repitió—. Y se quedó callado durante cuatro años mientras mi padre era juzgado solo, condenado solo y ahorcado solo, con un acuerdo sobre la mesa en la segunda noche que pedía exactamente una cosa a cambio de su vida: los nombres de quienes lo ayudaron en la segunda travesía.
Se puso de pie. Se limpió la sangre seca del mentón con el dorso de la mano.
—Y no los dio.
No supe qué decir, y dije lo incorrecto, que es lo que hago.
—¿Crees que esa persona todavía está viva?
Aurelia Sarn miró el campamento al otro lado de la isla: la tienda caída, las cajas con la marca de Meridiana quemada a hierro en la tapa, el teodolito puesto a cero, nivelado y trabado, dejado listo para una mañana que nunca llegó.
Y dijo:
—Creo que esa persona arregló aquel campamento.
—¿Cómo dices?
—Lona estirada. Piedras en círculo. Instrumento calibrado y trabado.
Cajas apiladas con la marca hacia arriba.
—Señaló, punto por punto, como hace ella—.
Capitán, eso no es un campamento abandonado a toda prisa por alguien que huía de algo.
Eso es un campamento arreglado por alguien que tuvo tiempo, y que quiso que quedara así.
Se volvió hacia mí.
—Alguien enterró a tres personas en esta isla, dobló los bordes de la lona, apiló las cajas, calibró el teodolito de mi padre, y se fue sabiendo exactamente lo que estaba dejando atrás.
Detrás de nosotros, en el centro de la isla, la nota grave y enorme pulsaba en ciento diez.
Y Leo, sentado en la roca con el cuaderno en el regazo, había dejado de escribir y estaba mirando el hueco con una cara que no supe leer.