Capítulo 15 — El Fiador
CAPÍTULO QUINCE
El Fiador
Fue Leo quien avisó.
Yo estaba al timón con Lucan cuando oí a Hedra gritar desde abajo, y después pasos, y después mi hermano apareció en la escotilla de la enfermería agarrado al marco con las dos manos, descalzo, temblando, con los ojos enormes.
—Aurelia —dijo—. Hay otro.
—¿Otro qué?
—Otro igual a mí.
Solté el timón y armé la Malla antes de que terminara la frase.
Y vino, inmensa, atravesando millas de niebla como si fuera vidrio, y en el primer segundo no encontré nada más que lo que ya estaba ahí: el coro de cien voces, la nota grave y enorme del Acro-Símbolo a siete días de distancia, el casco cantando naranja frío debajo de nosotros.
En el segundo segundo lo encontré.
A tres millas al este-sudeste, entre nosotros y el camino a casa, había una cosa que cantaba contra el coro.
No con él. Contra.
Un punto pequeño, humano, de ámbar sucio, latiendo a ciento treinta y dos —demasiado deprisa, demasiado alto, con esa irregularidad horrible de una cosa que está siendo forzada.
Y, alrededor de ese punto, hierro.
Mucho hierro. Hierro en una cantidad que no existe en ningún barco mercante, repartido en cuatro cascos, con plancha de blindaje y cobre por encima, formados en línea de frente con la disciplina que solo se consigue cuando alguien entrena a los hombres durante meses.
—Cuatro barcos —dije—. Blindados. Tres millas.
Lucan ya tenía el timón en la mano.
—Imposible. Ninguna flota atraviesa el Miasma sin...
Y se detuvo.
Porque los dos lo entendimos al mismo tiempo, y la cubierta entera vio pasar la comprensión de una cara a otra.
Sin piloto.
Ninguna flota atraviesa el Miasma sin alguien capaz de oír ahí dentro.
Leo estaba agarrado al marco con la cara blanca.
—Tiene miedo —dijo.
—¿Quién, mi amor?
—El otro. —Su voz salió finita—. Tiene miedo y está muy cansado. No quiere estar haciendo esto.
Me arrodillé delante de mi hermano y le sujeté la cara con las dos manos.
—¿Puedes hablar con él?
—No es hablar. —Tragó—. Es que él oye lo que yo oigo, y sabe que yo también lo oigo. Es como... —Buscó—. Es como dos personas a oscuras que se dan cuenta de que hay otra persona a oscuras.
—Vale.
—Aurelia.
—Estoy aquí.
—Me está pidiendo que me quede callado —dijo Leo—. Lo repite todo el tiempo. Quédate callado, quédate callado, quédate callado. —Se le llenaron los ojos—. Creo que no quiere que me encuentren.
I. EL FIADOR
Nos alcanzaron en cuarenta minutos, lo que es imposible, y lo hicieron igual, porque un barco blindado con máquina no depende del viento y nosotros sí.
El primer casco salió de la niebla a doscientas brazas por la aleta de babor.
Después el segundo.
Después los otros dos, abriéndose en abanico, con la lentitud insoportable de quien no tiene ninguna prisa porque ya ha ganado.
Y, en el medio, vino el cuarto.
Oí enmudecer la cubierta entera.
Aquello tenía el doble del Navegante Negro. Casco negro, plancha sobre plancha, con una faja de cobre alquímico desde la línea de flotación hasta la borda, y dos chimeneas soltando humo blanco que subía recto porque no había viento en ese lugar del mundo.
En la proa, en letras de bronce, el nombre: FIADOR.
Y, en el alcázar, bajo un toldo de lona clara, había una mesa de cartas montada al aire libre.
Una mesa de trabajo. Con pisapapeles, tintero, regla paralela y una silla de respaldo alto.
Y, sentada en ella, con un abrigo de buena lana y una manta sobre las rodillas, había una muchacha tomando té.
Tomé el catalejo de Lucan.
Veinte, quizá veintidós años. Pelo rojo oscuro recogido con un prendedor que valía medio año de mi sueldo. Buen abrigo. Buenas botas.
Tenía una carta abierta sobre la mesa y anotaba al margen con la mano izquierda, sin prisa, como se trabaja cuando el trabajo va bien.
Había un hombre de levita de pie a tres pasos de ella, con una carpeta.
No la vigilaba. Estaba esperando, en la postura exacta del escribiente que aguarda a que su superior termine la línea.
Y, cuando ella dijo algo sin levantar la cabeza, él lo anotó.
Después ella tendió la mano y él le pasó la tetera.
—Está trabajando —dije.
Lucan me quitó el catalejo de la mano.
—¿Qué?
—Está trabajando, Lucan. Tiene una carta abierta, un tintero, una regla paralela y un escribiente esperando a que dicte. —Mi voz salió de muy lejos—. Yo esperaba cadenas. Me pasé la mañana entera armando en la cabeza una cosa con cadenas.
—Y así es mejor.
—Así es mucho peor.
Me miró.
—Nadie necesita encadenar a quien firmó —dije—. Y, si ella firmó, entonces en algún momento alguien se sentó delante de esa muchacha con un papel y le ofreció una cosa que quiso más de lo que quiso salir.
—Aurelia...
—Es eso lo que le van a ofrecer a mi hermano.
—Lo sé, Aurelia.
II. LA PARLAMENTACIÓN
El Fiador izó bandera blanca a las once y veinte.
—No —dijo Hedra al instante—. Capitán, no. Es una trampa.
—No es una trampa —dije.
—¿Cómo lo sabe la señorita?
—Porque no necesita una trampa. —No conseguía apartar los ojos de esa mesa de cartas—.
Su muchacha está fallando. Late a ciento treinta y dos e irregular.
Oí un corazón así una vez, en el Callejón del Vidrio, en un hombre que murió la semana siguiente.
—Me volví hacia Lucan—. Vino a negociar porque su instrumento se está rompiendo y necesita otro. Si nos hunde ahora, pierde los dos.
Lucan me miró un rato.
Después escupió en la cubierta y dijo:
—Larga la escala.
Octavian Draust subió a la cubierta del Navegante Negro a las once y cuarenta, con cuatro hombres, sin armas a la vista.
Levita negra, guantes, sin un pelo fuera de su sitio en un barco que había atravesado cinco días de niebla ácida. Se detuvo en medio de mi cubierta, miró alrededor con una curiosidad casi afectuosa e hizo una cosa que me dejó físicamente mal: pasó el dedo por la borda y se miró la punta del dedo.
—Tienes el costado comido —dijo—. ¿Cobre de Ferruvia, lote del ochenta y tres?
—Ochenta y tres —respondió Lucan.
—Buen lote. Aguanta nueve días más y después empieza a hojearse. —Se quitó el guante—. Hola, hermano.
—No me llames así.
—Es lo que eres.
—Es lo que soy cuando te resulta útil.
—Es lo que eres todo el tiempo. —Octavian sonrió—. Solo que a mí es al único al que le resulta útil.
Voy a intentar registrar bien ese diálogo, porque decidió todo lo que vino después.
—Voy a ser breve, porque la marea aquí dentro no es marea y no me gusta este lugar —dijo Octavian—.
Señorita Sarn. Usted hizo en ocho días una cosa que Argos no hizo en cuatro años con diecinueve hojas y setenta y tres muertos.
Usted atravesó el Miasma sin instrumento y sin piloto.
He venido aquí, personalmente, a decirle que estoy impresionado, y eso no lo digo dos veces por década.
—Usted tiene una piloto.
—La tengo.
—Veinte años.
—Veintiuno. Y contratada, señorita, con firma legalizada y testigos, lo que a usted le va a parecer peor.
A la gente siempre le parece peor. —No parpadeó—.
Y, antes de que usted monte el discurso, déjeme ahorrarle tiempo: sé exactamente lo que piensa de mí, y tiene razón, y eso no cambia absolutamente nada de lo que he venido a proponer.
¿Podemos saltarnos la parte moral? Cuesta tiempo y su hermano tiene dieciséis días en el mejor escenario.
Sentí a Lucan moverse detrás de mí.
—Diez —dije—. En el peor.
—Diez, entonces. Mejor todavía para mi argumento.
—¿Cuál es el argumento?
Octavian juntó las manos a la espalda.
—Usted ha descubierto el Ala Plata —dijo—.
Sé que lo ha descubierto, porque mi hermano tiene a bordo a un chico de diecisiete años que fue comprado con catorce meses de fila de dispensario, y los chicos de diecisiete años lo cuentan todo.
—Se encogió de hombros—. Así que voy a ser honesto, que siempre es más barato.
Doce camas. Cuatro años de programa. Once fracasos y una que funcionó.
—¿Tiene nombre?
—Lo tiene.
—¿Cuál?
Y, por primera vez en toda esa conversación, Octavian Draust vaciló medio segundo.
—No lo recuerdo —dijo.
No grité.
No grité, no lloré, no me abalancé. Me quedé parada con las manos abiertas a los costados y dije, muy tranquila:
—Usted recuerda el lote del cobre del casco de este barco. Ochenta y tres. Miró la borda dos segundos y dijo el año.
Octavian se quedó muy quieto.
—Usted es interesante —dijo, al fin.
—Soy una persona que comprueba sondeos.
—Mi propuesta.
Sacó un papel doblado del bolsillo del pecho y no lo abrió.
—Su hermano tiene la marcación más alta que este programa ha registrado nunca —dijo Octavian—. Lo sabemos desde marzo, cuando el cobrador Halm hizo la medición en su taller y la ramificación supraclavicular dio nueve décimos. Nueve décimos, señorita. La muchacha de mi proa dio seis.
—Usted mandó a Halm.
—Mandé a Halm hace siete meses y volvió diciendo que el material estaba en estadio tres y no valía el traslado. —Octavian suspiró—. Se equivocó. Fue el error más caro de su carrera y ya se le ha informado de ello.
—Usted habla de mi hermano como material.
—Hablo de su hermano como la única persona viva que puede hacer lo que hace esa muchacha en mi alcázar, y él puede hacerlo mejor, y puede hacerlo por voluntad propia, porque quiere. —Octavian ladeó la cabeza—. Usted lo vio encima de la borda. ¿No lo vio?
No respondí.
—Vi el informe del chico de diecisiete años —dijo—. Once minutos. Venas encendidas. Sonriendo.
—El acuerdo es este, y es el último que ofrezco, y es bueno.
Por fin abrió el papel.
—El Ala Plata para su hermano, empezando hoy, a bordo del Fiador, con mis dos médicos —dijo—. No es la promesa de Valmora: es ahora, a esta hora, con el material que tengo en ese barco. Eso le compra entre nueve y catorce meses y usted sabe que es verdad porque ya ha hecho esa cuenta.
—¿Y a cambio?
—A cambio él trabaja. —Sin ninguna vacilación—. Cuatro horas al día, por contrato, con usted a su lado todo el tiempo y con derecho a interrumpir cuando quiera. Y usted navega. Los dos. Hermanos. Contrato de veinte años, laboratorio propio, los cuadernos de su padre devueltos el primer día.
—¿Y la fuente?