SANGRE Y TINTA (El pacto de las sombras nº 1) Capítulo 14 — El cuaderno de Leo #2
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Capítulo 14 — El cuaderno de Leo #2

No sale en 10 días. Si sale en 16 tengo suerte, y nadie navega con suerte, lo dijiste tú misma. Vira el barco, entrega la carga que queda, paga a los hombres y déjame en Valmora con la contención que tenemos. Duraré lo que dure. No me voy a quejar ni una vez, te lo prometo, nunca me he quejado.

Tú lo hiciste todo. Nadie ha hecho nunca tanto por nadie. Quiero que sepas que yo lo vi todo.

Solo no dejes que más gente pague por mí.

Leo.

(P. D. Si eres terca y sigues adelante, lo entiendo. Pero entonces quiero por lo menos ver la fuente antes. No me dejes dormido en ese momento. Es lo único que voy a repetir.)

Lloré en el suelo de esa enfermería con la mano en la boca no sé cuánto tiempo.

No sé cuánto tiempo. Sé que en algún momento la puerta se abrió detrás de mí y no se cerró.

Lucan no dijo nada. No preguntó qué era, no pidió verlo, no me levantó del suelo; y ya conozco a ese hombre lo suficiente para saber cuánto le costó eso, porque su instinto es resolver.

Se sentó en el suelo de la enfermería, de espaldas al mamparo, y dejó el hombro apoyado en el mío.

Y se quedó.

En algún momento le pasé el cuaderno al regazo sin hablar. Leyó dos páginas, y en la tercera le vi trabarse la mandíbula, y cerró el cuaderno y me lo devolvió.

—Contó a Ivar —dijo.

—Sí.

—Ni sabía el nombre completo del hombre. Se apuntó preguntarlo después.

—Lo sé.

Lucan se pasó la mano por la cara.

—Yo tenía diecisiete años cuando empecé a hacer listas de esas —dijo, a la pared—. De lo que les costaba a los demás. Lo dejé a los veintidós.

—¿Por qué?

—Porque la lista se hizo larga y descubrí que se podía no sumar.

Giró la cabeza y me miró.

—Tu hermano no va a descubrir eso, Aurelia. Va a sumar hasta el final. Es lo que es.

Y fue entonces cuando lloré de verdad, y no sola, y su mano se cerró en mi nuca y se quedó ahí.

Y cuando levanté la cara, Leo estaba despierto.

Mirándonos a los dos. Con el cuaderno abierto en mi regazo.

Y mi hermano de catorce años, muriéndose, dijo:

—No deberías haberlo leído antes de que lo terminara.

III. LA CONVERSACIÓN

Podría haber dicho muchas cosas.

Podría haber dicho tú vales, y habría sido verdad y habría sido inútil, porque es lo que se le dice a un niño y él dejó de ser niño en algún momento entre el Callejón del Vidrio y ese camastro.

Podría haber mentido sobre los números. Se habría dado cuenta. Él comprueba.

Podría haber llorado más, lo que habría sido barato, porque la lágrima de una hermana mayor es una forma de coacción y yo lo sé.

Así que hice lo único que me quedaba, que era lo que nadie había hecho por él en cuatro años.

Arrimé el cajón y me senté junto al camastro, con su cuaderno abierto entre los dos.

—Está bien —dije.

—¿Qué?

—Tu cálculo. Está bien. —Golpeé la página con el dedo—.

Diez días en el peor caso, dieciséis de media, siete de ida, y no computaste la extracción ni la síntesis porque no tienes los números.

Si los tuvieras, sería peor. La extracción la estimo en un día.

La síntesis, dos, si todo sale bien, y nunca sale.

Se quedó mirándome.

—¿Me estás dando la razón?

—Te estoy comprobando. —Tomé el lápiz—. Tú eres el cartógrafo aquí. No voy a tratarte como a un paciente. Si lo anotaste, lo mediste. Vamos a revisarlo juntos.

Y lo revisamos.

Pasamos una hora, él y yo, en esa enfermería, con los dos cuadernos abiertos, rehaciendo la cuenta de su vida.

Le di todo lo que yo tenía y él no: la velocidad real del casco con la vía de agua, la variación del crujido en los últimos tres días, lo que Hedra me dijo en privado y no le dijo a él, la distancia corregida con la Malla nueva, el consumo de contención, los veintiséis cajones.

Todo. Sin ahorrarle nada. Sin redondear hacia abajo.

Fue lo más difícil que he hecho nunca y no tuvo nada de heroico: consistió en quedarme sentada en un cajón pasándole a un niño enfermo los números que lo estaban matando, sin llorar, porque él lo había pedido de la forma correcta y merecía que se le respondiera de la forma correcta.

Al final soltó el lápiz.

—Sigue sin salir —dijo.

—Sigue sin salir.

—Entonces tengo razón.

—Tienes razón en la cuenta. —Cerré el cuaderno—. Ahora te voy a decir la parte que no es cuenta, y vas a tener que aguantarla, porque yo aguanté la tuya.

—Vale.

—Yo no soy una persona de fiar en este asunto —dije.

Frunció el ceño.

—¿Cómo que no?

—Leo, yo dejé morir a una niña de nueve años por ti.

El silencio en la enfermería se hizo muy grande.

—Se llamaba Pia Ilves. Su madre bajó en mi turno y me pidió un frasco prestado, y yo tenía dos, y le dije que no tenía ninguno.

—Mi voz estaba perfectamente firme, y odié que lo estuviera—.

Murió veintidós días después. Fui al velatorio.

Y el frasco que me guardé fue el que te bebiste el jueves siguiente y que te hizo mejorar.

Se le fue poniendo la cara blanca.

—Aurelia...

—Te estoy contando esto porque mereces saber con quién estás negociando.

—Lo miré—. Me estás pidiendo que haga el cálculo justo.

No soy capaz. Ya he demostrado que no lo soy.

Me pides que te ponga en un platillo de la balanza y a dieciocho hombres en el otro y que decida con honestidad, y te voy a decir con toda la honestidad que tengo: no puedo.

Tú no eres un número en una cuenta para mí. Nunca lo vas a ser.

Estaba llorando.

—Así que esto no es decisión mía y no es decisión tuya —dije—. Por eso voy a hacer una cosa que no he hecho nunca en mi vida, y es esta: voy a quitar la mano.

Subí a cubierta y Lucan me estaba esperando en lo alto de la escalera, y ya lo sabía, porque Hedra se lo había contado.

—Lo vas a poner a votación —dijo.

—Sí.

—No hace falta. —Tenía las manos en la borda—. Yo soy el capitán. Yo decido, yo lo anuncio, y tú te quedas siendo la hermana que quiso salvar a su hermano, que es lo único que cualquiera en este barco esperaba de ti.

—¿Y tú te quedas siendo qué?

—El tipo que metió a dieciocho hombres en una niebla. —Se encogió de hombros—. Ya lo soy. No cuesta nada más.

Me quedé mirándolo.

—Me estás ofreciendo cargar con esto.

—Sí.

—¿Por qué?

Y tardó tanto en responder que casi dejé de esperar.

—Porque me pasé cuatro años creyendo que la cosa más generosa que puede hacer un hombre es pagar la cuenta de otra persona —dijo—. Y, si me dejas, yo pago esta.

Le llevé la mano a la cara. Cerró los ojos.

—No —dije.

—Aurelia...

—No, y te voy a explicar por qué, porque te lo mereces.

—Yo tenía el pulgar en la cicatriz de su ceja—.

Si tú decides, ellos obedecen. Te siguieron a una niebla que se come el cobre, te van a seguir en esto.

Y entonces no es su decisión, es obediencia, y la obediencia no vale nada cuando llega la cuenta.

—¿Y si viran el barco?

—Entonces tendré que aguantarlo. —Me falló la voz—. Pero lo aguantaré sabiendo que nadie murió por orden de nadie.

Abrió los ojos.

E hizo una cosa que yo no esperaba en esa cubierta, delante de quien quisiera mirar: me apartó la mano de su cara, la giró y apoyó la boca en la palma, justo encima del corte del remo, que todavía no se había cerrado.

—Reúne a los hombres —dijo—. Yo me quedo detrás de ti.

Reuní a todo el mundo.

Dieciocho hombres, Hedra, Rask, Teo con la pierna abierta, Lucan al timón.

Y lo conté todo.