SANGRE Y TINTA (El pacto de las sombras nº 1) Capítulo 14 — El cuaderno de Leo
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Capítulo 14 — El cuaderno de Leo

CAPÍTULO CATORCE

El cuaderno de Leo

Se lo conté todo a Lucan a las seis de la mañana, con la hoja del diario de a bordo entre los dos sobre la mesa.

Leyó sus tres líneas. Después leyó la cuarta, la que no era suya.

Y se quedó mucho tiempo callado.

—Rask lleva seis años conmigo —dijo, al fin.

—Lo sé.

—Cargó con mi cuerpo doscientos metros en Oravel del Sur cuando me clavaron un cuchillo, y no pidió nada por ello, y no volvió a mencionarlo nunca.

—Lo sé, Lucan.

—Ya sé que lo sabes. —Golpeó la mesa una vez con la mano abierta, y no fue contra mí—. Lo estoy diciendo en voz alta porque, si no lo digo en voz alta, voy a hacer la idiotez que iba a hacer, que es bajar ahí y meter a ese hombre en una pared sin oírle una palabra.

Fue lo más adulto que le he visto hacer a un hombre.

—Hay otra cosa —dije—. Y es peor.

—¿Peor que esto?

—La puerta estaba abierta anoche. Un palmo. Cuando me desperté.

Levantó la cabeza despacio.

—Y había alguien en el pasillo —continué—. No lo vi. Lo oí. Una hebilla grande de latón, cuatro metros, dos segundos, y después se fue en dirección a la proa.

—Latón.

—Latón. —Agarré el borde de la mesa—. Capitán, Rask usa cinturón de cuero con hebilla de hierro. Oigo llegar a ese hombre desde el primer día.

Su cara cambió de color.

—Entonces son dos.

—Son dos. Y no son de la misma Compañía. —Le empujé la hoja—. El estaño es Argos. Una hebilla grande de latón es guardia contratado de Soteria. Me pasé cuatro años oyendo esos dos metales en las esquinas de Valmora y no me equivocaría en eso ni muerta.

I. LO QUE DIJO RASK

La bodega dos era caliente y oscura y olía a vidrio, a paja mojada y a cobre. Hacía calor ahí abajo —calor de bodega cerrada, del que te pega la camisa a la espalda en tres minutos— y Rask estaba sudando antes de cualquier pregunta.

No negó nada.

Fue lo primero que me desarmó: yo me había preparado para una mentira, y el hombre se sentó en el cajón que le señaló Lucan, puso las manos abiertas sobre las rodillas y dijo:

—Es verdad, capitán.

Y después, a mí:

—¿Por dónde quiere la señorita que empiece?

—Por el principio.

—El principio es mi hermana.

Rask tiene cuarenta y un años y una hermana de treinta y seis llamada Enna, y Enna tiene Saturnismo desde los veintinueve. Estadio dos. Él le mandaba dinero desde hacía doce años.

En marzo, un hombre buscó a Rask en una taberna del Muelle Once y le explicó, con mucha educación, que el crédito de Enna había sido reclasificado, y que la trasladarían a Puerto Bajo en custodia terapéutica, y que eso era automático y no era decisión de nadie.

Y después le explicó que había una alternativa.

—¿Qué pidieron? —dije.

—Ojos —dijo Rask—. Solo ojos. No debía estorbar nada, no debía hacerle daño a nadie, no debía tocar la carga. Solo informar. —Se miró las manos—. Y, cuando el capitán aceptara el viaje, garantizar que la señorita llegara viva al punto.

—¿Y después?

—Después es problema de ellos. Eso fue lo que me dijeron. —Levantó los ojos—. Y no pregunté qué era el «después», señorita, y llevo pensando en eso todos los días desde entonces.

Lucan estaba de pie, apoyado en el mamparo, con los brazos cruzados y la mandíbula trabada.

—Los dos cajones —dijo.

—Esos fui yo, capitán, y no fue para ellos. —Por primera vez a Rask le falló la voz—. Fue para pagar la salida de Enna de Valmora antes de que vinieran a buscarla. Usted había autorizado uno. Yo saqué dos.

—Sacaste dos y me dejaste anotar uno.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque uno no alcanzaba —dijo, simple—. Y porque creí que usted me lo iba a permitir, y no quise darle la ocasión de tener que decidirlo.

Lucan cerró los ojos.

Y vi, ahí, a ese hombre enorme hacer una cosa que voy a recordar siempre: se tragó la furia entera, respiró una vez y dijo:

—Tenías razón. Te lo habría permitido.

Pero no fue Rask el del pasillo.

Lo juró, y yo le creí; no por su cara, sino por el metal. Cinturón de cuero con hebilla de hierro. Oigo a ese hombre desde el primer día y oí lo que oí.

—Entonces hay gente de Soteria en este barco —dijo Lucan.

—La hay.

—Dieciocho hombres. A dieciséis de ellos los conozco desde hace más de dos años.

Y fue entonces cuando me acordé de una cosa tonta, y se me hundió el estómago.

Teo, dos días antes, cojeando de un lado a otro de la cubierta con la barra de hierro en la mano, repitiendo mis golpes hacia la proa. Trabajando con una pierna abierta que debería haber estado inmovilizada.

Y su cinturón, cuando pasó por mi lado.

Hebilla grande. De latón.

Tenía diecisiete años.

II. EL CUADERNO

Bajé a la enfermería porque no tenía valor para subir a cubierta en ese minuto, y porque necesitaba ver a mi hermano respirando.

Estaba dormido. Pulso en ciento seis.

Me agaché a arreglarle la manta y le apoyé el dorso de la mano en la frente sin pensar, como se hace con un niño.

Helada. La frente, las mejillas, las manos. Tenía ciento veintiséis de pulso y la piel fría como piedra de río, y Hedra ya me había explicado por qué, y yo todavía no me había acostumbrado.

Y, caído en el suelo junto al camastro, medio debajo, había un cuaderno.

No era el cuaderno tres. No era ninguno de los de mi padre.

Era un cuadernillo de bitácora pequeño, de esos que se compran por medio crédito, con la tapa de cartón gastada en las esquinas, y en la primera página, con la letra apretada que heredó de un hombre al que apenas conoció:

L. SARN — CUADERNO DE CAMPO N.º 1

Zona Ciega. Iniciado a bordo del Navegante Negro.

Me senté en el suelo de la enfermería.

Y leí entero el cuaderno de mi hermano de catorce años.

Las primeras páginas eran observación.

Buena observación. Rigurosa. Había empezado el primer día de mar, con una tabla de tres columnas —hora / lo que veo / lo que oigo— y la había rellenado religiosamente, dos veces al día, incluso los días en que la letra bajaba por la página como quien escribe acostado.

Día 2, mañana. La niebla entra por el imbornal y vuelve a salir. No es viento. Parece que respira, pero a un ritmo más lento que la gente. Conté: 4 por minuto. (Anotar otra vez mañana p/ comprobar si siempre son 4.)

Día 3, tarde. Hedra dice que no escriba cuando estoy cansado. Escribí igual. Si no lo anoto, no lo medí. Si no lo medí, me lo inventé.

Ahí tuve que dejar de leer un minuto.

Día 4. Hoy lo oí. No sé escribir cómo fue. Una nota larga abajo y tres cortas encima. Aurelia dice que es magnetismo. Yo creo que está siendo científica conmigo porque estoy enfermo. (No importa. Es su manera.)

Día 5. La nota larga cambia cuando respiro. Lo probé 11 veces: aguanto el aire, la nota baja. Lo suelto, la nota sube. 11 de 11. Eso no es casualidad.

Once de once.

Había hecho una prueba repetida. Solo. Acostado en un camastro de lona, con el corazón cristalizando, mi hermano de catorce años repitió el ensayo once veces antes de creerse a sí mismo.

Mi padre habría llorado.

Y entonces, de la mitad hacia el final, el cuaderno cambiaba.

Las columnas seguían. Pero, en el margen izquierdo, empezaba un segundo recuento, hecho a lápiz, con trazos verticales agrupados de cinco en cinco, como se cuenta el ganado.

Y pasé cuatro páginas sin entender qué estaba contando aquello.

Hasta la página con el título.

COSTE

Ivar — 1 hombre. (No sé su nombre completo. Preguntarle a Hedra.) — murió el día 6, banco de arena. Motivo: la cosa vino detrás de la plata. La mayor plata del barco soy yo.

Teo — 1 pierna. Va a cojear. Se llevó una astilla en la fuga de la barra. La barra se forzó por mi culpa.

11 cajones — 440 ampollas. El capitán las tiró al mar p/ quitar la cosa de encima de la enfermería. La enfermería soy yo.

2 cajones — se los llevó Rask. No sé p/ qué. Anotar después.

1 cajón — se rompió en cubierta.

Días de Aurelia: 8 hasta ahora. No duerme. Conté 3 noches en las que no se acostó.

Alquiler: perdido. No podemos volver al Callejón del Vidrio.

Anillo de mamá: se lo dio a un hombre en el muelle. Cree que yo no lo sé.

Leí esa lista sentada en el suelo, con el farol temblándome en la mano.

Había hecho el inventario. Punto por punto. Con la misma disciplina con que anotaba la niebla. Y en la última línea, debajo de todo, con la letra más pequeña, casi borrada:

Total: sigue subiendo.

La penúltima página tenía la fecha del día anterior.

Día 8. Le pregunté a Hedra cuánto tiempo tengo. Dijo que no es así como funciona. Eso quiere decir poco.

Hice la cuenta con lo que sé: el estadio 4 da de 18 a 30 días. Ya pasaron 8. Si soy la media, quedan 16. Si soy el peor caso, quedan 10. El crujido subió medio tono el día 7, así que creo que soy el peor caso.

La fuente está a 7 días. Después hay que extraer, sintetizar y volver. No sale en 10.

Lo rehíce 4 veces. No sale.

Y entonces, la última página.

Había escrito arriba, y subrayado:

PARA AURELIA — si encuentras esto antes de que yo tenga valor.

No voy a transcribirlo todo.

Voy a transcribir lo que hay que transcribir, y el resto se queda conmigo, igual que se quedó la noche del camarote.

Aurelia:

Yo hice las cuentas y tú también las hiciste, y sé que las hiciste porque las haces siempre, y sé que mentiste al decirme el resultado, porque miras para el costado.

No da tiempo. Sabes que no da.

Y quería decirte una cosa que no consigo decir en voz alta porque tú lloras y entonces yo lloro y entonces no sale.

No tengo miedo de morir. Tengo miedo de costar.

Ya ha muerto un hombre. Teo va a cojear hasta viejo. El capitán tiró el dinero de dieciocho personas. Tú no duermes desde hace tres noches y vendiste el anillo de mamá y ya no tenemos casa.

Y yo estoy aquí tumbado oyendo pasar todo eso por encima de mi cabeza, y ni siquiera puedo cargar un cubo.

No quiero ser la cuenta que no cuadra.

Así que voy a pedirte una cosa y te la voy a pedir de la forma correcta, con los números, como enseñaba papá, para que no puedas decir que estoy siendo dramático:

Vira el barco.