Capítulo 13 — Los términos #3
—Me he pasado siete días decidiendo —dije, y me temblaba la voz, y la dejé temblar—.
Decidí adónde iba este barco, cuántas brazas, cuántos cajones, quién sube y quién baja, si mi hermano se queda en la borda o no.
Llevo decidiendo desde los diecinueve años.
Llevo decidiendo desde antes de eso. Y te lo estoy pidiendo, con la cabeza sana, y sabiendo exactamente lo que estoy pidiendo: hoy no quiero decidir nada.
No se movió.
—Es una petición peligrosa.
—Sé lo que es. —Levanté el mentón—. Por eso vine a negociar en vez de venir a lanzarme sin más. Quiero una cláusula, capitán. Quiero términos, dictados por mí, ahora, contigo de pie a tres metros y mi mano en la puerta, y una vez dichos no los repito y tú no preguntas nada más.
Lucan Corr tragó saliva.
—Dicta.
Y dicté.
Dicté en voz alta, en medio de ese camarote, con el corazón latiéndome en algún lugar de la garganta y la cara ardiendo, como se lee un contrato: cláusula por cláusula, sin prisa, mirándolo a la cara.
Lo que podía. Lo que no podía. Dónde no tocaba. La palabra —una sola palabra, corta, ridícula, una palabra de navegación— que si yo la decía lo detenía todo en el mismo instante, sin discusión, sin preguntas y sin rencor.
Él me repitió la palabra.
Después la repitió otra vez, y dijo que si algún día no la escuchaba yo tenía derecho a hacer con él lo que quisiera, y yo dije que no sería necesario, y él dijo que sí era necesario, y que eso no estaba en discusión.
Y me quedé callada, porque el hombre acababa de añadir una cláusula a mi favor en medio de una negociación en la que yo ya lo había entregado todo.
—¿Algo más? —preguntó.
—No.
—Entonces repite la última.
—No voy a...
—Repite la última, Aurelia.
La repetí.
Y él cruzó el camarote.
De lo que pasó después, registro lo siguiente, y es todo lo que necesita quedar registrado.
La puerta en mi espalda. Su mano un palmo por encima de mi cabeza, apoyada en la madera, cerrando el mundo hasta el tamaño de treinta centímetros.
Y el descubrimiento inmediato, escandaloso, de que yo no tenía que hacer absolutamente nada —de que por primera vez en cuatro años no era responsable de nada de lo que fuera a pasar en los minutos siguientes— y de que mi cuerpo lo entendió mucho antes que mi cabeza y reaccionó como quien llega a casa.
Su voz en mi oído, baja, diciendo lo que iba a hacer antes de hacerlo. No preguntando. Avisando. Y el intervalo entre el aviso y la cosa —siempre un intervalo, siempre un poco demasiado largo, siempre exactamente demasiado largo— que era el lugar donde yo me moría poco a poco.
El peso. Yo no sabía lo que el peso hacía conmigo. Nadie me avisó.
Mis muñecas, que yo ofrecí, y que él sujetó no con fuerza, sino con decisión, que es una cosa completamente distinta e infinitamente peor.
Mi Malla, que ni siquiera intenté armar, y la percepción, en medio de todo, de que la retícula se había soltado sola y se había quedado así, y de que el mundo entero, sin norte, sin regla, sin coordenada, sin una sola medida en ninguna dirección, seguía perfectamente seguro, porque había un hombre organizando el caos por mí.
Y, al final de todo, mucho después, cuando yo ya no sabía en qué parte del camarote estábamos ni qué hora era, su voz —ronca, casi acabada— diciendo mi nombre contra mi cuello.
No como pregunta.
Esta vez, como si me estuviera llamando desde lejos.
Y yo respondí desde lejos.
Mucho después, a oscuras, con la cara en su pecho y nuestras dos respiraciones volviendo despacio al mismo compás, dije:
—Mañana te lo cuento.
—Lo sé.
—Es malo.
—Sé que es malo. —Me pasó la mano por el pelo—. Entraste aquí con cara de haber visto un fantasma de verdad, y no de esos que fabrica la niebla.
—Y no preguntaste.
—Dijiste que hoy no.
Y fue eso —no las muñecas, no la puerta, no el peso, nada de aquello—, fue eso lo que me abrió en dos y me hizo llorar sobre el pecho de un hombre a las tres de la mañana: un tipo que se pasó veintiún años cobrando por todo, que esa misma noche había garabateado el precio de una casa alquímica en un cuaderno con la mano apretada de codicia, y que se quedó seis horas con una información peligrosa a tres centímetros de su boca, y no alargó la mano.
Porque yo había dicho que hoy no.
Me desperté antes que él.
El camarote estaba oscuro y la lámpara se había apagado sola, y me quedé un rato ahí, oyendo cantar el casco naranja frío y su corazón latiendo bajo mi oreja a cincuenta y dos.
Me levanté despacio. Agarré su camisa del suelo porque estaba más cerca.
Y, cuando me volví a buscar mi propia ropa, lo vi.
La puerta del camarote estaba abierta un palmo.
La habíamos cerrado —me acuerdo de la madera en mi espalda, me acuerdo del chasquido del pestillo, tengo memoria táctil de aquello, y mi memoria táctil es lo único en esta vida en lo que confío por entero.
Estaba abierta un palmo.
Y, en el pasillo oscuro, a la altura de un hombre de pie, había una cosa que mi Malla captó antes de que mis ojos la entendieran: una hebilla grande de latón, quieta, parada, cantando fino y sucio a cuatro metros de distancia.
Se quedó ahí dos segundos.
Después se giró y se fue, sin ninguna prisa, en dirección a la proa.