Capítulo 8 — El animal y el hombre #2
Y, cuando la última se hundió, Aurelia tenía las dos manos en la borda y los ojos mojados, y no era miedo.
—¿Qué pasa?
—Tengo veintitrés años —dijo— y nunca había visto nada más grande que un edificio.
La luna de esa noche era de tres cuartos y salió tarde, color de hueso, y el mar se puso de ese negro lustroso que solo existe cuando no hay viento alguno.
Fue la última noche de luna que vimos en nueve días.
Ahí dentro no hay luna.
Antes de entrar, hicieron fila.
Eso no me lo esperaba. La pared plateada estaba a media milla, alta como un continente, y diecinueve hombres que se habían pasado toda la mañana insultándose formaron una fila silenciosa en el castillo de proa como si estuvieran esperando la comunión.
—Es el Rito —dijo Hedra, a mi lado, con un desprecio que no engañó a nadie—. No me mire así. Yo no creo nada de eso.
—Usted está en la fila.
—Yo estoy cerca de la fila.
El primero fue Duro, el de Marivéu. Sacó del bolsillo un pote de pintura roja y pintó un ojo abierto en la madera de la borda, del lado derecho de la proa. Solo uno. Se hizo la señal de la cruz al revés, escupió en la palma y apoyó la palma en el ojo.
—Cada ensenada tiene su santo —explicó, al verme mirar—. Aquí no hay ensenada, así que no hay santo, así que pintamos el ojo y que lo resuelva el santo que esté pasando.
—¿Y si no pasa ninguno?
—Entonces nos quejamos después.
El de Serrelago —se llamaba Nael y peleaba con Duro por oficio— encendió un farolillo de papel y lo soltó por encima de la borda. Subió tres metros, se empapó y cayó al agua.
—Todos los años en Serrelago los soltamos por los ahogados —dijo, mirando hundirse el farolillo—. Dos veces al año. Una en invierno por los que murieron, y una en verano por los que todavía van a morir.
—Eso es horrible.
—Es práctico. —Se encogió de hombros—. Adelanta trabajo.
Rask fue el penúltimo. Sacó del bolsillo un trozo de ámbar del tamaño de una uña, con un insecto dentro, y apretó el pulgar encima hasta que quedó la marca.
—Oravel —dijo—. Allá, un contrato solo vale si aprietas el pulgar en cera caliente. Decimos que el papel olvida y el pulgar no.
—¿Y el ámbar?
—El ámbar es para acordarse de que hay cosas que quedan atrapadas mucho tiempo. —Lo guardó—. Y no sirve de nada, señorita. Es solo lo que hacemos.
Fue Teo el que lo rompió.
Llegó el último, miró la fila, miró la niebla y dijo, altísimo:
—Yo soy de Valmora, gente. Yo no tengo ningún ritual.
—Entonces invéntate uno —dijo Hedra.
—¿Ahora?
—Ahora.
El chico lo pensó tres segundos, se quitó la bota izquierda, la puso boca abajo, la golpeó dos veces contra la cubierta y se la volvió a calzar.
—Listo.
—¿Y eso qué fue? —preguntó Duro.
—Yo qué sé. Si volvemos vivos, es tradición.
Y la cubierta entera se rio. Se rio fuerte, de verdad, con ese alivio tonto que solo existe cinco minutos antes de una cosa terrible, y Duro le dio un manotazo en la nuca a Teo, y Hedra dijo una obscenidad excelente sobre botas, y yo me descubrí riéndome también con la mano en la boca.
Fue la última vez que esa cubierta se rio en muchos días.
Y estoy muy agradecida por haber estado ahí.
Lo primero que quita el Miasma no es la vista.
Es la certeza de que existe un lado de fuera.
Entró la proa, y después el palo mayor, y después nosotros, y en menos de un minuto ya no había Valmora detrás, ni barra, ni sol, ni línea de horizonte en ninguna dirección. Solo una esfera plateada de unas cuarenta brazas de radio con el Navegante Negro exactamente en el medio.
Y la esfera acompañaba al barco. Por más que anduviéramos, seguíamos en el centro.
El mundo tenía el tamaño de la cubierta y nada más.
—Brújula —dijo Lucan.
Rask trajo la de bitácora, latón macizo con suspensión cardán.
La aguja estaba girando. No oscilando: girando, tres vueltas por minuto, en el sentido de las agujas del reloj, con una regularidad obscena de cosa que funciona muy bien para otra finalidad.
—Treinta y un grados y medio —dije—. Oeste-noroeste.
—No has mirado.
—No necesito mirar, capitán. Está cantando.
Y cantaba. Dios del cielo, cómo cantaba.
Aquí dentro el magnetismo no es una nota.
Es un coro. Sesenta, ochenta, cien voces apiladas en intervalos que no existen en ningún instrumento humano, y todas afinadas entre sí de una manera que no sé describir salvo así: era hermoso.
Era lo más hermoso que había oído en mi vida, y yo tenía las manos temblando, porque una belleza de ese tamaño no es para la gente.
Cerré los ojos y armé la Malla.
Coordenada de entrada. Rumbo. Deriva estimada. Una retícula de diez por diez sobre la esfera plateada, con el barco en el cruce central.
Anota, Aurelia. Si no lo anotaste, no lo mediste.
La retícula cerró. El coro retrocedió detrás de una pared.
—Está armada. Rumbo treinta y uno y medio. Podemos andar.
Lucan me miró de una manera muy extraña.
—Estás llorando.
Me llevé la mano a la cara.
Lo estaba.
LUCAN
La brújula se derritió a las nueve y cuarenta.
No es una forma de hablar. El latón de la bitácora empezó a sudar —a escurrirse, primero en las esquinas, después en el aro— y en seis minutos aquello era un charco dorado con un vidrio de reloj flotando dentro.
El olor que subió fue de moneda caliente.
Rask se quedó mirando con la boca entreabierta.
—Capitán.
—Lo he visto.
—Eso es latón. El latón se funde a novecientos grados. La cubierta no está ni tibia.
—Lo he visto, Rask.
Esa brújula costó catorce créditos y vino conmigo desde hace tres barcos. Fue lo primero que compré después del destierro, en un puerto del sur, con dinero que no tenía, y cargué ese objeto durante cuatro años como quien carga un certificado.
Eché el charco fuera por el imbornal de una patada.
—Que alguien saque el vidrio del reloj antes de que endurezca. Sirve para algo.
Y fue entonces cuando mi cubierta empezó a mentir.
Hedra lo había explicado. Yo lo había oído. Era mi tercera vez ahí dentro y sabía exactamente lo que iba a pasar, lo que no sirvió absolutamente de nada.
Porque lo que sube no sube como recuerdo.
Sube como ahora.
Yo tenía la mano en el timón y oí el sonido de una silla raspando el suelo detrás de mí. Una silla. En la cubierta de un barco.
Me di la vuelta, y el castillo de proa no estaba ahí: estaba el patio de la cocina de la casa de los Draust, con los ladrillos rojos, la pila de piedra, la cuerda de la ropa, y el olor —Dios mío, el olor— a jabón de sosa y al pan que la cocinera horneaba a las cinco.
Y mi madre estaba sentada en el banco, remendando un dobladillo.
No tenía la cara que recuerdo de los retratos, porque no existe ningún retrato suyo. Tenía la cara que recuerdo de verdad, que es distinta y es peor: la cara de abajo hacia arriba, como ve un niño pequeño a su madre cuando está sentado en el suelo cerca de sus pies.
—¿Tienes hambre? —dijo ella.
Yo tenía treinta y tres años y un timón en la mano y casi respondí.
Fue por muy poco. No es el susto. Es lo fácil que resulta. Cómo el cuerpo entero solo quiere sentarse en el suelo del patio y quedarse ahí, y cómo todo lo demás —el barco, la niebla, la muchacha, el niño enfermo— parece una pesadilla confusa de la que acabas de despertar.
—Tú no estás aquí.
—Lucan, ¿tienes hambre?
—Te moriste de fiebre de puerto en tres días y yo conté once créditos en un sobre al día siguiente de tu entierro. —Hablé alto, para toda la cubierta, y oí mi propia voz salir desgarrada—. Esto ya lo he dicho en voz alta. Ayer. A una persona, mirándola a la cara. Ya no me sirves.
El patio parpadeó.
Y se fue, y no quedó ni el olor a jabón.
Hedra tenía razón. Lo que uno paga antes, la niebla no lo vuelve a cobrar.
El problema es que yo tenía tres cosas tragadas.
Y solo había pagado una.
AURELIA
Mantener la Malla dentro del Miasma es como sostener una hoja de papel abierta en un vendaval usando solo la atención.
La sostuve tres horas, con Leo respirando bajo mis pies y la costa de mi padre delante. La sostuve bien.
Fue el olor el que me sorprendió.
El olor no pasa por la retícula. No sé por qué; lo anoté en el cuaderno después, con la mano mala, y sigue sin explicación. Pero olí goma laca fría y jabón de archivo, y la esfera plateada se volvió el Archivo Séptimo, con las estanterías de cedro subiendo hasta el techo sudado.
Y había una mujer parada junto a mi banco.
No era Vesna.
Era Marta.
Yo no pienso en Marta.
Eso es una decisión, no un olvido. Hay cosas que uno decide no pensar, y uno cumple la decisión con un rigor que solo existe para las cosas que no soportaría pensar, y yo cumplí esa durante dos años y siete meses.
Marta Ilves trabajaba en la encuadernación, dos pasillos más allá del mío. Unos cuarenta años, buenas manos, y una hija de nueve llamada Pia.
Pia enfermó cuatro meses después que Leo. Mismo diagnóstico, mismo estadio, misma fila a las cuatro de la madrugada.
Y un jueves de marzo Marta bajó los escalones en mi turno, se quedó parada junto a mi banco exactamente como estaba ahora, y dijo:
—Aurelia. Préstame un frasco.
Yo tenía dos.
Ese es el hecho. Es el único hecho que importa, y me pasé dos años y siete meses construyendo argumentos alrededor de él, y todos los argumentos son buenos, y ninguno cambia el hecho.
Dos frascos esa semana. Uno era de la asignación del mes siguiente, comprada por adelantado con dinero que todavía no tenía. La fila del dispensario tenía diecinueve días de espera. Leo estaba en estadio dos.
E hice la cuenta ahí, de pie, antes de conseguir pensar, con la mujer mirándome.
Dos frascos: Leo cubre dieciocho días. Un frasco: nueve. Nueve días con diecinueve de fila.
Y dije:
—No tengo, Marta. Perdóname. Yo también estoy esperando.
Me dio las gracias.
Me dio las gracias. Dijo que lo entendía, que era así para todo el mundo, que había preguntado por preguntar, y subió los escalones, y al día siguiente trajo medio pan dulce para el banco porque su hija había tenido una buena noche.
Pia Ilves murió veintidós días después.