Capítulo 7 — Lo que la niebla cobra #3
—Murió cuando yo tenía doce. Fiebre de puerto, tres días.
—Me pasé la mano por la boca—. Y a la mañana siguiente del entierro, el mayordomo de la casa me llamó al patio y me entregó un sobre con once créditos, y dijo que la Compañía agradecía los servicios prestados por mi madre y que a partir de ese día yo ya no podía entrar por el portón de atrás.
Aurelia respiró hondo.
—Once créditos.
—Once. —Me reí, y el sonido salió mal—. Los conté tres veces allí en el patio. Creí que había contado mal, porque no tenía sentido. Doce años de la vida de mi madre en esa casa y la cuenta daba once créditos, y yo era un niño que sabía hacer cuentas, y la cuenta no cuadraba de ninguna manera.
—¿Y qué hiciste?
—Agarré el dinero.
Aquello salió más duro de lo que yo quería.
—Agarré el dinero, le di las gracias al mayordomo, salí por el portón de atrás por última vez y fui a pagar medio pasaje de cubierta en un carguero de cabotaje.
—Apreté la borda—. Y, camino de los muelles, decidí una cosa que cargué durante veintiún años: que nunca más nadie me iba a dar un número que yo no hubiera acordado antes.
Se quedó callada.
—Por eso pago por todo, también —dije—. Bebida, juego, mujeres, funerales. No le debo un favor a nadie en nueve puertos y no hay un alma en este mundo que pueda venir a decirme que me dio algo.
Se quedó muy quieta.
—Por eso cobro por todo —dije—. No es codicia.
Nunca lo fue. Es que un precio acordado de antemano es lo único que no se puede usar para decirte cuánto vales.
Si yo digo doce mil y tú pagas doce mil, nadie me ha informado nada sobre mí.
—Me encogí de hombros—. Once créditos era una opinión. Doce mil es un contrato.
Yo esperaba muchas cosas de ella. No esperaba la que vino.
Aurelia Sarn se quedó mirando la niebla un rato, con las manos vendadas apoyadas en la borda, y después dijo:
—Mi padre también tenía un número —dijo.
—¿Cómo?
—Trescientos once. —Giró la cabeza hacia mí—.
Es la cantidad de mapas guardados en el Archivo Séptimo de Meridiana.
Él los contó una vez, cuando yo era niña, y no lo olvidó nunca, y se pasó años repitiéndolo en casa: trescientos once mapas, Aurelia, y trescientas once mentiras.
—Sonrió, una sonrisa pequeña y triste—. Yo también los conté, cuando empecé a trabajar allí. Seguían siendo trescientos once.
—¿Y?
—Y yo adulteré cuarenta y dos de ellos con mis propias manos.
—Su voz no tembló—. Yo borré sondeos de mi padre, capitán.
Sondeos que él midió remando dieciocho días.
Pasé goma sobre la letra de mi padre por treinta y un créditos a la semana, y me decía a mí misma que era mejor que lo hiciera yo, porque yo borraba siguiendo el trazo y otra persona borraría por encima.
No dije nada.
—Usted se llevó preso a mi padre —continuó, y ahora miraba sus propias manos—. Y yo borré su trabajo. Todos los días, durante cuatro años. Cobrando por ello.
—No es lo mismo.
—No estoy diciendo que lo sea. —Levantó los ojos—. Estoy diciendo que me pasé la noche entera deseando que usted fuera un hombre simple. Un hombre que hizo una cosa horrible porque es horrible. Eso sería mucho más fácil, capitán, y habría sido un enorme alivio.
El viento cambió. La niebla estaba a menos de una milla.
—Yo no lo he perdonado —dijo Aurelia Sarn—. Quiero que quede registrado, porque yo no miento en un contrato. No lo he perdonado y no sé si lo haré.
—Queda registrado.
—Pero la cláusula séptima está mal y quiero cambiarla.
Me quedé muy quieto.
—No puedes cambiarla sola. Hacen falta las dos firmas.
—Lo sé. Por eso se lo estoy pidiendo. —Respiró—.
Está escrito que usted responderá por lo que hizo.
Eso es un cobro, y lo escribí con rabia, y yo escribo bien cuando tengo rabia, y justamente por eso no se firma nada con rabia.
—Me miró, directo—. Ya no quiero que usted pague.
Pagar no me devuelve a mi padre y no cura a mi hermano y no saca un solo sondeo de la goma.
Solo sirve para que yo me sienta menos culpable por no estar en casa a las siete y diez de la mañana.
Tuve que mirar al mar.
—¿Entonces qué quieres?
—Quiero cambiarla por otra cosa. —Y entonces le falló la voz por primera vez desde que la conozco, un tropiezo mínimo, medio grado—.
Quiero que, cuando esto acabe, usted me cuente el resto.
Todo. Incluso lo que no me está contando ahora y que yo sé que existe, porque conozco la cara de un hombre que se está guardando una última cosa.
—Enderezó los hombros—. Es solo eso. Sin cuerda, sin juicio, sin precio.
Usted me lo cuenta y yo escucho hasta el final.
Y yo, que me pasé veintiún años garantizando que nadie me diera jamás un número sin acordarlo antes, me quedé parado en el castillo de proa de mi propio barco sin saber qué hacer con las manos.
Porque aquello costaba más caro que la cuerda.
—Aurelia.
Fue la primera vez que la llamé por su nombre.
—No sabes lo que estás comprando.
—No lo sabe nadie —dijo ella—. Por eso se llama fe, capitán. Mi padre lo escribió en la página cuatro del cuaderno uno y yo me pasé cuatro años creyendo que hablaba de navegación.
La proa entró en la primera franja de plata.
Y el mundo perdió el color.