SANGRE Y TINTA (El pacto de las sombras nº 1) Capítulo 7 — Lo que la niebla cobra
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Capítulo 7 — Lo que la niebla cobra

CAPÍTULO SIETE

Lo que la niebla cobra

Octavian cerró la barra con cuatro cascos.

No es mucho, si no conoces el canal. Es todo, si lo conoces.

La barra de Valmora tiene un solo paso navegable con marea alta, ochenta brazas de ancho entre el banco de Marivéu y la roca del faro, y mi hermano puso dos cúteres a cada lado con las proas vueltas hacia dentro, lo que quiere decir que no pretendía hundir a nadie.

Pretendía apretar. Apretar hasta que el casco se detuviera, y después subir a bordo, y después llevarse lo que había venido a llevarse.

—No va a disparar al casco —dije a toda la cubierta—. Quiere a la muchacha entera. Va a disparar a la arboladura y a las piernas de ustedes. Cabeza baja, nadie en la cofa, y si alguien se muere hoy lo voy a considerar desobediencia directa.

Alguien se rio. Fue una risa fea, pero fue risa, y la risa vale oro en una cubierta a las seis de la mañana.

Hedra subió con Aurelia detrás.

Y aquí está la cosa que yo no había previsto y que decidió toda la mañana: yo iba a mandarla abajo.

Tenía la orden en la boca. A la enfermería, con tu hermano, y no subes hasta que yo lo diga. Es lo que se hace con un pasajero, es lo que se hace con la carga, es lo que se hace con la única persona a bordo a la que el enemigo quiere viva.

La miré y me tragué la orden.

Porque había subido con el compás de su padre en una mano y el cuaderno tres en la otra, ya abierto, y estaba con los ojos cerrados en medio de mi cubierta, con la cara vuelta hacia el viento, escuchando.

No se manda abajo un instrumento en el momento exacto en que es lo único que funciona.

—Capitán —dijo, sin abrir los ojos—. ¿Tiene usted una carta de la barra?

—Tengo seis.

—Todas equivocadas.

—Todas equivocadas —concedí.

Abrió los ojos.

—Entonces va a tener que hacer una cosa muy desagradable.

—Ya sé cuál es.

—Va a tener que obedecerme sin entender.

—Dije que ya sé cuál es. —Tomé el timón y mandé a los hombres a la escota—. Habla.

Vino a mi lado. Cerca, más cerca de lo que se me pone nadie a bordo cuando estoy al timón, y apoyó la palma de la mano en el reborde de madera junto a la mía.

—La corriente de la barra cambia a las tres y veinte y vuelve a las seis y cincuenta.

Son las seis y cuarenta y uno. En los próximos nueve minutos existe una lengua de agua que corre al revés, pegada al banco de Marivéu, con tres brazas de ancho y algo más de media de profundidad extra.

No está en ninguna carta porque desaparece a las seis y cincuenta y uno.

—Tres brazas de ancho —repetí.

—Tres.

—Mi casco tiene cinco y media.

—Lo sé. —No parpadeó—. Usted va a tener que correr dos tercios del casco por encima del banco, arando arena, con el otro tercio en la lengua. Va a raspar. Va a parecer que encalló. No va a encallar, si usted no corrige.

—¿Y si corrijo?

—Encalla.

Miré a esa mujer.

Doce horas antes había subido por mi cadena sin invitación. Seis horas antes yo había descubierto que era la hija del hombre al que detuve. Cuarenta minutos antes había escrito delante de mí una cláusula que puede acabar conmigo en una horca, y yo la firmé.

Y ahora me estaba pidiendo que arara un banco de arena a propósito, con cuatro cúteres de Argos viniendo por los dos costados.

—¡Hedra! —grité—. ¡Todo el mundo agarrado! ¡Vamos a raspar!

Raspar fue la palabra equivocada.

El Navegante Negro entró en el banco a siete nudos y el casco entero bramó —un sonido que no le deseo a nadie, de arena contra cobre a lo largo de treinta metros—, y el barco se inclinó once grados a babor y se quedó así, corriendo torcido, con media quilla arando el fondo y una estela de agua blanca y sucia saliendo por detrás como si nos estuviéramos abriendo en dos.

Dos hombres cayeron. Un cajón de contención resbaló y se estrelló en la cubierta, y un cajón entero se volvió vidrio molido y olor a plata.

El timón se puso pesado como una pared. Tuve que colgarme de él con todo el peso del cuerpo para sostener el rumbo, y a cada segundo el instinto de treinta años de mar gritaba corrige, corrige, sácalo de esa arena, vas a perder el barco.

—¡No corrija! —gritó ella, a mi lado.

—¡Lo sé!

—¡No corrija!

—¡LO SÉ!

Y los cúteres nos alcanzaron.

Vinieron por los dos costados, exactamente como yo había dicho, y no dispararon al casco.

Dispararon a la arboladura y a la cubierta —bala de rifle alquímico, esa que hace un chasquido agudo y deja un hilo de humo verde en el aire—, y nuestra vela mayor se abrió en tres agujeros, y una de las balas arrancó de la borda una astilla del tamaño de mi brazo.

Fue esa astilla la que alcanzó a Teo.

Teo tenía diecisiete años. Llevaba con nosotros dos. Era el más joven a bordo y el único que todavía le veía la gracia a todo, y esa mañana estaba en la escota de la vela mayor porque fue ahí donde yo lo mandé.

La astilla le entró por el muslo y salió.

No voy a describir más que eso.

Hedra llegó hasta él antes de que el chico terminara de caer, y oí su alarido por encima del bramido del casco, y lo único que yo podía hacer era seguir colgado de ese timón y no corregir.

Es eso, por cierto, lo que nadie cuenta sobre mandar.

No es la decisión difícil. La decisión difícil es fácil, se aprende. Lo que no se aprende es quedarse sujetando una pieza de madera con las dos manos mientras un chico de diecisiete años al que tú mandaste ahí grita a nueve pasos de ti.

—Capitán. —Su voz, muy cerca—. Siete segundos.

—¿Cómo está el chico? —dije, sin soltar el timón.

—Siete segundos, capitán. Después corrige todo de una vez, con fuerza, a estribor.

—¿Cómo está el chico?

Un segundo de silencio.

Después su mano se cerró sobre la mía, en el timón.

No fue cariño. No había nada de cariño en aquello. Fue peso: puso su peso encima de mis manos para impedirme corregir antes de tiempo, y habló junto a mi oreja con una calma que no sé de dónde sacó:

—Está vivo y Hedra está con él, y usted no puede hacer nada por él ahora salvo sacar este barco de aquí. Tres. Dos. Uno.

—¿AHORA?

—Ahora.

Giré el timón con todo.

La quilla salió de la arena como corcho de botella, el barco se enderezó de los once grados de una sola vez, y la lengua de agua que ella me había prometido nos tomó por el través y nos escupió por el paso a nueve nudos, entre los dos cúteres de babor, tan cerca que le vi la cara al timonel del otro barco.

Tenía la boca abierta.

Pasamos.

Y a las seis y cincuenta y uno, exactamente como ella dijo, la lengua de agua se acabó.

LA PRIMERA NOCHE

El mar cobró el pasaje esa misma noche.

Empezó a las siete de la tarde con el viento virando al suroeste, que siempre es aviso, y a las nueve yo ya había mandado rizar la vela mayor.

A las once la lluvia entró de costado. A medianoche el Navegante Negro cabeceaba de un modo que hacía gemir el cabrestante, y había agua sobre la cubierta cada seis o siete olas.

No era tormenta de matar. Era tormenta de enseñar, de esas que sirven para recordarle a un barco viejo lo que es.

Pero era su primera noche en el mar.

Y yo tenía a un niño de catorce años atado a un camastro, a una cartógrafa que no había navegado nunca nada, y a diecinueve personas que confiaban en mí porque no tenían otra opción.

Bajé a las once y cuarenta a ver cómo estaban los dos.

El pasillo del alcázar tiene un metro veinte y se mueve peor que la cubierta, porque en un pasillo no se ve venir la ola.

La puerta de su camarote estaba entornada.

Llamé.

Y, en mitad del golpe, el barco cayó en un seno que yo no había previsto —el casco entero se desplomó medio metro y volvió—, y la puerta se abrió hacia dentro, y ella vino con ella.

Aurelia Sarn salió de aquel camarote encima de mí.

Acababa de lavarse.

Lo supe porque tenía el pelo echado hacia atrás, mojado y pesado, y porque su piel todavía guardaba ese calor del agua caliente, y porque había un vestido azul marino empapado de mar colgado del gancho detrás de ella y uno verde doblado sobre la litera.

Y estaba envuelta en una toalla.

Estaba.

Sostuve a la mujer en el aire con las dos manos y la toalla se quedó en el suelo del pasillo, y el barco cabeceó otra vez, y tuve que apoyar mi propia espalda en el mamparo para no tirarnos a los dos.

Once segundos.

Los conté después, tumbado en mi litera a las cuatro de la mañana, rehaciendo aquello con el rigor de quien comprueba un sondeo, y dieron once: desde que se abrió la puerta hasta que alguien habló.

Once segundos no es nada. Es el tiempo de atarse una bota.

Y voy a decir lo que cupo en esos once segundos, porque me acuerdo de todo con una claridad que no me hace ningún bien:

El olor. Ese mismo olor a lirio del campo que yo había decidido no guardar la primera noche y que estaba ahí otra vez, más fuerte con el agua caliente, subiendo de su cuello directo a mi cabeza.

Su pelo goteándome en el antebrazo.

La boca —llena, entreabierta, rosada de agua caliente— a un palmo de la mía, y su aire golpeándome el mentón en intervalos cortos y altos.

Sus pestañas, oscuras y largas, pegadas de humedad, y debajo esos ojos negros que no parpadearon ni una vez en once segundos y que atravesaron algo dentro de mí que yo habría preferido mantener cerrado.

Y mi mano abierta en su espalda, en el lugar donde la piel es más fina, sujetando con fuerza porque el barco cabeceaba y porque soltar no era posible.

Ella no recogió la toalla.

Podía. Estaba a medio metro. Y no la recogió, y no apartó la cara, y no habló.

—¿La señorita está bien?

Fue lo que salió.

Yo tenía treinta y tres años, trece de mando y una reputación en nueve puertos, y la voz me falló a mitad de la frase como voz de mocoso.

No respondió.

Su pecho subía rápido. Sentí el corazón de esa mujer golpeando contra mi mano a través de las costillas, y estaba alto, muy por encima de lo que explica un susto.

Y siguió mirándome.

—¡CAPITÁN!

La voz de Duro, desde lo alto de la escalera, por encima del viento.

—¡CAPITÁN! ¿RECOGEMOS O AGUANTAMOS?