Capítulo 6 — Sangre y tinta #4
—Explíqueme esta.
—Un hombre quemado no sabe que está quemado.
—Apoyé la cadera en la mesa—. Si la niebla te atrapa, vas a jurar por todo que estás lúcida, y vas a ser convincente, porque eres convincente.
Alguien a bordo necesita tener autoridad para atarte a un mástil contra tu voluntad.
O aceptas eso ahora, con la cabeza sana, o yo no entro en esa niebla.
Aurelia Sarn me miró un rato largo.
—Acepto —dijo—. Con una enmienda: Hedra decide junto con usted. Dos voces, no una.
Tomé la pluma y escribí y la contramaestre Hedra al final de la cláusula, y los dos rubricamos al lado.
Fue lo primero que construimos juntos.
Después volvió a la cuarta.
—La mitad de la masa —dijo, golpeando la cláusula con el dedo.
—La mitad.
—Usted no sabe cuánta masa hay ahí dentro.
—Tú tampoco.
—Exacto. —Apoyó el dedo en el papel—. Si hay poca, la mitad no sintetiza ninguna cura, y yo atravesé una niebla para traer un recuerdo de viaje.
Si hay mucha, usted vende la mitad de una cosa que nadie en Valmora sabe tasar y derrumba el precio de la ampolla él solo, lo que hará que Soteria lo cace el resto de su vida.
La cláusula es mala para los dos y usted la escribió igual.
Tenía razón por las dos puntas, lo que empezaba a ser una costumbre irritante.
—Escríbela tú, entonces.
Y escribió: De la masa extraída se retira primero lo necesario para la síntesis de una dosis. El resto se divide por la mitad.
—Eso me deja la mitad de lo que sobre —dije.
—Eso le deja a usted la mitad de lo que sobre y a mi hermano la garantía de que él va antes que su beneficio. —Me empujó el papel—. Si usted no firma esa, yo no vuelvo a entrar en este camarote.
Firmé esa.
AURELIA
Faltaba una.
Leí el contrato entero dos veces y faltaba una, y él sabía que faltaba, porque me observaba con esa paciencia de comerciante que ya ha visto llegar la última cláusula mil veces.
Tomé la pluma.
Y escribí, con mi letra, al final de la hoja, debajo de la sexta cláusula, con la mano firme porque mi mano siempre es firme:
VII. Cumplido el punto IV y curado el hermano de la cartógrafa, el comandante responderá por lo que hizo en octubre de 1288. La forma de la respuesta será determinada por ella. Él no se negará.
Le devolví el papel de un empujón.
Lucan Corr leyó.
Leyó dos veces —le vi los ojos bajar y subir— y no dijo absolutamente nada durante un tiempo que pareció demasiado largo para siete líneas.
—«La forma de la respuesta será determinada por ella» —leyó en voz alta—. Eso es abierto. Eso puede ser cualquier cosa. Eso puede ser una cuerda.
—Puede.
—¿Entiendes que ningún hombre en su sano juicio firma esto?
—Lo entiendo perfectamente.
Tomó la pluma.
Y firmó sin una palabra más, con esa letra grande e inclinada de quien aprendió a escribir después de aprender a mandar, y su firma ocupó media margen porque no sabe hacer nada pequeño.
Después giró la hoja de la navaja y se abrió el propio pulgar.
—La tinta es para el juez —dijo—. La sangre es para el mar. En este barco hacemos las dos cosas.
Apoyé su pulgar en el papel y dejó la marca junto al nombre.
Después me tendió la navaja, con el mango vuelto hacia mí, y yo me abrí el mío —el mismo dedo, el derecho, el que sostiene la pluma, y que en ese momento ya estaba cortado en tres sitios por el remo, de modo que tuve que buscar un trozo de piel entera que estropear.
Apoyé el pulgar en el papel, junto a mi cláusula séptima.
Y la sangre caminó.
No escurrió. No se corrió. La gota tocó la fibra del papel, se quedó quieta un instante, y después se estiró hacia el lado izquierdo de la hoja en una línea fina y recta, de dos dedos de largo, atravesando el texto del contrato como quien traza un mapa.
Una línea recta. Perfectamente recta.
Con una inclinación que reconocí antes de conseguir respirar, porque me había pasado la noche entera mirándola bajo luz de mercurio, y me había pasado cuatro años con ella guardada en la cabeza.
Era la ruta de mi padre.
El mismo rumbo. El mismo ángulo. Oeste-noroeste, con esa desviación absurda de treinta y un grados y medio que no obedece a ninguna erosión y que solo tiene sentido si aceptas que, ahí dentro, el campo magnético gira al revés.
La sangre se detuvo exactamente donde acababa la hoja.
Nos quedamos los dos mirando aquello.
—Esto no debería pasar —dijo Lucan, muy bajo.
—No.
—¿Sabías que esto iba a pasar?
—No. —Tenía la garganta cerrada—. El papel no tiene campo, capitán. El papel no tiene campo. La sangre no tiene rumbo. Esto no es posible, y está ahí, y lo estoy mirando junto con usted.
La lámpara chisporroteó.
Y afuera, al otro lado de la portilla de popa, muy lejos, sobre la línea de la barra, el primer dedo de sol tocó la niebla que se acumulaba en la boca del canal, y la niebla se encendió.
Plateada. Densa. Moviéndose contra el viento.
El Miasma había subido durante la noche, y nos estaba esperando tres millas más adelante, y mi propia cláusula séptima acababa de ser atravesada por una línea de sangre que apuntaba exactamente hacia dentro de él.