SANGRE Y TINTA (El pacto de las sombras nº 1) Capítulo 6 — Sangre y tinta
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Capítulo 6 — Sangre y tinta

CAPÍTULO SEIS

Sangre y tinta

AURELIA

Veintinueve más cuatro son treinta y tres.

No es una cuenta difícil. Es la cuenta que hace un niño.

Y yo me quedé arrodillada en la cubierta mojada de ese barco mirando la mano extendida de Lucan Corr y rehaciéndola tres veces, cuatro, cinco, como se comprueba un sondeo que salió mal, porque cuando el número no sirve una siempre cree que se equivocó en la medida, y nunca que el mundo es así.

El muelle ardía verde detrás de nosotros. La cubierta se inclinaba. Alguien gritaba pidiendo lona.

—Levántate —dijo él.

—Usted tenía veintinueve años hace cuatro años.

Su mano no se movió.

—Los tenía.

—Capitán de la Guardia de Argos. Cuarenta hombres a su mando.

—Treinta y ocho.

Fue la corrección lo que me puso de pie. No la confesión: la corrección, la precisión idiota, de reflejo, de un hombre que no sabe dejar pasar un número equivocado, exactamente como yo no sé, y el parecido entre los dos en ese instante me dio ganas de arrancarme la piel.

Me levanté sola. No le tomé la mano.

—Fue usted.

Lucan Corr bajó el brazo.

Y dijo:

—Fui yo.

Yo iba a gritar. Tenía aire en los pulmones para gritar. Tenía el muelle en llamas a mi espalda y a mi hermano bajando por la escalera y cuatro años enteros de cosas atascadas, y abrí la boca para gritar.

Lo que salió fue:

—¿Qué hora era?

Parpadeó.

—¿Qué?

—Qué hora era —repetí—. En la mañana de octubre. A qué hora golpeó la puerta.

Algo le cruzó la cara. Lo entendió, y lo entendió demasiado rápido para mi gusto, porque su comprensión significaba que la pregunta era transparente y yo habría preferido que no lo fuera.

—Las siete y diez —dijo Lucan—. Quizá las siete y cuarto. La neblina todavía estaba en el callejón.

Las siete y diez.

Yo estaba en el Archivo Séptimo desde las seis.

Turno de la mañana, porque había fila para las lámparas de banco y quien llegaba temprano se quedaba con la buena.

Pasé toda esa mañana restaurando una carta de puerto de Marivéu y quejándome de la goma vieja, y a las once y media una compañera bajó los escalones y me dijo, con mucho cuidado, que era mejor que me fuera a casa.

Yo no estaba allí.

Me pasé cuatro años creyendo que la culpa era haberle mostrado un mapa de mi padre a la persona equivocada.

Y, debajo de esa culpa, más hondo, donde nunca dejé mirar a nadie, había otra, mucho más tonta y mucho más pesada: yo no estaba allí.

Él bajó la escalera solo, cruzó el taller solo, y no había nadie en casa para verle la cara.

—Estaba solo —dije.

—Estaba.

—¿Qué hizo él?

—Aurelia...

—¿Qué hizo él?

Lucan Corr miró el mar un segundo. Después volvió a mí, y ya no apartó la vista.

—Preguntó si podía tomar su abrigo —dijo—. Le dije que sí. Lo tomó. Después preguntó si podía llevarse los instrumentos, porque, si iba a estar preso unos días, le gustaría seguir trabajando. —Una pausa—. Le dije que no. Estaba en el procedimiento. Un detenido no lleva material.

La cubierta se balanceó, y no fue el mar.

—¿Insistió?

—No. —Su voz estaba perfectamente firme, y por eso mismo era insoportable—.

Dijo «claro, disculpe», dobló el abrigo sobre el brazo y caminó delante de mí hasta la calle sin que nadie le pusiera una mano encima.

Fue la detención más educada que hice en mi vida.

Me acuerdo de haberlo pensado en el momento.

Me acuerdo de pensar que ese hombre debía de ser inocente, y de decidir que eso no era problema mío, porque no lo era, porque la Compañía tenía un juez y el juez tenía papeles y yo tenía treinta y ocho hombres y una orden firmada.

Claro, disculpe.

Mi padre le pidió disculpas al hombre que lo estaba deteniendo.

No le pegué.

Quería. Tenía la hoja en la cintura y las manos abiertas en carne viva y unas ganas físicas, concretas, musculares, de arruinarle esa cara. Y no le pegué, y no fue ninguna virtud: fue porque pegar es una respuesta, y una respuesta es algo que se le da a alguien que presentó un argumento.

Él no había presentado ninguno.

—Usted no va a defenderse —dije.

—No.

—¿Por qué? Tenía una orden. No sabía. Intentó deshacerlo después, por eso lo quemaron y por eso lo expulsaron. —Escupí las palabras, y cada una era un regalo que le estaba haciendo gratis y que odiaba hacerle—. Está todo ahí. Es una defensa entera. Se la acabo de armar.

—Es buena —dijo él—. Es verdadera, además.

—Entonces úsela.

Y Lucan Corr me miró con esa atención horrible suya y dijo:

—No.

LUCAN

Déjenme explicarlo, porque la mujer merecía una explicación y yo no iba a darle ninguna.

Conozco el precio de una defensa. He vendido muchas.

Tú explicas. La otra persona escucha. Y, mientras escucha, va descontando: un poco aquí por la orden firmada, un poco allá por la ignorancia, un poco más por la quemadura del cuello, que es una prueba física muy conveniente y que yo podría haberme abierto el cuello de la camisa para mostrarle ahí mismo, y que habría funcionado.

Al final de la cuenta, lo que queda no es perdón. Es descuento.

Y yo no quería descuento en la factura de esa mujer.

Pasé cuatro años sin decirlo en voz alta a nadie, ni a Rask, ni a Hedra, ni borracho, y la única persona en el mundo con derecho a recibir la cuenta entera estaba de pie frente a mí, con las manos sangrando y el muelle en llamas detrás, y yo no iba a entregarle una versión con rebaja.

Que decidiera ella cuánto debía yo. Con la cifra completa en la mano.

—Usted quiere que lo odie —dijo Aurelia Sarn.

—Quiero que me cobres bien.

—Es lo mismo.

—No lo es. —Le sostuve la mirada—. El odio es gratis. Una cuenta tiene valor.

Se quedó muy quieta.

Y entonces hizo algo que yo no esperaba y que todavía no sé clasificar del todo: tomó aire, enderezó la espalda, miró la cubierta que se hundía dentro de mi responsabilidad y dijo, con una frialdad absoluta:

—¿Dónde está mi hermano?

La enfermería del Navegante Negro es un hueco de dos metros y medio bajo el alcázar, con tres camastros de lona y un farol colgado de la viga, y huele a alquitrán y a jabón de sosa.

Hedra había puesto al niño en el camastro del medio y tenía dos dedos en su cuello cuando bajamos.

No es médica. Nunca dijo que lo fuera. Lo que tiene son diecinueve años de refinería y once de mar, y una colección de cosas que aprendió mirando, y una regla que repite cuando alguien pregunta si se puede confiar en ella: yo no sé curar, yo sé lo que suele pasar.

—Capitán. —Ni levantó la cabeza—. No pasa de esta tarde.

—Hedra...

—No estoy siendo dramática, estoy siendo útil.

—Señaló con el mentón—. Pulso en ciento veinte.

Está tirando del aire con el cuello porque el pecho no da abasto solo.

Y hay cristalización visible en la yugular, que no se la vi nunca a nadie y se la vi hoy.

Necesita contención en las próximas cuatro horas, pura, sin diluir, o lo vamos a enterrar en el mar antes de que aparezca la niebla.

Aurelia estaba parada al pie de la escalera.

Le vi la cara cuando Hedra dijo enterrarlo en el mar, y voy a decir lo siguiente sobre esa cara: he visto a un hombre recibir un tiro de pie. Es parecido. Tiene el mismo intervalo, ese segundo de retraso antes de que el cuerpo entienda.

—¡Rask! —grité escalera arriba.

—¡Capitán!

—Bodega dos. Un cajón. Tráelo entero.

Aurelia giró la cabeza despacio.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Ya me oyó —dije.

—Eso es carga del comprador.

—Eso es carga mía hasta que la entregue. —Pasé a su lado y empecé a subir—. Cuarenta unidades por cajón, contención pura, sello Soteria, lacre íntegro. Es lo más caro que existe en este barco y es lo único de este barco que sirve para algo hoy.

—Capitán.

Me detuve en el tercer escalón.

—¿Cuánto? —dijo ella.

Miré hacia abajo.

Tenía el mentón levantado, los puños cerrados, la tela encerada empapada todavía apretada contra el pecho. Su hermano estaba a dos metros, respirando con el cuello.

Y esa mujer me estaba preguntando el precio.

—No seas idiota —dije.

—Cuánto, capitán.

—Nada. Cero. No cuesta nada.

—Cuesta. —Su voz no subió ni un grado—. Cuesta treinta y dos créditos por unidad en el dispensario y quince en su comprador del Muelle Once, y son cuarenta unidades. Seiscientos créditos al precio de usted. Escríbalo. Póngalo en el contrato. Yo pago.

—¿Con qué?

—Con trabajo. Con el resto de mi vida, si hace falta. No importa. —Dio un paso adelante—. No voy a deberle un favor. Voy a deberle dinero. Un favor no se salda y el dinero sí, y yo necesito desesperadamente que exista una cifra después de la cual ya no le deba nada.

Y ahí entendí a la mujer entera, de golpe, como quien ve el fondo de un canal cuando baja la marea.

No estaba siendo orgullosa.

Tenía miedo de deberme algo que no se pudiera pagar, porque una deuda impagable con el hombre que detuvo a su padre sería una cosa más que tendría que cargar junto con todo lo demás, y ya estaba cargando todo lo que podía.

—Seiscientos créditos —dije—. Está en el contrato.

AURELIA

Rask bajó el cajón y lo dejó en el suelo de la enfermería con un cuidado que yo no esperaba de un hombre de ese tamaño.

Después no subió.

Se quedó ahí, en el hueco de la escalera, mirando a Leo en el camastro, y no con la curiosidad asquerosa de quien mira a un enfermo.

Lo miró como se mira una carga frágil que ha pasado a ser responsabilidad de uno.

Después me miró a mí, exactamente igual, y algo en el fondo de mi cabeza lo registró y lo guardó sin saber dónde.

—¿Necesita algo más, señorita?

—No.

—Si necesita, me llama. —Vaciló medio segundo—. A cualquier hora. En serio.

Y subió.

Hedra rompió el lacre con la punta del cuchillo.

La enfermería olía a alquitrán y a jabón de sosa, y debajo de eso a una cosa dulzona y equivocada que tardé un rato en identificar y que era el aliento de mi hermano. Se me quedó en la garganta el resto de la noche.

Tenía las manos frías. Siempre las tiene, incluso con fiebre; es la plata, dijo Hedra, que ya no deja que la sangre llegue bien a las puntas.