SANGRE Y TINTA (El pacto de las sombras nº 1) Capítulo 5 — Viva y entera
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Capítulo 5 — Viva y entera

CAPÍTULO CINCO

Viva y entera

Octavian Draust tenía el rostro de su hermano.

No igual. Parecido de esa forma cruel: la misma línea de la mandíbula, la misma frente, la misma separación entre los ojos.

Como si alguien hubiera tomado a Lucan Corr, le hubiera quitado todo lo que el mar le hizo y hubiera devuelto el resto lavado, peinado y vestido con una levita negra forrada de seda.

Donde uno tenía cicatriz, el otro tenía piel.

—Levántese, por favor —dijo—. El suelo está mojado y la señorita ya ha tenido una noche difícil.

No me levanté.

Leo estaba sentado a mi lado, apoyado en el noray, respirando en tres tiempos cortos y uno largo. Yo tenía los cuadernos apretados contra el pecho y las manos sangrando sobre la tela encerada, y había veinte hombres de levita gris plomo cerrando el Muelle Nueve por los dos lados.

—La señorita corre bien —continuó Octavian—. Once cuadras con un enfermo. Yo esperaba el mercado de pescado, pero confieso que no esperaba la plaza.

—Usted me siguió por la plaza.

—La seguí toda la noche. —Lo dijo con una paciencia de maestro—.

Desde el archivo. Mis hombres estaban en la Calle de las Plomadas cuando la señorita pasó con la lente cosida en el delantal.

Estaban en el Muelle Nueve cuando le pagó al viejo Manso con el anillo de su madre.

Estaban en el agua cuando remó hasta mi hermano.

El hielo que me subió no tuvo nada que ver con el viento.

—Podían haberme agarrado en cualquier momento.

—Podíamos.

—¿Por qué no lo hicieron?

Y Octavian Draust sonrió, y la sonrisa fue genuinamente satisfecha, de quien esperó mucho tiempo una pregunta concreta.

—Porque yo necesitaba ver si la señorita todavía era capaz de hacerlo —dijo—.

Y la señorita atravesó doscientas cuarenta brazadas de niebla cerrada, sin faro, y se puso al costado de un casco negro anclado fuera de la barra.

—Abrió las manos—. Nosotros lo intentamos con cuatro pilotos y un perro. Perdimos a los cuatro pilotos.

—Voy a ahorrarle tiempo, señorita Sarn, porque la marea ya cambió y su hermano no está bien.

Hizo un gesto pequeño. Uno de los de levita gris plomo trajo una carpeta de cuero, la abrió, y Octavian sacó de dentro un objeto que yo conocía mejor de lo que conozco mi propia letra.

Un cuaderno de campo. Cuero agrietado. Esquinas comidas.

El cuaderno cuatro.

El que faltaba. El que nunca estuvo en el baúl. El que me pasé cuatro años suponiendo destruido junto con todo lo demás que confiscaron el día en que se llevaron a mi padre.

—Usted lo tenía.

—Argos lo tiene —corrigió—. Junto con el levantamiento completo de la Zona Ciega, diecinueve hojas, a escala. El trabajo de la vida de su padre, señorita. Está entero. Está en una caja fuerte en Puerto Alto y no se ha perdido ni una hoja.

Dejó que aquello se asentara.

—Y es absolutamente inútil.

Levanté la cabeza.

—¿Qué?

—Inútil. —Octavian devolvió el cuaderno a la carpeta con todo el cuidado del mundo—.

Tenemos el mapa desde hace cuatro años y no hemos conseguido usarlo ni una sola vez.

Entramos once veces. Volvimos ocho. Perdimos setenta y tres hombres en esa niebla sosteniendo en la mano el mapa más preciso que se haya dibujado jamás, y la señorita sabe por qué.

—Ladeó la cabeza—. Dígamelo usted. Prefiero oírlo de su boca.

Y lo supe. Dios me perdone, lo supe al instante, y la respuesta me subió como agua fría.

—Porque el mapa no es el mapa.

—Continúe.

—Porque sus coordenadas están medidas por un sentido que ningún instrumento tiene.

—Mi voz estaba muy baja—. Anotó variación magnética que una brújula no lee.

Anotó presión en notas musicales. Anotó humedad en sabores.

Ustedes están leyendo un mapa escrito en un idioma que solo han hablado tres personas en el mundo, y dos están muertas.

Silencio en el muelle.

Octavian Draust juntó las manos a la espalda, y había en él un placer intelectual casi decente.

—Setenta y tres hombres —repitió—. Y yo le dije a mi padre, el año pasado, que estábamos gastando vidas por terquedad.

Que la llave no estaba en la caja fuerte.

—Me miró—. La llave estaba en un taller del Callejón del Vidrio, restaurando cartas por treinta y un créditos a la semana, y nosotros solo teníamos que esperar a que creciera dentro del don.

—Ustedes mataron a mi padre.

—Sí —dijo.

Así de simple. Sin vacilar, sin retórica, sin un solo intento de suavizarlo.

—Y fue un error —continuó—. El mayor error comercial que esta Compañía ha cometido en cuarenta años.

Elias Sarn valía más vivo que todo el distrito óptico, y lo ahorcamos porque un consejo de viejos asustados creyó que un mapa publicado derrumbaría el precio de la ampolla.

—Se encogió de hombros con un desprecio que no era actuado—.

Tenían razón, por cierto. Lo habría derrumbado.

Solo que cambiaron un imperio por un trimestre.

—¿Qué quiere? —dije.

—A usted, señorita Sarn. Solo a usted. Viva y entera, como está escrito en la orden.

—Dio un paso adelante, uno solo—. Contrato de exclusividad con Argos.

Usted lee el mapa de su padre. Usted nos guía.

Veinte años de servicio, laboratorio propio, el instrumento que usted mande fabricar, y nunca más entrará nadie de madrugada en su taller con un calibrador.

Hizo una pausa de medio segundo, y yo vi la hoja antes de que llegara.

—Y el niño va al Ala Plata de Soteria esta misma mañana.

No dije nada.

—¿Sabe la señorita qué es el Ala Plata? —No esperó respuesta—.

Doce camas. Contención pura, sin diluir, tres veces al día.

Dos médicos residentes. Es donde tratamos a los nuestros.

Un paciente en estadio cuatro, con ese régimen, gana entre nueve y catorce meses.

—Una pausa calculada al milímetro—. No es cura, señorita.

No voy a mentirle en un muelle a las cinco de la mañana. Es tiempo.

Nueve a catorce meses.

Yo tenía veinticinco días.

Existe una cuenta que no se puede hacer en voz alta, y yo hice esa allí, agachada sobre la piedra mojada con mi hermano respirando en tres tiempos a mi lado, y daba un resultado limpio y horrible: acababa de perder.

Porque yo podía atravesar una niebla que se come el cobre en nueve días, y podía extraer un mineral que nadie extrajo nunca, y podía sintetizar una cura que no existe, y todo eso tenía una probabilidad que yo no lograba estimar y que sabía, con el rigor que mi padre me enseñó, que era baja.

O podía firmar un papel y él viviría hasta el invierno siguiente.

Un año garantizado contra veinticinco días y un quizá.

Ningún cartógrafo elige el quizá. Ninguno. La profesión entera existe para no elegir el quizá.

—Aurelia —dijo Leo.

—Cállate.

—Aurelia, mírame.

—Cállate la boca, Leo.

Octavian Draust esperó. Educadamente. Como si aquello fuera una reunión y le hubiera dado la palabra a otra persona.

Y me di cuenta, con una náusea que me subió desde algún lugar muy hondo, de que él ya lo sabía.

De que había calculado ese instante igual que calculó al viejo Manso, el muelle, la hora.

De que el Ala Plata no era generosidad ni crueldad: era precio, puesto exactamente en el punto en que yo no podría negarme.

No me estaba comprando con dinero. Me estaba comprando con mi hermano.

—Señorita Sarn —dijo, amable—. La señorita ya dijo que sí. Solo que todavía no lo ha dicho en voz alta.

Y fue eso lo que me enderezó la espalda.

—Una pregunta —dije.

—Por supuesto.

—¿Quién detuvo a mi padre?

Algo le pasó en la cara. Rápido. No fue sorpresa: fue deleite, y fue lo primero de ese hombre que me pareció de verdad monstruoso.

—Ah —dijo Octavian Draust—. La señorita no lo sabe.

—Fue Argos. Eso lo sé.

—Argos es un edificio, señorita. Los edificios no suben escaleras.

—Se descruzó las manos—. Fue un capitán de la Guardia.

Veintinueve años en aquel entonces. Cuarenta hombres a su mando, uniforme gris plomo, botones de estaño.

Golpeó la puerta del taller de su padre una mañana de octubre con una orden por contrabando en la mano, porque eso fue lo que escribieron en la orden, y se llevó preso a Elias Sarn sin violencia alguna. Su padre fue caminando. Leí el informe.

El muelle se había quedado sin aire.

—Un nombre —dije.

Octavian sonrió.

—Eso, señorita, me lo voy a guardar. —Dio un golpecito en la carpeta de cuero—. Como se guarda todo lo que todavía va a ser útil.

El casco cantó.

Naranja frío, dos notas, al oeste-noroeste, y mucho más cerca de lo que cualquier casco tenía derecho a estar.

Levanté la cabeza antes de pensar, y ese fue mi error, porque Octavian Draust me vio levantar la cabeza y se volvió hacia el mar en el mismo instante.

El Navegante Negro no estaba saliendo por la barra.

Estaba entrando.

Venía por el canal hondo con la marea en la popa, sin ninguna linterna encendida, negro contra el gris del amanecer, y la distancia entre él y la punta del Muelle Nueve disminuía como una cosa de ese tamaño solo disminuye cuando alguien ha decidido embestir.

—No zarpó —dije, y no fue para nadie.

—No. —Octavian ni siquiera parecía sorprendido.

Parecía decepcionado, como quien pierde una apuesta pequeña en una noche en que ganó todas las grandes—.

Salió del fondeadero y se quedó esperando el cambio de la marea detrás del rompeolas.

Mi hermano es mejor hombre de lo que le gusta admitir, y ese es el único defecto que nunca conseguí corregirle.

Levantó dos dedos.

Veinte hombres de levita gris plomo sacaron el arma al mismo tiempo, y el sonido de aquello —veinte cerrojos de acero templado destrabándose en secuencia— me atravesó la cabeza como un clavo.

—Señorita —dijo Octavian, sin apartar los ojos del barco—. Quédese agachada.

Lo que pasó en los noventa segundos siguientes lo armé después, a pedazos, porque en medio de aquello yo solo tenía la mitad de los sentidos funcionando y la otra mitad estaba ciega de la quemazón.

El Navegante Negro no atracó. No se puede atracar un casco así en la punta de un muelle sin destrozar los dos.

Pasó rozando.

Pasó a menos de diez brazas de la punta del muelle, con todo el costado expuesto, y a esa distancia pude ver a Lucan Corr de pie al timón, sin abrigo, gritando algo que no oí. Y vi a Hedra en la borda con un tubo de latón al hombro.

No era un cañón. Un barco de contrabando no anda con cañones: un cañón es una declaración de guerra y la incautación inmediata.

Era un lanzacabos.

El arpón de línea golpeó la madera del muelle a cuatro pasos de mí y se clavó hondo, y la línea detrás se desenrolló zumbando, y Hedra gritó una palabra y la línea se tensó.

Y entendí lo que iban a hacer medio segundo antes de que ocurriera, porque es geometría simple y la geometría simple es mi casa: un casco de trescientas toneladas en movimiento, una línea amarrada a un muelle de madera vieja y un ángulo de treinta grados.

—¡Leo! —Agarré a mi hermano por la camisa y me tiré hacia atrás.

El muelle se abrió.

Doce metros de tablazón arrancados del pilotaje de una sola vez, con un crujido que sentí en los dientes, y el mundo se volvió astillas de madera del tamaño de un brazo volando en horizontal.

Hombres cayendo al agua. Un noray entero girando en el aire.

El olor instantáneo y químico del fuego alquímico, porque alguien, entre los gris plomo, disparó, y la bala dio en una ampolla de señales, y el muelle empezó a arder de ese verde que no se apaga con agua.

Y, en medio de aquello, una chalupa.

Había venido por debajo, pegada al costado, y ahora golpeaba contra los pilotes a tres metros de mí con Rask en los remos y la mano extendida.

—¡SEÑORITA!

No sé cómo metí a Leo en esa chalupa.

Sé que se agarró a la borda antes de que yo lograra levantarlo, y que Rask tiró de él por el cuello como quien tira de un saco de harina, y que los cuadernos de mi padre pasaron de mano en mano por encima del agua negra mientras el muelle ardía verde sobre nosotros.

Sé que salté.

Y sé que, en el instante antes de saltar, miré atrás.

Octavian Draust estaba de pie en la parte del muelle que no se había caído. Sin correr. Sin gritar órdenes. Sin una sola arruga en la levita negra, con el fuego alquímico subiendo verde detrás de él y sus hombres ahogándose y berreando por todos lados.

No estaba mirando el barco de su hermano.

Me estaba mirando a mí.

Y —lo juro por todo— inclinó la cabeza. Un saludo pequeño, cortés, de quien se despide al final de una reunión productiva.

Después se llevó las dos manos a la boca y gritó por encima del agua, y su voz atravesó el fuego, el crujido de la madera y el griterío entero con una nitidez que no debería haber sido posible:

—¡SEÑORITA SARN!

Me quedé quieta con un pie en la borda.

—¡PREGÚNTELE DÓNDE ESTABA UNA MAÑANA DE OCTUbrE!

La chalupa golpeó el costado del Navegante Negro y unas manos me subieron por encima de la borda, y caí de rodillas en la cubierta con la tela encerada empapada apretada contra el pecho.

Alguien gritó pidiendo lona. Alguien gritó pidiendo agua dulce. Hedra apareció de la nada y me arrancó a Leo con una delicadeza brutal, diciendo algo sobre la respiración y sobre la enfermería, y yo la dejé, porque mis manos habían dejado de obedecer.

La cubierta se inclinó. El barco ya estaba virando hacia la barra.

Y entonces una sombra se detuvo frente a mí y una mano apareció en mi campo de visión, abierta, encallecida, con sangre seca en los nudillos.

Levanté los ojos.

Lucan Corr estaba sin abrigo, empapado hasta la cintura, con una quemadura nueva en el antebrazo y el pelo pegado a la frente. Me miró como me había mirado en el camarote —como un instrumento que quería abrir para ver por dentro— y dijo, sin aliento:

—Dije al amanecer. Todavía no ha amanecido.

No le tomé la mano.

Me quedé arrodillada en la cubierta mojada del barco de ese hombre, con su muelle en llamas a mi espalda y mi hermano siendo llevado abajo, y le miré la cara buscando una cosa muy concreta.

Veintinueve años, en aquel entonces. Uniforme gris plomo. Botones de estaño.

Yo había visto la quemadura química de su cuello la primera noche y no pregunté, porque preguntar cuesta y yo no tenía moneda.

Tenía la botella en la otra mano. Había subido de la bodega con ella bajo el brazo en medio del incendio, y yo lo vi, y en ese momento creí que era cosa de borracho.

Me llevó semanas entender que es lo que agarra cuando no sabe qué hacer con las manos.

—Capitán —dije.

—Dime.

—¿Cuántos años tiene usted?

Se detuvo.

Fue medio segundo. Menos de medio. Pero yo me pasé la vida entera midiendo desviaciones, y su mano extendida osciló un grado antes de seguir extendida.

—Treinta y tres —dijo Lucan Corr.

E hice la cuenta.