Capítulo 4 — El precio de un niño #2
El aire del taller se volvió una nube blanca y seca, y vi a los tres hombres girar la cara al mismo tiempo, y vi la lámpara de mercurio encendida a metro y medio de la nube, y tuve el tiempo exacto de arrojarme sobre mi hermano y meterle la cara en mi hombro.
El mundo se puso blanco.
No hubo sonido. Esa fue la parte que no esperaba: no hubo ningún sonido, solo un golpe de calor y de luz que me atravesó los párpados cerrados y lo pintó todo de naranja por dentro, y el olor inmediato a pelo quemado y madera tostada.
Después, gritos.
Me levanté. Tomé la tela encerada con los cuadernos. Tomé la lente. Tomé la plomada.
—Los frascos —dijo Leo.
Ya estaba de pie, agarrado a la esquina del banco con las dos manos, blanco como la cera, y señalaba con el mentón el estante alto que yo había olvidado.
—Tres frascos, y el compás. —La voz le salió fina, pero le salió entera—. Y no agarres mi tablero, Aurelia. Pesa y no sirve para nada.
Tomé los frascos. Tomé el compás de nuestro padre.
Dejé el tablero y el dibujo clavado en la pared, y algo dentro de mí se negó a mirar en esa dirección.
—La escalera —dije—. ¿Puedes?
—Puedo bajar. No puedo correr.
—Entonces baja.
Bajó solo, agarrado al pasamanos, un escalón cada vez, con una terquedad que dolía mirar.
Detrás de nosotros, Halm se arrastraba hacia la puerta de la calle con una mano extendida y la otra todavía en los ojos, y no estaba pidiendo socorro.
Estaba contando en voz alta.
—Un bisturí de restauración, dos estiletes, doce pinceles de marta, una prensa de esquina...
Inventariando. De rodillas, ciego, con la cara quemada de fuego blanco, el hombre seguía haciendo la lista del embargo.
—Se llevó al niño —dijo entonces, sin cambiar el tono, para unos colegas que no lo escuchaban.
Y añadió la cosa que me dijo todo sobre el mundo en el que yo vivía:
—Se llevó el activo.
Valmora a las cuatro y media de la madrugada es una ciudad de dos capas.
Arriba, el hollín: verde enfermo bajo las farolas, denso en los callejones estrechos, con olor a moneda vieja.
Abajo, el metal.
Y el metal habla.
Tiré de Leo por la muñeca Callejón del Vidrio abajo y doblé en la primera boca de callejuela, y no elegí la callejuela con los ojos: la elegí escuchando.
Porque Soteria mantiene guardias contratados en las esquinas del distrito, y el guardia contratado usa hebilla grande de latón en el cinturón, y el latón es fino y sucio y canta la misma nota todo el tiempo, y esa madrugada había latón en tres de las cuatro salidas.
Fui por la cuarta.
En la boca de la callejuela, apoyado en la pared con las manos en los bolsillos como quien espera a alguien, estaba Belmiro.
No dijo nada. Solo levantó el mentón hacia la Calle de las Cuerdas y después señaló con el pulgar por encima del hombro, hacia atrás, en la dirección contraria.
Por ahí no. Por aquí.
Pasamos corriendo. Él volvió a mirar la pared.
No lo vi de nuevo en mucho tiempo, y hay noches en que todavía pienso en lo que Soteria le hizo a un viejo de las castañas que estaba parado en la esquina equivocada a las cuatro y media de la madrugada.
Aguantó cuatro cuadras.
En la quinta, su mano se me escurrió, y cuando me di la vuelta estaba a gatas sobre las piedras, con los hombros subiendo y bajando demasiado rápido y un sonido saliéndole del pecho que yo ya había oído una vez, pegada a él, en el piso del taller.
No discutí. Le pasé el brazo por encima de mi cuello, lo agarré por detrás de la rodilla y lo levanté.
Mis manos se abrieron de nuevo donde el remo las había abierto, y sentí la sangre caliente escurriendo entre los dedos y mojando la tela encerada, y no había absolutamente nada que hacer al respecto.
—Estás haciendo eso —susurró Leo, contra mi nuca.
—Sí.
—Papá decía que no se hace en la calle.
—Papá decía muchas cosas.
El problema de hacer eso en la calle es que la ciudad entera es una cacofonía.
Un archivo es fácil: tres lentes, una cerradura, silencio.
Una ciudad tiene rejas de alcantarilla, techos de zinc, rieles de carreta, campanas de iglesia, clavos en las puertas, y todo eso cantando junto y uno encima del otro.
Se puede hacer. Cuesta.
Y el costo empieza como presión detrás de los ojos, se vuelve sabor a metal en la boca, y después los colores empiezan a llegar equivocados. El latón se pone marrón en vez de amarillo sucio. El hierro pierde la aspereza.
Cuando llegó la nota equivocada, yo estaba a seis cuadras del puerto.
Oí latón limpio delante de mí, en la salida de la callejuela, y giré a la derecha, hacia el hueco entre dos almacenes, y el hueco estaba lleno de levitas gris plomo.
No era latón. Era estaño.
Botones de estaño. Argos.
Y yo había oído amarillo donde había gris porque el color había empezado a resbalar cinco cuadras antes y lo ignoré, porque no había tiempo de no ignorarlo.
—¡Ahí! —gritó alguien.
No voy a fingir que hubo estrategia después de eso.
Corrí. Corrí con mi hermano a la espalda por dentro del mercado de pescado cerrado, tirando cajones detrás de mí, con los pulmones en brasas y la cara mojada de sudor y niebla, y ya no oí nada más porque la Malla se había ido del todo y yo navegaba como cualquier persona común: con los ojos, a oscuras, a tientas.
Oí botas detrás. Oí una orden gritada. Oí, una vez, muy claro, a un hombre decir viva, y a otro responder y entera, con la naturalidad de quien repite una instrucción aprendida de memoria.
Crucé la Plaza de los Anteojos.
No miré el patíbulo. Nunca miro.
Y desemboqué en el Muelle Nueve con la primera línea gris del amanecer subiendo detrás de los almacenes, y el olor del mar golpeándome la cara, y Leo respirando corto y rápido y caliente contra mi cuello.
Me detuve en el borde del muelle.
El mar estaba vacío.
No había casco de cobre anclado fuera del faro. No había chalupa amarrada a la cadena. No había naranja frío en ninguna parte de esa barra: busqué, y busqué con todo lo que todavía me quedaba, con la cabeza latiéndome y el sabor a moneda en la boca, y no había.
El Navegante Negro había zarpado.
Dijo al amanecer. Dijo contigo a bordo o sin ti a bordo.
Me arrodillé sobre la piedra mojada del muelle, despacio, porque mis piernas simplemente dejaron de discutir conmigo, y senté a Leo a mi lado con la espalda contra el noray.
—Aurelia —dijo.
—Espera.
—Aurelia, viene gente.
Venía.
La oí antes que él, e incluso con la Malla hecha jirones la oí, porque el estaño en cantidad tiene una voz baja y gruesa que atraviesa cualquier cosa: diecinueve, veinte hombres de levita gris plomo entrando al muelle por los dos lados al mismo tiempo, cerrando la plaza de maniobra, sin correr.
No necesitaban correr.
Detrás de ellos, subiendo la rampa de la capitanía con las manos cruzadas a la espalda y ninguna prisa en el mundo, venía un hombre de levita negra al que yo no había visto nunca en mi vida.
Se detuvo a diez pasos. Miró a mi hermano. Miró la tela encerada apretada contra mi pecho.
Y sonrió como quien comprueba una cuenta que cuadra desde hace mucho tiempo.
—Señorita Sarn —dijo Octavian Draust—. Llevo cuatro años esperándola.