SANGRE Y TINTA (El pacto de las sombras nº 1) Capítulo 4 — El precio de un niño
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Capítulo 4 — El precio de un niño

CAPÍTULO CUATRO

El precio de un niño

Dos horas.

Remé de vuelta con el viento en contra y las manos abriéndose en grietas nuevas sobre las viejas, e hice la cuenta mientras remaba, porque hacer la cuenta es lo que me impide gritar.

Cuarenta minutos hasta el Muelle Nueve. Veinticinco hasta el Callejón del Vidrio, con Leo caminando. Quince para juntar los cuadernos, la lente, los frascos y la ropa. Veinticinco de vuelta. Quince de chalupa.

Dos horas exactas. Sin margen para nada.

El margen es lo primero que se pierde y lo último que se lamenta. Mi padre escribió eso en la página cuatro del cuaderno uno, y yo me pasé cuatro años creyendo que hablaba de navegación.

La corriente no ayudó.

Belmiro seguía en la esquina.

A esa hora ya no quedaban castañas: estaba desmontando el tablero, enrollando el hule, con esa lentitud de viejo que hace todo en el mismo orden desde hace treinta años.

—¡Sarno! —Levantó la mano—. ¿Qué cara es esa?

—No puedo parar, don Belmiro.

—Nunca puedes. —Dejó de enrollar el hule—. Niña.

Yo ya lo había pasado.

—Niña.

Retrocedí dos pasos, porque su voz había cambiado.

El viejo estaba mirando hacia el final del callejón, y ya no tenía cara de teoría.

—Hay gente en tu puerta desde las once y media —dijo—. Tres. Abrigo marrón, cuello de terciopelo. Entraron y no salieron.

El suelo se inclinó.

—¿Usted los vio entrar? —pregunté.

—Los vi, e hice algo mejor —dijo Belmiro. Escupió de lado—. Subí y llamé, con la excusa de vender castañas, para ver si el chico estaba bien.

—¿Y?

—Estaba sentado en la cama y me mandó irme con la cara más blanca que he visto en mi vida. —Belmiro me miró—. Me mandó irme, Aurelia. Ese muchacho mandó irse al viejo de las castañas para no meterme en el medio.

Me quedé ahí, en medio de la calle, con el pecho cerrado.

—¿Tiene usted una escalera? —dije.

—Tengo la del fondo de Osmar —dijo el viejo. Ya estaba tirando del hule por encima del tablero—. Ve por la sala de esmeril. Y, niña.

—¿Sí?

—Si sale mal, corre al muelle y no mires atrás. —Hizo un gesto como de espantar una mosca—. Y yo no te vi hoy. Nunca te vi en mi vida. Yo vendo castañas.

Subí por el fondo, por la vieja sala de esmeril, porque quien entra por delante decide el comienzo de la conversación y quien entra por detrás decide el final.

Desde lo alto de la escalera los vi.

Dos de pie, junto al banco, hurgando en mis cosas con esa lentitud de quien tiene autorización. Abrigo marrón con cuello de terciopelo raído. Emblema de latón en la solapa: el cáliz y la serpiente de Soteria.

Y uno sentado en el borde de la cama de mi hermano.

Leo estaba despierto. Sentado, con la camisa abierta hasta el ombligo, los hombros de pajarito encogidos, el pelo rubio caído en la frente sin nadie que se lo apartara, y la cara vuelta hacia la pared con una dignidad que me partió en dos.

El hombre sentado a su lado extendió el pulgar y le levantó el labio superior a mi hermano.

Lo sostuvo así tres segundos. Inclinó la lámpara. Miró.

—Línea continua en la arcada superior —dijo—. Anote: continua, no punteada.

Después soltó. Y Leo cerró la boca y siguió mirando la pared.

El hombre abrió el instrumento que traía en la mano.

Era un calibrador. Grande, de precisión, con escala de nonio, del mismo tipo que Meridiana usa para medir el grosor de una lente. Apoyó las puntas en la piel de mi hermano, a lo largo de la clavícula, corrió la regla despacio y anotó.

—Estadio cuatro —dijo, sin levantar la cabeza—. Confirmado. Ramificación supraclavicular a nueve décimos. Buenas noches, señorita Sarn.

Yo había bajado tres escalones sin darme cuenta.

Se llamaba Halm.

Lo sé porque se presentó, con toda la cortesía del mundo, levantándose y cerrando el calibrador con un chasquido seco que sentí en la base de la nuca. Un hombre flaco, limpio, de unos cincuenta años, con esas manos cuidadas de quien trabaja con papel.

—Cobrador Halm, Soteria, división de créditos vencidos. La señorita debe cuatrocientos once créditos. Está vencido desde hace setenta y dos días.

—El plazo era hasta fin de mes.

—El plazo era. —Sonrió, y no fue una sonrisa cruel, lo que de algún modo era peor—. La deuda se recalculó esta noche. Ocurre cuando el paciente cambia de estadio. Es norma, no es decisión mía.

—¿Y cómo supieron que cambió de estadio?

Halm ladeó la cabeza, casi con cariño.

—Señorita. Dejó de comprar. —Se encogió de hombros—. Un paciente en estadio tres no se salta una dosis. Un paciente que se la salta es un paciente que ya no tiene para quién ahorrar, o ya no tiene plazo. El libro de cuentas lo señala en nueve días. Nosotros vinimos al décimo.

Nueve días.

Leo había diluido la dosis hacía dos días.

Siete días antes de eso, ya la estaba cortando. Solo. Y yo no lo vi, porque yo comprobaba el frasco por el peso y no por el color, y un frasco diluido pesa igual.

—Usted le puso la mano en la boca a mi hermano.

—Se la puse.

—Sin pedirlo.

—Señorita, la línea gingival es el criterio de clasificación.

—Lo dijo con la paciencia de quien explica lo mismo doscientas veces al año—.

No es elección mía. Está en el formulario.

Sin la línea no puedo asentar el estadio, y sin el estadio no puedo ofrecer el acuerdo, y la señorita va a querer que yo ofrezca el acuerdo.

—¿Qué quieren?

—Queremos resolver esto de la forma humana.

—Halm sacó un papel doblado del bolsillo y lo alisó sobre mi banco, encima de mis pinceles—.

Custodia terapéutica. La Compañía asume al paciente, lo traslada a la unidad de Puerto Bajo, administra la contención hasta el desenlace, y la deuda de cuatrocientos once créditos queda íntegramente perdonada.

La señorita sale de aquí esta noche sin deberle nada a nadie.

Yo conozco Puerto Bajo.

Todo el mundo en Valmora conoce Puerto Bajo y finge que no.

Es un galpón. Doscientos catres, sin ventanas, con el olor que se puede imaginar, y de ahí nadie sale caminando.

Y no es caridad: la Compañía recoge al paciente, recoge su crédito residual, revende la asignación de ampollas que sobra a la lista de espera y mantiene el cuerpo respirando el tiempo mínimo para que la operación cierre.

Compran gente con el descuento de morirse.

—No —dije.

—La señorita no preguntó la alternativa.

—No hace falta.

—Se la diré de todos modos, porque es mi deber informar.

—Halm no levantó la voz ni una vez—. Sin acuerdo, el crédito vencido se convierte en embargo.

Embargamos el instrumental de este taller, con el que la señorita trabaja, y el resto de la deuda se convierte en servicio obligatorio.

Treinta y ocho meses, calculando por su sueldo en Meridiana.

—Una pausa delicada—. Y el paciente va a Puerto Bajo de todos modos, señorita.

La diferencia es que, con el acuerdo, la señorita puede acompañarlo. Con el embargo, no puede.

Detrás de él, Leo se había cerrado la camisa y me estaba mirando.

Catorce años. E hizo algo que voy a cargar hasta que me muera: movió apenas la cabeza, una vez, de un lado a otro.

No firmes.

Ese muchacho me estaba diciendo que no firmara.

—¿Puedo pensarlo? —dije.

—Naturalmente. —Halm consultó un reloj de bolsillo—. La señorita tiene hasta las cinco.

—Son las cuatro y diez.

—Cincuenta minutos, entonces. —Guardó el reloj—. Mientras tanto, mis colegas harán el inventario del instrumental, porque, si no hay acuerdo, el embargo empieza a las cinco y un minuto y necesito la lista lista. Es procedimiento. No es personal.

—Don Halm.

Levantó los ojos, y había una sorpresa educada en ellos, porque yo había usado su nombre.

—¿Hace cuánto que hace usted esto?

—Once años.

—¿Y cuántas veces ha visto a alguien firmar?

Lo pensó. Lo pensó de verdad, y esa fue la parte que más miedo me dio de ese hombre: se tomaba las preguntas en serio.

—Casi siempre —dijo—. Es un buen acuerdo, señorita.

Sé lo que la señorita está pensando de Puerto Bajo, y no se equivoca.

Pero ya he visto a una madre firmar a las cinco y dos con el hijo en la cama, y ya he visto lo que le pasa a quien no firma, y prefiero lo primero.

—Guardó la libreta—. No soy un hombre cruel. Soy un hombre puntual.

Uno de los abrigos marrones ya tenía abierta mi caja de restauración y sacaba pincel por pincel y los alineaba sobre el banco como quien cuenta cubiertos.

El otro estaba de espaldas a mí, abriendo el baúl.

El baúl.

Con la tela encerada, el falso fondo, los cuadernos de mi padre, la plomada y la lente de tercer orden que valía ocho meses de medicina y una cuerda al cuello.

Si aquel hombre bajaba dos palmos más, mi problema dejaba de ser Soteria y pasaba a ser Argos.

Tenía cincuenta minutos, una hora de camino y una marea que no me esperaba.

No. No tenía nada de eso.

Tenía un galpón de esmerilador de lentes con cuarenta años de polvo de pedernal acumulado en las grietas del piso, y una lámpara de mercurio encendida sobre mi banco.

El polvo de pedernal es sílice molida fina. Se queda en las grietas, en las vigas, en las hendiduras del revoque, y nadie lo barre porque no sirve de nada: cuarenta años de esmeril entran en la madera.

La sílice en suspensión en el aire, en concentración suficiente, con llama abierta, hace una cosa muy rápida y muy hermosa.

No explota como la pólvora. Se enciende toda de una vez. Un estallido de luz blanca, más caliente que el fuego de una lámpara, que dura menos de un segundo y ciega durante tres o cuatro minutos a quien tenga los ojos abiertos.

Mi padre me contó eso cuando yo tenía nueve años, para prohibirme jugar en el galpón.

—Leo —dije, muy tranquila—. Tápate la cara.

Halm giró la cabeza.

—¿Cómo dice?

Yo ya tenía el pie en la palanca del fuelle de esmeril.

El fuelle viejo está fijado al piso desde antes de que viviéramos ahí. Sirve para soplar la viruta del banco, y nadie lo usa desde hace una década, y yo lo mantengo engrasado porque es lo único de esa casa que todavía perteneció al dueño anterior.

Pisé con todo mi peso.

El soplo barrió el piso y levantó cuarenta años.