SANGRE Y TINTA (El pacto de las sombras nº 1) Capítulo 3 — Lo que saqué del bolsillo de un muerto #2
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Capítulo 3 — Lo que saqué del bolsillo de un muerto #2

A las tres y veinte. No a las tres. La corriente de la barra cambió veinte minutos más tarde de lo que está escrito en todas las cartas que tengo a bordo, exactamente como ella me había dicho, y yo estaba allá arriba sosteniendo la linterna con esa información molestándome dentro del cráneo como una piedra en el zapato.

Subieron seis hombres. Levitas gris plomo, botones de estaño, y el oficial al frente con el cuello alto de terciopelo de los que nunca tiraron de un cabo en su vida.

Conozco el uniforme. Vestí el uniforme. Mandé a cuarenta hombres que vestían el uniforme.

—Capitán Corr —dijo el oficial, con una sonrisita.

—Capitán no. Perdí el título, junto con la pensión y la paciencia. ¿Qué hora es?

—Las tres y veinte.

—Entonces me está estorbando la marea.

Se rio. Caminó por la cubierta como quien visita un inmueble que piensa comprar, pasó el dedo por la borda, miró la escotilla de la bodega dos exactamente medio segundo más de lo debido... y no pidió abrirla.

Eso me lo dijo todo. No venían por las ampollas.

Sabían de las ampollas y no venían por ellas.

—Estamos buscando a una persona —dijo el oficial.

—En este barco solo hay gente a la que nadie busca. Es lo único que tenemos en común.

—Una mujer. —Sacó un papel doblado del bolsillo del pecho—. Entró esta noche en el Archivo Séptimo de Meridiana. Se llevó una lente de tercer orden.

—Entonces es problema de Meridiana.

—Lo sería —concedió— si Meridiana hubiera puesto la denuncia. No la puso. La pusimos nosotros.

Y fue ahí cuando empecé a sentir el mal sabor.

La seguridad privada de un puerto no denuncia el robo ajeno. Argos no persigue vidrio. Argos persigue a gente que sabe algo, y el vidrio es la excusa que va en el papel.

—¿Recompensa? —pregunté, porque un mercenario preguntaría, y en ese instante era muy importante que yo fuera un mercenario.

La sonrisa se le abrió.

—Ochocientos créditos. Viva. —Una pausa calculada—. Entera, además. La orden es específica en eso. Ni un rasguño.

Ochocientos créditos.

Dos meses de comida para diecinueve personas. Dos cajones recuperados. La deuda del puerto saldada con sobra.

Por una mujer que había subido por mi cadena sin invitación, me había tocado las cartas y me había arruinado la noche.

—¿Nombre? —pregunté.

Desdobló el papel y lo giró hacia mí, y yo lo leí a la luz de mi propia linterna.

SARN, AURELIA F. — CARTÓGRAFA.

No ladrona. No sirvienta de Meridiana. No deudora.

Cartógrafa.

No estaban cazando un robo. Estaban cazando un oficio.

Y abajo, al pie, el sello en lacre rojo que conozco mejor que mi propia firma, porque me pasé media vida queriendo tenerlo y la otra mitad queriendo olvidarlo: el sello personal de Octavian Draust.

Mi hermano.

Medio hermano, para ser exactos, que es una corrección que solo me interesa a mí y a nadie más en este mundo.

—¿Algo gracioso? —preguntó el oficial.

—No. —Le devolví el papel—. Solo estaba pensando en lo poco que son ochocientos créditos para tanto barco.

—Si aparece, ya sabe dónde encontrarnos.

—Si aparece —dije—, sé exactamente qué hacer.

El oficial empezó a bajar. Después se detuvo, con medio cuerpo ya fuera de la borda, con ese aire estudiado de quien se guardó la frase de verdad para el final.

—Ah. El director Draust pidió que añadiera una línea, cuando supo que yo pasaría por aquí. —Me miró con un placer que no intentó disimular—. Dijo que, si la mujer iba a buscar un barco, buscaría el suyo.

Me quedé parado en cubierta después de que se fueron, con la linterna apagada y la niebla hasta el pecho, escuchando al cúter alejarse barra afuera sin ninguna prisa.

Si la mujer iba a buscar un barco, buscaría el suyo.

Octavian no me estaba avisando. Octavian me estaba diciendo que lo sabía antes que yo.

Que conocía el nombre en el cuaderno de ella.

Que conocía el número clavado en mi mesa.

Y que había calculado —con esa paciencia de araña que tiene desde los nueve años— que la hija de Elias Sarn, tarde o temprano, se quedaría sin opciones, y que la última puerta del pasillo tendría mi nombre escrito.

Lo que quiere decir que ella no me encontró.

Quiere decir que la llevaron hasta mí, y que yo me pasé cuatro años anclado fuera del faro creyendo que estaba escondido, cuando en realidad me estaban guardando.

Bajé.

Aurelia estaba sentada en el suelo de mi camarote, apoyada en el arcón, con el cuaderno de su padre apretado contra el pecho y los ojos abiertos en la oscuridad. No se había movido.

Encendí la lámpara.

—Se fueron —dije.

—Lo oí.

—¿Oíste qué, exactamente?

—Todo. —Se levantó, y no había ningún temblor en su voz, lo que a esas alturas ya no me sorprendía y empezaba a asustarme un poco—. Ochocientos créditos. Viva y entera. Y un hombre llamado Draust que mandó decir que yo vendría aquí.

—¿Sabes quién es Octavian Draust?

—Sé que es socio director de Argos.

—Es el hijo legítimo del socio director de Argos. —Serví dos jarros, y esta vez ella tomó el suyo—. Yo soy el otro.

No parpadeó.

—¿Eso cambia el precio?

Y me reí. Fuerte, solo, en medio de mi camarote a las tres y media de la mañana, con treinta y ocho cajones de medicina robada en la bodega, un cúter de la guardia volviendo al puerto y el nombre de su padre clavado a estilete en mi mesa.

—Niña —dije—, eso acaba de terminar con el precio.

Tomé los fragmentos de pergamino, el suyo y el mío, y los puse lado a lado bajo la luz.

Las siete cifras coincidían. Trazo por trazo.

—Dos horas —dije—. Tienes dos horas para ir a buscar a tu hermano y volver.

Trae ropa, trae medicina, trae el resto de los cuadernos y no traigas nada más.

Al amanecer zarpo contigo a bordo o sin ti a bordo, y si es sin ti, quemo este pergamino y me paso el resto de la vida fingiendo que nunca vi el número.

Aurelia Sarn dejó el jarro intacto sobre la mesa, junto al frasco de su hermano.

—¿Y su precio?

—Dije que se acabó.

—Todo hombre tiene un precio, capitán. Usted mismo lo dijo tres veces.

La miré.

Y fue ahí cuando rompí la tercera regla, la única que importaba, la que me mantuvo vivo desde los doce años, la que dice nunca quieras nada que no puedas comprar.

—Cuando lleguemos ahí dentro —dije—, vas a decirme qué pasó de verdad con tu padre. Y yo voy a decirte lo que sé.

Ella me tendió la mano.

Y yo se la apreté, sabiendo perfectamente que estaba mintiendo, y que cuatro años de silencio no se pagan con un apretón de manos, y que tarde o temprano esa mujer iba a descubrir que el hombre que la llevaba dentro de la niebla era el mismo que, una mañana de octubre, con uniforme gris plomo y botones de estaño, golpeó la puerta del taller de su padre y se lo llevó preso.