Capítulo 3 — Lo que saqué del bolsillo de un muerto
CAPÍTULO TRES
Lo que saqué del bolsillo de un muerto
Tengo tres reglas. Antes de que cambiara la marea, ya había roto dos.
La primera: no dejar subir a bordo a nadie a quien no pudiera sacar.
La segunda: no mostrarle a nadie el pergamino del fondo del armario.
La tercera la rompí antes del amanecer. Esa es la que importa.
La mujer estaba del otro lado de mi mesa mirando el fragmento como quien mira su propia cara en un vidrio oscuro, y yo había abierto la boca sin consultar a ninguna parte de mí de las que suelen decidir las cosas.
Le saqué esto del bolsillo a un muerto hace cuatro años.
Verdad. Toda ella. Y, aun así, una mentira, porque la frase entera tiene dos mitades, y yo solo dije la que no me condena.
Levantó los ojos.
—¿Qué muerto?
—Un contrabandista.
—Nombre.
—No pregunté.
—Usted preguntó el de mi padre dos veces, a gritos.
Tenía razón, y fue la segunda vez en diez minutos que recibía un golpe de una mujer desarmada dentro de mi propio camarote.
Me senté. No por educación: porque necesitaba la silla.
Y serví. Dos dedos, en el jarro de estaño, sin ofrecer, porque a las tres de la mañana nadie ofrece.
Había una baraja gastada sobre la mesa, del lado izquierdo, donde está siempre. Yo barajo cuando pienso. Es una costumbre de veinte años y ya ni me doy cuenta de que lo hago.
Aurelia Sarn seguía de pie, con la falda mojada hasta la rodilla, las manos abiertas en carne viva por el remo y un estilete de archivo colgándole de los dedos, y me miraba con la paciencia absoluta de quien calcula una órbita.
Y yo tenía cuatro años de silencio atascados en la garganta.
Déjame explicar cómo funciona un hombre como yo, porque eso ahorra tiempo después: yo no miento. Mentir es caro, una mentira exige mantenimiento, una mentira se rompe en el peor momento. Lo que yo hago es cobrar: si quieres saber, pagas. Es más limpio. Nadie se siente traicionado por un precio.
Solo que en ese momento yo no tenía ningún precio que cobrarle. Ella ya había puesto todo lo que poseía sobre mi mesa: cuatro monedas de cobre, el cuaderno de un muerto y un frasco de remedio con la uña de un niño rayando la medida de la dilución.
El frasco seguía ahí, junto a la lámpara, apoyado contra la baraja y la botella: las tres cosas sobre la misma mesa, y yo con unas ganas absurdas de sacar ese vidrio de ahí.
No lograba dejar de mirar el maldito frasco.
—Hizo la división de cabeza —dije.
—¿Qué?
—Tu hermano. —Empujé el frasco medio dedo hacia ella, con un cuidado ridículo, como si el vidrio fuera a morderme—.
Rayó la medida con la uña. Esa es la cuenta de alguien que quiere acertar.
La conozco. A los doce años yo repartía la ración de un barco para nueve hombres con un cuchillo sin filo y no me equivocaba ni en una miga.
Algo en su rostro osciló.
—¿Tenías doce años en un barco?
—Tenía doce años donde me pusieron.
Y ahí tendría que haberme detenido, y no me detuve, porque tenía la cara del muerto en la cabeza y la voz no me obedeció entera:
—Él no hizo nada malo, ¿sabes? Tu padre.
Silencio.
Un silencio muy largo, dentro del cual oí crujir el casco, la cadena torcida golpear dos veces y a alguien, allá arriba, gritar el cambio de la marea.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó ella.
Y entonces mentí por primera vez esa noche, y el precio de esa mentira se fue acumulando día tras día, con intereses, como se acumulan todas.
—Porque Argos solo ahorca a gente que no hizo nada —dije—. Al que hace algo, lo contrata.
No me creyó.
Le vi en la cara que no me creía. Pero también vi que se guardaba la pregunta en vez de gastarla, y eso me dijo más sobre Aurelia Sarn que cualquier cosa que hubiera dicho hasta entonces: esa mujer no interrogaba.
Medía. Hacía la pregunta, anotaba la desviación y volvía después con un instrumento mejor.
La gente así es insoportable de engañar.
—Vamos a lo que importa —dije, levantándome—. Quieres que meta un barco en el Miasma con base en un número clavado en mi mesa. Yo quiero saber si eres una cartógrafa o una falsificadora muy bien informada.
—¿Y cómo piensa descubrirlo, capitán? No hay instrumento en Valmora que compruebe ese número.
—No voy a comprobar ese número. —Tomé el abrigo—. Voy a comprobarte a ti.
La cubierta estaba fría y la niebla había subido hasta la altura del pecho, lo que da esa sensación asquerosa de estar caminando dentro de leche.
Hedra vino detrás de nosotros sin que yo tuviera que llamarla, con el arpón al hombro y esa cara suya de quien ya decidió de qué lado está y espera a que el resto del mundo la alcance.
Llevé a Aurelia hasta la escotilla de la bodega dos.
—Cerrada —dije—. Trancada por dentro desde ayer. No bajaste ahí, no viste el manifiesto, y si viste el manifiesto tengo un problema peor que la Zona Ciega. Dime qué hay ahí abajo.
Ella miró la escotilla como otra persona miraría una pared.
—¿Esto es una prueba?
—Esto es una prueba.
—Quiere que adivine su carga.
—Quiero que escuches mi carga —dije—. Fuiste tú la que vino a decir que oye metal a doscientas cuarenta brazadas en la niebla. O haces esto, o bajas por la cadena y los dos dormimos mejor.
Hedra abrió la boca para decir algo y yo levanté dos dedos. La cerró.
Aurelia se quedó quieta.
Después se agachó, apoyó la palma de la mano en el entablado junto a la escotilla, cerró los ojos y se quedó así el tiempo suficiente para que yo empezara a sentirme un idiota.
Cuando habló, fue en un tono completamente distinto. Bajo. Ausente. Como quien lee en voz alta un texto que solo ella ve.
—Vidrio —dijo—. Mucho vidrio. Pequeño, en serie, apilado en cajones de madera con zuncho de hierro.
Treinta y nueve zunchos... cuarenta. Cuarenta cajones.
—Una pausa—. No es vidrio vacío. Hay líquido dentro, y el líquido tiene plata en suspensión, y la plata en suspensión dentro de vidrio sellado zumba de una manera que conozco mejor de lo que quisiera.
Hedra dejó de respirar a mi lado.
—Sigue —dije.
Aurelia abrió los ojos. Y cuando me miró, ya no quedaba nada de negociadora ahí dentro.
—Son ampollas de contención de Soteria —dijo—. Cuarenta cajones. Eso es... —Hizo la cuenta, y yo vi la cuenta suceder, y vi el momento exacto en que llegó el número—. Eso es medicina para novecientas personas durante tres meses.
—Treinta y ocho cajones —corregí—. Faltan dos desde ayer. Y es exactamente por eso que llevo tres semanas de un humor pésimo.
Se levantó despacio.
—Usted contrabandea contención —dijo.
—Yo transporto contención.
—¿Para quién?
—Para quien paga.
—¿Para quién, capitán?
Ya había adivinado la mitad, y media versión es peor que la verdad entera:
—Para un comprador del Muelle Once que revende a la mitad del precio del dispensario —dije—.
Sin receta, sin registro, sin fila a las cuatro de la madrugada.
Treinta y dos créditos se vuelven quince.
—Crucé los brazos—. Tienes esa cara porque crees que lucro con la enfermedad de tu hermano.
Y lucro. Cobro flete, cobro riesgo, cobro silencio.
Y, aun así, cada cajón que meto en esta bodega saca a setenta y tres personas de la fila de Soteria durante un mes.
Puedes elegir cuál de las dos frases te ofende más. Las dos son verdad.
Aurelia Sarn me miró durante un tiempo insoportable.
—Quince créditos —repitió.
—Quince.
—Yo pago treinta y dos desde hace dos años.
—Lo sé —dije—. Por eso te ofrecí doce mil y no veinte. Ya sabía que no los tenías.
No sé qué esperaba. Gratitud, quizá, lo que habría sido una estupidez.
Lo que hizo fue girar la cara hacia el mar, apretar los dedos en la borda hasta que los nudillos se le pusieron blancos y decir, con una voz muy controlada:
—Dos años. Podría haber pagado la mitad durante dos años. Habría comprado el doble. Él estaría en estadio dos. —Una pausa corta—. El estadio dos no es terminal, capitán.
Y yo no tenía nada que responder a eso.
Porque tenía razón. Porque la cuenta cuadraba. Porque mi negocio limpio, mi esquema decente, mi pequeña excepción moral en medio de un mundo podrido, había llegado demasiado tarde a la puerta de una casa concreta, y la casa era la suya.
Fue la primera vez en cuatro años que sentí ganas de devolver dinero.
—Capitán.
Rask vino de proa casi corriendo, y Rask no corre.
Mi primer oficial desde hace seis años: bajo, macizo, con esa barba rubia ridícula que se recorta con un cuchillo de cocina, y la única persona a bordo que sabe dónde guardo todo lo que importa.
—Luz —dijo—. Dos millas, entrando por la barra. Viene despacio.
—¿Pesquero?
—Un pesquero no viene con dos fanales alineados.
Me di la vuelta. Hedra ya se estaba moviendo.
—Apaga todo —dije—. Lámparas de cubierta, fuego de cocina, pipas. Los hombres acostados. Nadie habla por encima de un susurro. —Miré a Rask—. Los dos cajones que faltan. ¿Revisaste la bodega tres?
—La revisé. —Vaciló medio segundo—. Está todo ahí.
Medio segundo es mucho tiempo.
Me lo guardé, como ella se había guardado mi mentira, y lo mandé a proa.
Después me volví hacia la mujer que había jurado echar de mi barco.
—Tú —dije—. Al camarote. Debajo de la litera, detrás del arcón. No sales, no toses, no respiras fuerte.
—¿Por qué?
—Porque un cúter de Argos está entrando por la barra a las tres de la madrugada con dos fanales encendidos, y un barco de guardia solo enciende los dos fanales cuando quiere que lo vean.
—La empujé por el hombro hacia la escalera—.
Quieren que sepamos que vienen. Eso no es una patrulla. Eso es un recado.
Fue.
Y se detuvo en la escotilla.
—Capitán.
—¿Qué?
—Si suben a bordo —dijo Aurelia—, ¿va a entregar las ampollas o va a entregarme a mí?
Debería haber mentido. Era más fácil.
—Todavía no lo he decidido —dije.
Asintió una vez, como quien recibe un dato técnico, y bajó.
El cúter se puso al costado a las tres y veinte.