Capítulo 2 — El hombre que cobra en monedas que no sabes que tienes
CAPÍTULO DOS
El hombre que cobra en monedas que no sabes que tienes
Antes de subir a ese barco yo ya sabía tres cosas sobre Lucan Corr, y las tres se las compré al viejo Manso junto con el nombre.
La primera: bebe whisky, y no aguardiente, lo que en Valmora es casi una declaración política; el aguardiente es lo que se toma en una taberna de muelle, el whisky es lo que viene de Oravel en barril y cuesta cuatro veces más.
La segunda: cuando el Navegante Negro atraca, él desaparece tres días en La Linterna Torcida, casa de tolerancia del Muelle Once, de esas que tienen puerta a la calle y una cortina de terciopelo raído y un letrero que no dice lo que es.
La tercera: juega al tresillo, juega mal y paga lo que pierde en el mismo minuto.
Pasé frente a La Linterna Torcida esa noche, camino de la chalupa, porque quedaba de paso y porque quería ver.
La puerta estaba abierta por el calor.
Había una mesa redonda al fondo, bajo una lámpara de latón, y cinco hombres alrededor con cartas en la mano, y mi capitán era el que estaba de espaldas a la puerta, que es el lugar que nadie elige, y que él había elegido.
Hombros enormes. Camisa abierta. Una botella por la mitad junto al codo y un vaso que no soltaba entre jugada y jugada.
Perdió la mano mientras yo miraba. Empujó las monedas por la mesa sin discutir una palabra, como quien paga la cuenta del panadero.
Y una mujer vino por detrás de él y le puso la botella llena en la mesa antes de que la pidiera.
Pelirroja. Treinta y tantos. Un vestido bueno que alguna vez fue muy bueno, y una manera de moverse por esa sala que decía, sin necesidad de decirlo, que ella era dueña de alguna parte de aquello.
Le apoyó la mano en el hombro al servirle.
No fue un gesto de la casa. Fue el gesto de quien lo hace desde hace años y ya ni piensa en el asunto.
Él ni levantó la cabeza. Dijo algo corto —tres palabras, quizá cuatro— y ella se rio, y su risa fue demasiado grande para el tamaño del chiste.
Después él puso dinero en la mesa. Ahí, delante de los cuatro hombres y de toda la sala, sin bajar la voz y sin ninguna ceremonia, exactamente igual que había empujado las monedas de la mano perdida.
Y fue eso lo que se me quedó. No la mujer, no la bebida, no las cartas.
El modo en que ese hombre pagaba por todo.
Supe su nombre después, mucho después, cuando ya no me servía de nada: Luna. Es dueña de la mitad de La Linterna Torcida y trabaja allí desde los dieciocho.
Y supe otra cosa, también demasiado tarde, y esa me llevó tiempo poder cargarla sin rabia alguna: que ella esperaba ese barco.
No la carga. No su dinero, que ella rechazaba y él la obligaba a aceptar.
El barco.
Desde hacía dieciséis años.
Y él nunca durmió allí. Ni una vez, en dieciséis años: subía, bajaba, dejaba el dinero en la mesa y volvía a bordo antes de la campana de las dos, porque hombre que duerme en tierra amanece debiendo, y esa es una frase que le oí decir más tarde y que esa noche todavía no había oído.
Seguí hacia la chalupa.
Y, remando, armé en la cabeza el inventario del sujeto que iba a contratar: un borracho de whisky caro, mal jugador de tresillo, cliente de casa de tolerancia, sin licencia, sin bandera y sin apellido.
Fue el retrato más equivocado que le hice a alguien en toda mi vida, y yo hago retratos de cosas para vivir.
El Navegante Negro estaba anclado fuera del faro, y lo encontré sin ver nada.
Había niebla baja sobre la barra, de esa que se traga la luz de las linternas a tres brazas, y yo remaba una chalupa robada con las manos ya en carne viva. Sin faro. Sin estrella. Sin una línea de costa para orientarme.
Y es aquí donde el oficio de mi padre me habría abandonado, si yo tuviera solo su oficio.
El sondeo se hace con plomada. La posición se hace con sextante, fijando tres puntos conocidos en tierra y cruzando los ángulos. Así es desde hace doscientos años, así se levantó toda carta que existe, y es una cosa maravillosa y absolutamente inútil cuando no se ve tierra alguna.
Sin tres puntos no hay posición. Sin posición, un sondeo es solo un número suelto.
Por eso mi padre se pasó la vida buscando otra referencia.
Yo tenía una.
El cobre alquímico tiene una voz que ninguna otra cosa en este mundo tiene.
El hierro es grave y áspero, un ronquido de fondo de olla. El latón es fino y sucio. El cobre tratado en el baño de Ferruvia —el que blinda el casco contra el Miasma— canta en dos notas al mismo tiempo, y la distancia entre ellas tiene un brillo de color que solo sé describir como naranja frío.
Había un casco naranja frío al oeste-noroeste de mi proa. Grande. Quieto. Con la cadena del ancla medio tono por encima del resto porque estaba torcida sobre sí misma.
Corregí el remo tres grados. Conté doscientas cuarenta brazadas.
El barco salió de la niebla exactamente donde yo había calculado, negro y enorme y sin bandera, con el nombre raspado a formón de la popa.
Amarré la chalupa a la cadena torcida.
Y subí.
No llegué a la cubierta.
Una mano se cerró en mi muñeca cuando pasé la borda y me arrastró por encima con una brusquedad eficiente, y aterricé de rodillas sobre una tabla mojada con la punta de un arpón de focas a dos dedos de la garganta.
La mujer que lo sostenía tenía cincuenta y tantos años, el pelo canoso recogido en una trenza corta y los antebrazos marcados por quemaduras químicas hasta el codo.
Me llevó tres días entender qué era ella en ese barco, y le ahorraré eso a quien lea: era la contramaestre.
El contramaestre no es el capitán. El capitán decide adónde se va; el contramaestre responde por todo lo que se lleva: casco, cabo, vela, provisiones, carga y gente.
En un barco grande es un cargo. En un barco de diecinueve desterrados sin licencia, es la persona que arregla lo que se rompe, y a bordo del Navegante Negro se rompía todo, hombres incluidos.
Y como un barco proscrito no tiene cirujano, era ella la que cosía.
—Despacio —dijo—. La mano abierta. Eso. Ahora explícame por qué no debería gritar.
—Porque si gritas, los dos de proa vienen corriendo, y uno de ellos suelta la pipa, y no les queda mucho a bordo para que se queme.
Me miró desde arriba. Después miró la chalupa, allá abajo, sin una sola linterna.
—Viniste desde fuera del faro. Con esta niebla.
—Sí.
—Con este tiempo, nadie encuentra este barco. Ni quien sabe dónde está.
—Yo sé dónde está todo.
Fue lo incorrecto para decir, o lo correcto. Frunció el ceño y cambió el peso de pie.
—Hedra.
—Aurelia.
—Aurelia. —El arpón bajó dos dedos. Solo dos—. Si estás aquí para vender ampollas, contrabandear gente o cobrar una deuda, te devuelvo a esa chalupa y corto la amarra. Somos diecinueve a bordo con comida para nueve días, y a ninguno le queda paciencia.
Nueve días.
Me guardé el número. Los números son lo que tengo.
—Estoy aquí para contratar el barco.
Hedra se rio. Fue un sonido cansado.
—Niña, este barco zarpa al amanecer con una carga que no es mía y un destino que no elegí, y el hombre que decide eso lleva tres semanas de un humor pésimo.
—Entonces mejor hablo con él antes del amanecer.
Lo primero que me tocó en ese barco no fue una persona.
Fue un hocico —enorme, frío y mojado— metido con toda la confianza del mundo bajo mi mano cerrada, y casi grité.
—Déjalo —dijo la contramaestre, sin bajar el arpón—. Si te huele y no gruñe, entras. Si gruñe, no voy a necesitar el arpón.
Era un perro negro —negro entero, sin una sola mancha, del hocico a la punta de la cola— y era grande de un modo que no tiene sentido en un barco.
Le levanté el mentón con la mano para verle la cabeza a la luz y la cabeza no me cupo en la palma. Pelo corto y duro. Pecho de barril. Una oreja rasgada por la mitad. Y ese andar de animal al que han pateado muchas veces y que decidió, en algún momento, no guardar rencor por ello.
Cuarenta y ocho kilos.
Lo pesé tres días después, en la balanza de carga de la bodega, porque no puedo no medir las cosas y porque Duro apostó dos créditos a que pasaba de cincuenta.
Me olió la mano, olió el borde de la falda, soltó un estornudo de desprecio y se sentó sobre mi pie.
—Se sienta encima del pie.
—Se sienta encima del pie de quien él decide —dijo ella—. Se llama Brea.
—¿Por el color?
—Por el olor, al principio. —Por fin bajó el arpón—. Y el nombre se quedó.
Vi el barco de cerca por primera vez ahí, desde la borda, y no era lo que yo esperaba.
Me había imaginado algo afilado. El Navegante Negro es achaparrado: unos treinta y cinco metros de proa a popa, panzudo en el medio, hecho para cargar y no para correr.
Dos mástiles. Casco de roble forrado de cobre de Ferruvia hasta un palmo por encima de la línea de flotación, y el cobre, que era rojo cuando nuevo, se había vuelto ese verde oscuro de moneda vieja que se come el casco entero.
No había bandera, ni gallardete, ni figura de proa. En la popa, el lugar donde iba el nombre estaba raspado a formón hasta la madera cruda, y nunca lo pintaron por encima, lo cual es una declaración.
Y estaba limpio. Eso fue lo que me desarmó: cabo enrollado en corona, cubierta baldeada, nada suelto. Un barco de contrabandista suele ser una porquería. Aquel lo mantenía alguien a quien le importaba, y yo todavía no sabía quién.
Ella me llevó por la cubierta, y la cubierta olía a pescado frito.
Eso no me lo esperaba. Qué sé yo lo que esperaba de un barco sin nombre anclado fuera del faro —sangre, quizá, o pólvora—, y lo que había era un fogón encendido junto al mástil del trinquete y dos hombres discutiendo en voz baja.
—No es salar, es curar —decía el mayor de los dos, un tipo achaparrado de Serrelago—. Tú salas por fuera y dejas que salga la humedad. Eso de ahí es ahogar el pescado en sal.
—En Marivéu lo ahogamos en sal desde antes de que existiera Serrelago —respondió el otro, sin levantar la cabeza de la sartén.