Capítulo 1 — Veintiséis días #3
Que Dios me perdone, lo oí, porque yo siempre oigo, porque esa es la maldición de escuchar lo que está hecho de metal y de campo.
Oí latir su corazón, y no fue un latido.
Fue un latido y un tintineo: un segundo sonido detrás del primero, medio tono más arriba, con una resonancia cristalina que no pertenece a ninguna cosa viva.
Me senté en el suelo de mi taller con mi hermano en el regazo e hice lo único que sé hacer, que es medir.
Doce latidos para comprobar el intervalo. La diferencia de altura entre los dos sonidos: medio tono, exacto. El origen, por el color: ámbar sucio oscureciéndose hacia bronce, saliendo de detrás del esternón.
Ya no estaba en las muñecas. Ya no estaba en las extremidades.
La plata había llegado al corazón.
La contención no detiene el estadio terminal. Ningún frasco, ningún crédito, ninguna fila a las cuatro de la madrugada. Yo conocía los números mejor que mi propio rostro: a partir de la resonancia cardíaca, dieciocho a treinta días.
Veintiséis, para un cuerpo pequeño.
Detrás de mí la lámpara de mercurio seguía ardiendo, y sobre el papel la ruta de mi padre seguía encendida y cantando, con la leyenda inacabada y mi nombre escrito por un hombre muerto.
Aurelia, si tú
Leo despertó veinte minutos después, insistió en que había sido solo un mareo y se durmió antes de terminar la frase.
Me quedé sentada junto a la cama hasta que la vela se apagó.
Después bajé, encendí la lámpara otra vez y leí la leyenda entera, que decía lo que yo ya sabía y no quería: que la ruta existía, que llevaba al corazón de la Zona Ciega, y que el único mineral capaz de revertir la cristalización —magia bruta todavía viva, todavía sin refinar— estaba a once días de navegación de donde yo estaba sentada.
Once de ida. A través del Miasma de Plata.
Nadie en Valmora sabe exactamente dónde empieza la niebla, porque la línea se mueve, pero se la ve desde el faro en día limpio: una pared plateada que sube del mar hasta desaparecer a la altura de las nubes, sin cima, corriendo de norte a sur hasta donde alcanza la vista.
No es blanca. Es plateada y aceitosa, y rueda sobre sí misma, contra el viento, sin prisa.
Se come el cobre en nueve días. Derrite el latón. Hace girar las brújulas. Y con los hombres hace algo peor, de lo que quienes volvieron no gustan de hablar en detalle.
Veintiséis menos once menos once son cuatro.
Cuatro días de margen para todo lo que salga mal.
Necesitaba un barco. Y, más que un barco, necesitaba un capitán lo bastante demente para meterlo en una niebla de la que ningún casco vuelve con la tripulación entera.
Envolví el cuaderno tres en la tela encerada. Guardé la lente. Me puse el abrigo pesado.
Y en la puerta me detuve y volví, porque había algo en el baúl que no podía dejar atrás.
La plomada de mi padre. Cáñamo de Marivéu, tres cabos, tratado con trementina y cera de abeja, con las marcas de braza cosidas en cuero y un peso de seis kilos de plomo en la punta, gastado de tanto golpear el fondo.
Plomo.
Me quedé parada con aquello en la mano un segundo largo, porque la cosa acababa de ocurrírseme entera y yo no tenía ninguna gana de haberla notado:
mi padre midió esa costa con plomo en la mano, durante dieciocho días.
Y su hijo se está muriendo de plomo.
Enrollé la plomada en la tela con los cuadernos y salí.
En el Muelle Nueve las gaviotas no duermen.
Son blancas y sucias al mismo tiempo, de esas de pico amarillo con un punto rojo debajo, y pelean toda la noche sobre los techos de los almacenes por restos de tripa.
Su ruido es lo más constante de Valmora después de la campana del puerto: un grito rajado, de puerta oxidada, que sube y baja y nunca termina.
Crecí oyendo aquello por la ventana y nunca aprendí a que me gustara.
El viejo Manso trabaja en una mesa de pescado vacía al final del Muelle Nueve, y no vende pescado. Vende nombres.
Me costó el anillo de mi madre, que él examinó bajo su propia lente sin ceremonia alguna antes de guardárselo en el bolsillo.
—Miasma —repitió, como quien comprueba si oyó bien—. Quieres a alguien que entre en el Miasma.
—Sí.
—¿Sola? ¿Con carga?
—Con un pasajero enfermo.
Se rio. Fue un sonido feo.
—Niña, hay cuatro capitanes en este muelle que aceptan contrabando de ampollas, dos que aceptan gente y ninguno que acepte la niebla. —Se rascó el mentón—. Ninguno, quiero decir... ninguno que todavía tenga licencia.
Esperé.
Manso miró por encima de mi hombro, hacia el final del muelle, donde no llegan las luces del puerto. Y bajó la voz, no por respeto, sino como se baja la voz cerca de un perro dormido.
—Hay un casco de cobre anclado fuera del faro, sin bandera, con el nombre raspado de la popa. Le dicen Navegante Negro. —Una pausa—. Y está el hombre que lo manda, que fue capitán de la Guardia de Argos hasta que Argos decidió que él ya no existía. Lucan Corr.
El nombre le hizo algo al aire.
—¿Él entra en la niebla?
—Él entra en cualquier parte por un precio. —Manso se encogió de hombros—. El problema no es convencerlo. El problema es que cobra en cosas que no sabes que tienes.
Me cerré el abrigo en el cuello. El viento venía del mar, y traía sal, y traía ese olor metálico de moneda vieja que solo existe cuando el Miasma está subiendo del otro lado del faro.
Veintiséis días.
—¿Dónde? —pregunté.