Capítulo 1 — Veintiséis días #2
Nuestro taller está al final del Callejón del Vidrio, en un galpón que fue de un esmerilador de lentes y todavía tiene polvo de pedernal en las grietas.
Una habitación arriba, una abajo. Huele a goma, cera de sellar y té de corteza amarga, que Leo insiste en preparar porque dice que el olor es mejor que el sabor, y tiene razón en las dos mitades.
La luz estaba encendida arriba.
—Deberías estar durmiendo —dije, subiendo.
—Deberías haber llegado a las once.
Estaba sentado en la cama, la espalda contra la pared, el tablero sobre las rodillas, dibujando a la luz de una vela de sebo; la buena la guardamos para las noches malas.
Catorce años. Hombros de pajarito.
Y nada mío. Leo salió en todo a nuestra madre: pelo rubio fino y ondulado, que le cae solo en la frente y que él aparta con el dorso de la mano cuarenta veces al día sin darse cuenta, y ojos verdes, verdes hondos, de agua quieta, con un borde más oscuro alrededor.
Donde yo soy oscura y dura, él es claro y liviano.
Solo la costumbre es mía: morder la punta del carboncillo cuando piensa.
—Traje castañas —dije.
—¿De Belmiro? —dijo él, sin soltar el tablero.
—De Belmiro.
—¿De las partidas que no sirven para vender?
—De esas mismas.
—Un día se va a dar cuenta de que lo sabemos. —Leo tomó el cucurucho—. Y va a ser terrible, porque va a tener que admitir que nos quiere.
—Nunca lo va a admitir.
—Nunca. —Se metió tres castañas en la boca de una vez—. Preferiría morirse.
Me quedé parada en la puerta mirando a mi hermano comer castañas robadas a un viejo que se roba a sí mismo para dárnoslas, y había una parte de mí que quería congelar ese minuto y vivir dentro de él.
—Hace demasiado frío para que estés sin calcetines.
—Es demasiado tarde para que estés con el delantal de trabajo. —Ni levantó los ojos—. Robaste algo.
Me detuve.
—¿Cómo dices?
—Caminas distinto cuando robas. Se te queda el hombro izquierdo más alto. —Giró el tablero hacia mí—. Terminé la serie. Rehíce el tercero porque el sombreado estaba mintiendo sobre la inclinación.
Le quité el tablero de las manos porque era más fácil que mirarle la cara.
Estaba bien. Bien de verdad. Las curvas de nivel con ese espaciado vivo que no se enseña. Y en la esquina, con la letra apretada que heredó de un hombre al que apenas conoció:
Aquí la luz no llega. Verificar en campo.
Verificar en campo.
—Está bien —dije, y la voz me salió casi correcta.
—¿Está bien o está bien para mí?
—Está bien, Leo.
Sonrió, y la sonrisa le comió media cara.
Y entonces dijo:
—Antes de que se te ocurra mentir otra vez: no tomé la dosis de ayer.
La caja se detuvo a mitad de camino del banco.
—¿Qué?
—Quedaba un dedo de frasco. Lo diluí. Alcanzó hasta esta mañana.
—Perfectamente tranquilo, con esa expresión irritante de quien ya ensayó el argumento entero—.
Ibas a comprar otro mañana. Y mañana ibas a vender el compás de papá.
Así que lo diluí, y el compás sigue ahí. Haz la cuenta. Yo la hice. Sale bien.
—No sale bien, tú—
—Sale —dijo él—. Sale, si me quedo quieto y no subo escaleras.
Yo iba a gritarle. Juro por todo lo que me queda que iba a gritarle, y iba a ser injusto, y fuerte, y bueno, y los dos nos íbamos a sentir mejor después.
Pero tenía una lente de tercer orden cosida en el forro del delantal.
Y, más que gritar, quería mostrarle que la cuenta no tenía por qué salir bien, porque yo iba a cambiar los términos de la cuenta entera.
—Quédate ahí. No subas escaleras. No hagas nada. Mira.
Saqué el cuaderno tres del fondo del baúl, bajo dos capas de tela encerada y un falso fondo que mi padre no llegó a ver terminado.
Cuero agrietado, esquinas comidas. Dentro: ochenta y dos páginas de anotaciones de campo —presión, humedad, variación magnética, temperatura del agua— y veintiuna páginas en blanco al final, que nunca tuvieron sentido, porque Elias Sarn no era hombre de desperdiciar papel.
Descosí el forro. La lente cayó en mi palma, verde y fría.
—¿Qué es eso? —preguntó él.
—Tercer orden. Pedernal con suspensión. Lee capas de tinta.
—¿Robaste una lente de tercer orden?
—Robé la que estaba más cerca.
—Aurelia, eso es horca...
—Sé lo que es. —Salió más duro de lo que quería, y le vi encoger el cuello medio dedo. Bajé el tono—. Lo sé. Mira.
Encendí la lámpara buena. La de mercurio.
La luz verde llenó el taller y lo pintó todo de fondo de botella: el banco, la cara de Leo, el polvo de pedernal flotando en el aire quieto. Abrí el cuaderno en la primera página en blanco. Apoyé la lente en el aro. Ajusté la altura hasta que el foco cayó limpio.
Nada.
Giré medio grado. Nada. Cambié el ángulo de incidencia a quince, a veinte, a veintidós y medio...
...y en los veintidós y medio la página despertó.
No es la palabra correcta. No existe la palabra correcta. La superficie se llenó de líneas, y las líneas no estaban pintadas ahí: estaban bajo el papel, un palmo más abajo, como fondo de agua muy clara.
Y cantaron.
Yo lo oí. Un acorde bajo, cuatro notas, sabor a hierro mojado y color de ámbar viejo, y se me erizó la nuca entera, porque aquello no era tinta reaccionando a la luz. La tinta no canta. La tinta no tiene campo.
—¿Está apareciendo algo? —susurró Leo—. Aurelia. ¿Está apareciendo algo?
—Sí.
Las líneas se organizaron. Una costa en recorte fino, con sondeos marcados cada tres brazas. Y sobre ella, trazada a regla, con el rigor de quien sabía que iba a morir y quería dejar prueba: una malla. Una retícula de coordenadas por encima de la Zona Ciega.
Una ruta.
Mi padre no dibujó solamente el lugar prohibido.
Dibujó el camino de adentro.
Incliné la lente un grado más para alcanzar la leyenda, con el corazón en un ritmo que no tuve el valor de contar, y leí las tres primeras palabras de su letra apretada:
Aurelia, si tú
Fue entonces cuando empezó el ruido.
No fue la caída lo que oí primero. Fue el sonido.
Un crujido fino y seco, como hielo nuevo apretado en el puño.
Me di la vuelta.
Leo estaba de pie —se había levantado, el idiota, se había levantado para ver el mapa—, parado en medio del cuarto con una expresión de sorpresa educada, como quien olvidó lo que iba a decir.
Y bajo la piel del cuello, subiendo de la clavícula a la mandíbula, había un hilo de plata.
Fino. Nítido. Brillante como soldadura fresca.
No me acuerdo de cruzar la habitación. Me acuerdo de que la lente se cayó del banco y no me di la vuelta para ver si se rompía.
Me acuerdo de que lo sostuve antes que el suelo, de que pesaba demasiado poco, y de que, cuando lo acosté en el entablado, la cabeza se le fue hacia un lado con esa mansedumbre horrible.
—Leo. Mírame.
Tenía los ojos abiertos. Solo eso. Abiertos.
Le rasgué el cuello de la camisa. Los hilos estaban por todas partes: hombros, clavículas, ramificándose bajo la piel como raíz de hielo en el vidrio.
E hice lo que hace la Compañía, lo que había visto hacer a un hombre de abrigo marrón con un desconocido en la fila del dispensario y había jurado que nunca le haría a mi hermano:
le levanté el labio con el pulgar.
La línea azul estaba ahí. Del ancho de un cabello, azul grisácea, recorriendo todo el borde de la encía superior.
En febrero no estaba. Yo lo revisé en febrero.
Apoyé la oreja en su pecho.
Y lo oí.