Capítulo 48
Anclas silenciosas
Adrian
No me duermo del todo.
Es extraño. Tengo el cuerpo rendido, la cabeza ligera, el pulso todavía lento por el alcohol y por ella…
pero no logro caer completamente en la inconsciencia.
Hay una parte de mí que se mantiene despierta, alerta, como si temiera que, si cierro los ojos demasiado tiempo, todo lo que acaba de pasar se desvaneciera como el humo.
Su respiración sobre mi pecho es un recordatorio silencioso de que esto es real. Su mano descansa sobre mi costado, justo donde mi corazón late con fuerza y se empeña en dejar una marca sobre sus dedos. Está profundamente dormida, confiada, y yo no puedo dejar de mirarla.
No sé qué hice para merecer esto. Ni siquiera estoy seguro de merecerlo.
Mi cabeza da vueltas, pero no por las cervezas. Sino por lo que dijo.
"Adrian… te quiero."
Su voz todavía resuena en mí cabeza como un eco suave que no sé cómo sostener. No sé cómo manejar algo así. Nunca he sabido. El amor siempre ha sido una palabra que otros podían pronunciar con facilidad. Yo solo lo observaba desde fuera, como quien mira un barco alejándose sin poder subir a bordo.
Y sin embargo, cuando lo dijo, no sentí miedo. Sentí… calma. Como si todas las piezas tensas de mi cuerpo se soltaran un poco, como si todas las cadenas invisibles que me marcaron desde niño se disolvieran, aunque solo fuera por un instante.
La abrazo con más fuerza, temiendo que se me escape, aunque sé que no lo hará. No después de verla mirarme así. No después de escuchar mi nombre en su boca como si fuera algo hermoso.
No estoy acostumbrado a la ternura. A que alguien me vea sin arma, sin cicatrices, sin sombra. Y ella lo hace como si fuera natural. Como si siempre hubiera estado destinada a hacerlo.
La abrazo con más fuerza, temiendo que se me escape, aunque sé que no lo hará. No después de verla mirarme así. No después de sentirla temblar contra mí y de escuchar mi nombre en su boca como si yo fuera algo hermoso.
No estoy acostumbrado a la ternura. A que alguien me mire como si no fuera un arma, un error, o un recordatorio de cosas rotas.
Elara lo hace sin esfuerzo. Como si fuera lo más natural del mundo.
Bajo la mirada y la observo. El pelo negro le cae sobre la mejilla, está enredado, pero es suave. Su respiración es tranquila y confiada. Su cuerpo encaja sobre el mío como si hubiera sido diseñado para ello.
Quiero memorizarla así.
—¿Cómo diablos haces esto conmigo? —susurro, sabiendo que no me oye.
Me arde la garganta. No por el alcohol. Por todo lo que nunca supe decir. Por la incredulidad de que alguien pueda ver todas mis sombras y aún querer quedarse.
No solo no se va. Me elige.
Cierro los ojos y dejo que mis labios murmuren algo que hasta ahora nunca había dicho en voz alta:
"Yo también te quiero."
Las palabras emergen sin cálculo, sin miedo. Honestidad pura, que ahora me despierta con una punzada en el pecho. Pero no me arrepiento. No podría, aunque quisiera.
Acaricio su espalda con la yema de los dedos, despacio, con cuidado. No quiero despertarla, pero tampoco puedo dejar de tocarla. Necesito esta conexión, esta ancla silenciosa que me recuerda que por primera vez —solo por una vez— no estoy luchando contra nada.
Me sorprende lo fácil que es respirar cuando ella está aquí. Todo el peso del pasado, las traiciones, la sangre derramada… desaparece, aunque sea solo por unas horas.
—No voy a dejar que nada te haga daño —susurro, contra su cabello—. Ni a ti, ni a lo nuestro.
Porque lo que estamos construyendo… lo quiero proteger. Aunque no sepa cómo. Aunque nunca me enseñaran.
Ella suspira en sueños y se acurruca aún más contra mí, como si entendiera algo que yo apenas puedo poner en palabras. Como si supiera que esta noche no habrá tormenta que nos arrastre.
Cierro los ojos, dejando que el sueño me alcance. La última sensación antes de rendirme es ella: su olor, su calor, su latido tranquilo contra mi pecho.
Nunca había sentido algo tan simple y tan imposible a la vez.
Que alguien me toque y me vea sin miedo, sin juicio…
Y, aun así, aquí está ella, sosteniéndome, recordándome que puedo ser humano, que puedo respirar sin fantasmas.
Mientras esté con ella, quizás por primera vez, todo lo que he vivido no me rompe, me construye.
Y pienso, justo antes de dormirme: si todas las noches sin anclas pudieran ser así, entonces por primera vez en mi vida, no me importa no tener un lugar fijo donde sostenerme. Ella es suficiente.