Capítulo 47
Silencio para dos
Elara
No sé cuánto tiempo pasa antes de que el sueño empiece a tirar de nosotros como una corriente suave.
La habitación está en penumbra, apenas iluminada por la luz anaranjada del farol del puerto que se cuela entre las cortinas.
La respiración de Adrian, cálida y rítmica en mi cuello, me adormece…
pero algo dentro de mí se resiste a cerrar los ojos del todo.
Quizá porque siento que este momento —este exacto— no volverá.
Él se mueve un poco, como si peleara con un sueño liviano. Su brazo, pesado, me aprieta contra su pecho. Su nariz roza mi clavícula. Y entonces escucho algo que no esperaba:
—No te vayas, por favor… —susurra, casi imperceptible, como si hablara desde muy lejos.
Le acaricio el pelo suavemente.
—No pienso irme —contesto, bajito, como si tuviera miedo de romperlo con mi voz.
No sé si me oye. Tal vez no. Tal vez habla desde ese rincón vulnerable donde duerme el niño que fue y el hombre que lucha por ser ahora.
Me recoloco para poder verlo mejor. Está aferrándose a mí, con el entrecejo relajado por primera vez desde que lo conozco. La luz le dibuja sombras suaves en la mandíbula, y la respiración le levanta el pecho de forma tranquila. Todo en él parece… humano. Real. Sin la armadura habitual.
Me duele el alma de lo bonito que es verlo así.
Paso un dedo por la cicatriz de su cuello. Lo conozco tanto ya que sé exactamente cuándo esa línea de piel endurecida se pone tensa. Hoy no lo hace. Hoy es solo una marca, no un mal recuerdo.
Cada vez que lo toco siento que estoy tocando algo que nunca se le dio permiso a sentir. Y aun así me lo ofrece. Me lo entrega sin pensarlo. Sin pedir nada a cambio.
Cierro los ojos un instante y dejo que ese pensamiento me atraviese.
Lo amo.
Lo amo como se ama lo inevitable: con la certeza de que algo dentro de mí escogió esto mucho antes de que yo pudiera admitirlo.
—¿Estás despierta? —murmura de repente.
Abro los ojos. Él me observa desde muy cerca, solo un par de centímetros entre su boca y la mía. Su voz está ronca, desordenada por el alcohol y el sueño.
—Sí —respondo, bajito.
—Lo que dijiste antes… —traga saliva—. No lo dijiste porque era de noche, ni por la cerveza, ¿verdad?
Niego despacio.
—No. —susurro—. Lo dije porque lo siento.
Él inspira hondo. Sus dedos suben por mi espalda como si necesitara asegurarse de que sigo ahí. Me mira como si estuviera decidiendo si creerme o no… pero al final se rinde.
—Elara… —susurra, y su voz tiembla un poco—. Nunca pensé que alguien como tú pudiera…
No termina la frase. No hace falta.
Lo beso, lento, suave, como un recordatorio de que estoy aquí y no me he ido a ninguna parte. Él me devuelve el beso con la misma suavidad, casi con reverencia. Como si tuviera miedo de romper algo.
—Ven aquí —dice al final, arrastrándome delicadamente hacia su pecho.
Su abrazo es firme y cálido. No hay deseo ahora. No ese tipo de deseo. Solo un ancla hecha de brazos que me envuelven y que, por primera vez, no temen quedarse.
Cierro los ojos por fin, sintiendo que el sueño vuelve a llamarme.
Antes de quedarme dormida, escucho su voz, baja y honesta, sin las defensas que suele levantar incluso sin querer.
—Te quiero más de lo que sé decir —susurra.
Y esa frase… esa frase se queda conmigo cuando la noche, finalmente, nos reclama.