Capítulo 46
Una noche sin anclas
Elara
Llegamos al hostal apoyándonos el uno en el otro, riendo demasiado alto para la hora que es. Adrian tropieza con el último escalón y yo lo sujeto del brazo antes de que bese el suelo.
Se gira hacia mí con esa sonrisa torpe, abierta, sin defensas, y algo dentro de mí se derrite sin remedio.
Está borracho. Pero no es un borracho triste ni violento. Está… contento.
Le cuesta enfocar, el pelo se le ha revuelto más de lo normal, la camisa mal abrochada deja ver la línea de su clavícula y ese gesto suyo, tan suyo, de fruncir el ceño cuando intenta parecer serio y no lo consigue. Le brillan los ojos y veo que está intentando contener la risa.
—Te estás riendo de mí —dice, acusador, señalándome con un dedo poco firme—. ¿Sabes que eso no es justo, verdad?
—Un poco —admito, sonriendo—. Estás guapo así, sin darte cuenta.
Parpadea, sorprendido. Luego baja la mirada, casi tímido, como si no supiera qué hacer con el halago.
—Eso… no es justo —murmura, todavía con la sonrisa torpe—. Me pillas desarmado y con la guardia baja.
Abro la puerta de la habitación y entramos a trompicones. Cierro detrás de nosotros. El mundo se queda afuera. De nuevo.
Me apoyo en la puerta un segundo y lo observo sin que se dé cuenta. Adrian se mueve por la habitación como si fuera un lugar seguro, como si no esperara que algo saltara desde las sombras. Se quita las botas de cualquier manera, se deja caer sentado en la cama y se ríe solo, bajito.
Y lo entiendo. Lo entiendo todo de golpe.
Así es como habría sido siempre si nadie le hubiera puesto una espada en el corazón desde niño. Así se ve cuando no está sobreviviendo, cuando no está luchando y cuando no carga con la culpa de otro.
Me enamora con una fuerza que me deja sin aire.
—¿Qué? —pregunta al notar mi silencio, entre curioso y vulnerable.
Me acerco despacio y me coloco entre sus rodillas.
—Nada —respondo, con la voz un poco temblorosa—. Solo estoy pensando que me gustas en todas tus versiones… pero esta me rompe.
Levanta las manos y las deja en mi cintura, inseguro, como pidiendo permiso incluso ahora.
—No quiero estropearlo —dice, bajito—. Hoy… hoy estoy bien.
Me inclino y apoyo la frente en la suya.
El beso llega natural, cálido, torpe al principio por la risa que todavía nos tiembla en los labios. Sabe a cerveza y a algo dulce, a noches compartidas. Sus manos ya no dudan. Las mías tampoco.
Nos desvestimos sin prisa, entre besos y risas ahogadas, como si el tiempo hubiera decidido mirarnos con indulgencia.
Cuando caemos en la cama, lo hago sobre él, mirándolo desde arriba, memorizando cada rasgo: la mandíbula relajada, la cicatriz del cuello que ya conozco de memoria, su pecho firme y duro como la roca, su abdomen trabajado, la forma en que me mira como si yo fuera un puerto al que siempre ha querido llegar.
Le paso las manos por todo el cuerpo como si no pudiera creerme que este hombre fuese mío, no puedo explicarlo.
Agarro su duro miembro y observo cómo el rostro se le contrae.
—Elara… —dice mi nombre como si fuera una verdad recién descubierta—. Por favor…
—Sssh… estoy aquí, marinero —respondo, susurrándole al oído—. Contigo.
Me coloco a horcajadas sobre él, coloco la punta de su miembro en mi entrada y poco a poco me dejo caer hasta el final.
—Elara… —gime, agarrando mis caderas.
Me aferro a él, marcando un ritmo que nos pertenece solo a nosotros.
El sonido de nuestros cuerpos chocando inunda la habitación.
Siento cada parte de él dentro de mí. La noche nos envuelve despacio.
No hay urgencia ni huida. Solo piel que se reconoce, manos que aprenden sin miedo, cuerpos que se buscan con hambre y ternura a la vez.
Un calor comienza a crecer dentro de mí y siento que voy a morir.
El orgasmo me cruza el cuerpo como un latigazo y comienzo a temblar. Adrian me agarra las nalgas en el último momento y estalla dentro de mí, llenándome por completo.
—Eres perfecta —dice, con la voz entrecortada, mientras me abraza como si temiera que lo pudiera perder en el siguiente instante.
Me mira con esos ojos azules y no puedo evitar lo que de repente sale de mi boca.
—Adrian... te quiero —susurro, y veo cómo abre mucho los ojos. Se queda mirándome desde abajo, como si no creyese lo que acababa de decir.
No dice nada. Se queda en silencio, con la respiración entrecortada, y me parece ver que se le escapa una lágrima que había estado conteniendo durante años.
Más tarde, el mundo se reduce a respiraciones lentas y al calor compartido. Adrian me rodea con los brazos y esconde el rostro en mi cuello, como si estuviera aprendiendo a confiar de nuevo.
—Yo también te quiero —murmura, medio dormido, con la voz rota por la emoción y la calma.
Sonrío en la oscuridad, con el corazón lleno y vulnerable.
Y mientras lo abrazo, pienso que tal vez aprender a respirar sin fantasmas es la lección más difícil de todas… y la más hermosa.
El puerto duerme al otro lado de la ventana y entiendo que no todas las noches pasionales nacen del fuego. Algunas nacen de la paz. Y esta… esta es una de ellas.