Sangre y Tempestad (Hijos de la Sal 1) Capítulo 45
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Capítulo 45

Aprender a respirar sin fantasmas

Adrian

Salimos cuando el sol ya está alto, cuando el puerto ha terminado de desperezarse y empieza a oler a pan recién hecho, a pescado, a fruta madura y a humo de leña.

Elara camina a mi lado sin prisa, como si por una vez no hubiera rumbo que trazar ni peligro que anticipar. No lleva armas visibles. Yo tampoco. Ese detalle, tan simple, me resulta casi revolucionario.

El mercado se abre ante nosotros como un caos vivo y ruidoso. Puestos de telas que flamean con el viento, cestas llenas de cítricos, barriles de especias, voces que se superponen en mil acentos distintos. La vida en su forma más obstinada.

—Había olvidado esto —digo, casi para mí—. Gente discutiendo por el precio del pescado como si el mundo no estuviera a punto de acabarse.

Elara sonríe, ladeando la cabeza.

—El mundo no siempre se acaba para todos —responde, suavemente, casi como un secreto compartido.

Caminamos entre los puestos. Ella se detiene a tocar una tela azul oscuro, suave y cara. Me mira de reojo.

—No —digo antes de que hable—. No necesitamos nada.

—No estaba pensando en comprarla —responde, encogiéndose de hombros—. Solo… quería sentir en mis dedos algo bonito.

Asiento. La entiendo más de lo que quisiera.

Un mercader nos ofrece manzanas. Le compro dos sin regatear. Elara arquea una ceja, divertida.

—Estás perdiendo facultades, marinero —dice, entre risas.

—Estoy de descanso —respondo, mordiendo la manzana—. Y no me importa que lo notes.

Se ríe. Esa risa me sorprende todavía, como si no terminara de creer que pueda existir sin consecuencias. Caminamos así un rato largo, compartiendo silencios cómodos, comentarios inútiles y miradas que no pesan.

Más tarde, cuando el cielo empieza a oscurecer, la encontramos. La taberna está llena antes de abrir del todo la noche.

Y allí están ellos. Mi tripulación. Nuestra tripulación. Ray es el primero en verme y levanta la jarra como si hubiera ganado una apuesta invisible.

—¡Míralo! —grita—. ¡El fantasma ha vuelto a la vida!

Las risas estallan. Alguien me da una palmada en la espalda. Otro me tiende una cerveza fría en la mano. Elara desaparece un momento entre abrazos y bromas, y cuando vuelve a mi lado tiene las mejillas encendidas y los ojos brillantes.

—Creí que habíamos quedado en pasar desapercibidos —le digo, con un dejo de reproche divertido.

—Lo intenté —responde, encogiéndose de hombros—. Por cinco segundos.

La música empieza en algún rincón. Una canción vieja, de marineros borrachos y puertos que prometen más de lo que cumplen. Alguien canta mal. Otro canta peor. Pronto todos cantamos.

Yo también. No recuerdo la última vez que lo hice sin sentir vergüenza o rabia.

Brindamos. Comemos hasta quedar llenos. La cerveza corre fácil, ligera, sin fantasmas. Ray cuenta una historia exagerada sobre una tormenta que claramente nunca ocurrió así. Nadie lo contradice.

Me descubro riendo de verdad, con la cabeza echada hacia atrás. Sin pensar.

Miro a Elara. Está apoyada contra la mesa, escuchando a la tripulación como si fueran parte de algo que por fin puede conservar. Cuando nuestras miradas se cruzan, no dice nada. No hace falta.

Más tarde, cuando la noche ya está avanzada y las voces se vuelven roncas, me inclino hacia ella.

—Gracias —le digo al oído, casi en un susurro—. Por esto también.

—No se dan —responde, con un dejo de ternura—. Te mereces una vida feliz. Aunque sea por unos días.

Asiento. Levanto la jarra una última vez. Por ellos. Por el puerto. Por quedarnos.

Mientras las risas llenan la taberna y la canción se repite una vez más, siento algo nuevo florecer en mí: una calma que no había conocido desde que dejé atrás la primera sombra de mi padre, y una certeza que asusta y tranquiliza a la vez.

No todo lo que se pierde deja un vacío. A veces, deja espacio para algo mejor.

Y mientras Elara toma mi mano por un instante, siento que ese “algo mejor” … somos nosotros.