Capítulo 44
Un puerto para dos
Elara
Permanezco unos segundos apoyada contra él, escuchando su respiración desacompasada.
Ya no es el ritmo lento de antes. Hay algo roto ahí dentro, algo que no se ha cerrado con el placer ni con el silencio.
Lo siento en la tensión de su cuerpo, en la forma en que sus brazos me rodean como si temiera que, si aflojara, todo se derrumbara.
Levanto la cabeza despacio y lo miro.
Adrian tiene los ojos abiertos, fijos en la oscuridad del techo, como si todavía viera algo que yo no puedo ver.
—Eh, marinero —murmuro, pasándole la mano por el pelo—, no estás aquí del todo, ¿verdad?
Parpadea y traga saliva.
—Lo intento —responde, con un hilo de voz—. Pero cada vez que cierro los ojos… veo su cara.
Mi pecho se aprieta.
Me incorporo un poco más y me coloco sobre él, no para dominarlo, sino para anclarlo y traerlo de vuelta del lugar donde su mente viaja. Apoyo una mano abierta sobre su corazón.
—Respira conmigo —le digo—. Así, ahora.
No obedece de inmediato. Pero lo hace. Siento el temblor bajo mi palma.
—Lo maté —dice al fin, con la voz quebrada—. No en batalla. Ni como capitán contra enemigo. Lo maté como hijo, ¿entiendes?
No aparto la mano.
—Lo hiciste para sobrevivir —susurro, suave, casi temiendo pronunciarlo en voz alta.
Niega con la cabeza, y su hombro se sacude ligeramente.
—No. Lo hice porque una parte de mí quería que se callara para siempre. Porque llevaba su voz dentro desde niño. Porque incluso muerto… seguía humillándome.
Se le humedecen los ojos y eso me rompe algo muy adentro.
—Tenía miedo de parecerme a él —continúa—. Y ahora no dejo de preguntarme si cruzar esa línea me ha convertido en lo mismo.
Me inclino hasta que mi frente toca la suya.
—Escúchame bien, Adrian —digo, esperando a que me mire—. Tú no lo mataste por poder, ni por odio ciego. Lo hiciste para romper una cadena que llevaba generaciones ahogando a todos a su paso.
Mis dedos se deslizan hasta su mejilla.
—Eso no te convierte en él. Te convierte en el primero que se atrevió a decir “Basta”, ¿lo entiendes?
Cierra los ojos con fuerza.
—No sé quién soy sin esa rabia —confiesa—. Toda mi vida ha consistido en sobrevivir a él, resistirlo, odiarlo, y ahora… ahora solo queda el vacío.
Lo abrazo. Fuerte. Sin cuidado. Como si pudiera soldar algo roto solo con sostenerlo.
—Entonces déjame quedarme contigo en ese vacío —susurro—. No tienes que llenarlo hoy, ni mañana.
Su respiración se desarma contra mi cuello.
—Tengo miedo de que, cuando el silencio se asiente… no quede nada bueno de mí —dice, en un hilo de voz, temblando un poco.
Me separo lo justo para mirarlo a los ojos.
—Yo veo algo bueno en ti —respondo, con honestidad—. Veo a un hombre que eligió no parecerse a quien lo dañó. Veo a alguien capaz de amar incluso cuando todo dentro de él le dice que huya.
Paso el pulgar por debajo de su ojo, limpiando una lágrima que no llega a caer.
—Y te veo aquí, conmigo —susurro.
Se queda callado un largo instante. Luego su mano se aferra a mi espalda, como si por fin se permitiera necesitarme.
—No sé cómo se sigue después de esto —dice—. No sé… cómo respirar sin fantasmas, sin órdenes, sin odio…
Sonrío con tristeza.
—Yo tampoco —respondo—. Pero sé cómo no se sigue.
Apoyo mi frente en su pecho.
—No se sigue huyendo. No se sigue obedeciendo a fantasmas. No se sigue solo.
Levanto la cabeza.
—Quiero quedarme en el puerto este fin de semana —le digo—. Sin barcos enemigos, sin mapas abiertos, sin pasado gritándonos desde la oscuridad.
Me observa, sorprendido, y su ceño se frunce un poco.
—¿Quedarte… aquí? —pregunta, con una mezcla de incredulidad y esperanza.
Asiento.
—Dormir. Caminar. Comer algo caliente. Dejar que el mundo sea pequeño unos días —le digo, mirándolo con honestidad—. Y quiero hacerlo contigo.
Duda. Lo veo en su mirada, en la forma en que sus manos apenas tiemblan al rozar las mías.
—¿Y si no soy buena compañía ahora mismo? —susurra, con un hilo de voz.
Le tomo el rostro con ambas manos, firme pero suave.
—Entonces seremos dos personas rotas compartiendo el mismo silencio —respondo—. Y eso está bien.
Exhala lento y profundo.
—De acuerdo —dice al fin, y un leve temblor de alivio se le escapa.
Sonrío y apoyo la cabeza en su pecho otra vez, escuchando su corazón.
Desde que el mapa despertó, no late solo para el destino. Late para quedarse. Para nosotros.
Y mientras lo abrazo, siento que, aunque el mundo siga girando y el pasado nos persiga, este puerto… este instante… es nuestro.