Capítulo 43
Entre susurros y piel
Adrian
Elara deja la toalla primero.
Estaba acostumbrado a que fuera ella quien marcara el ritmo, quien decidiera cuándo avanzar y cuándo detenerse. La miro sabiendo eso… y aun así no me muevo. Hasta que lo hago.
Doy un paso hacia ella, lento y decidido. Ella alza la vista, sorprendida y por un segundo no retrocede.
—Adrian… —dice, con una media sonrisa—. ¿Qué estás haciendo?
No respondo con palabras. Le tomo la muñeca con suavidad, pero sin dudar, guiando su mano hacia mi pecho todavía caliente por el agua. Su respiración se acelera, no porque dude, sino porque no era ella quien mandaba esta vez.
—Hoy no quiero a mi capitana de siempre —digo en voz baja—. Solo te quiero a ti, desnuda, a mi merced.
Mis dedos suben por su brazo, lentamente, consciente, como si le estuviera pidiendo permiso a su piel. Ella no aparta la mirada. Hay curiosidad en sus ojos. Y algo más profundo.
—Entonces hazlo —susurra—. Pero no hagas que me arrepienta.
Le retiro un mechón de pelo de la cara y se lo paso por detrás de la oreja.
Deslizo mis dedos por detrás de su nuca y le agarro el pelo con fuerza.
La giro bruscamente y acerco su espalda a mi pecho.
Aprieto mi miembro contra su trasero para que note lo excitado que estoy.
Su respiración se acelera cada vez más, puedo notar los latidos de su corazón palpitar contra mi cuerpo.
Mis manos recorren sus pechos y la acerco más a mí.
Siento cómo se tensa, cómo su cuerpo reacciona ante mi contacto.
Sigo bajando mis manos por su estómago, recorro sus costados hasta la curva de su espectacular trasero, la inclino hacía delante, y no le queda más remedio que apoyarse en el borde la cama, me agacho lentamente y admiro las maravillosas vistas que su cuerpo me estaba dando.
— Eres preciosa. — le digo en voz baja mientras le paso un dedo por su hendidura. Elara suelta un gemido que hace que mi miembro duela, la necesito, y la necesito ya.
—No sabía que necesitabas esto —murmuro sintiendo lo húmeda que está.
—Adrian —. susurra con la respiración agitada.
La inclino un poco más para que apoye una rodilla en el borde de la cama, me acerco lentamente, le aprieto las nalgas y le paso suavemente la lengua por su sexo desde atrás.
Dioses, había extrañado tanto su sabor...
— Adrian... — repite mi nombre, mientras yo la devoro.
Estaba hambriento de ella, esta vez era yo el que llevaba la voz de mando y no pensaba parar hasta que temblara de placer. Le meto un dedo y ella arquea la espalda, siento su interior húmedo y caliente. Meto un segundo dedo y sus gritos se intensifican.
— Adrian, no puedo aguantar más, te necesito dentro. — me dice en voz baja.
Elara me mira desde su posición, con los ojos brillantes, desarmada y poderosa al mismo tiempo.
Me incorporo de golpe y acerco la húmeda punta de mi miembro a su entrada.
Dioses, la deseaba tanto. La penetro despacio y ella gime. Empiezo a embestir una y otra vez, cada vez más fuerte, hundiéndome en ella hasta el fondo, notando su estrecho sexo, cálido y húmedo.
—No me sueltes —dice.
—No pienso hacerlo.
Apago la vela que titilaba en la mesilla. La habitación queda en penumbra, cálida, cerrada al mundo. Sigo embistiendo una y otra vez, hasta que puedo notar que está cerca. Sus piernas empiezan a temblar, su interior palpita y sus fluidos me están empapando.
— Adrian... Yo... no.... aahh... — se deshace para mí, y yo exploto en su interior. Su cuerpo queda blando, suelto, temblando con la respiración agitada.
Mis labios bajan lentamente por su nuca, dejando besos que no piden nada a cambio, que saben esperar. Arquea el cuello, respirando hondo, confiando en mí.
Lentamente me tumbo junto con ella en la cama, con mi respiración soplando en su nuca, le paso un brazo por la cintura para que no se separe de mí. Todavía estoy dentro de ella.
Esa noche, por una vez, fui yo quien eligió el ritmo. Y ella, quien decidió someterse a él.
El resto ocurrió sin palabras, sin testigos, sin urgencia por terminar. Solo dos cuerpos encontrándose después de demasiado tiempo.
Quiero prometerme que nunca la soltaré, aunque sé que la vida no funciona con promesas. Solo puedo sostenerla, memorizarla, grabarla en mí de todas las formas posibles. Porque si esto es lo que significa vivir de verdad, entonces nunca querré despertar de este instante.