Capítulo 42
Agua quieta
Adrian
Despierto extrañado de que nada me duela.
Abro los ojos y me toco el pecho.
Respiro sin sentir el peso de la noche anterior aplastándome las costillas. La habitación sigue siendo la misma: madera vieja, una luz pálida entrando por la ventana y el murmullo lejano del puerto comenzando a desperezarse. Pero yo no siento nada.
Me giro despacio.
Elara está despierta, mirándome. No parece sorprendida de verme abrir los ojos, como si llevara un rato esperándolo.
—Esta noche no has gritado —dice en voz baja.
—No he tenido pesadillas —respondo, con un suspiro—. Hacía mucho tiempo que no me pasaba.
Sonríe, una sonrisa pequeña, frágil, como si no quisiera romper el momento.
—Yo tampoco las he tenido —añade suavemente—. Ni una sola.
Nos quedamos así unos segundos, observándonos sin urgencia. Sin el mar decidiendo el ritmo. Sin pactos exigiendo sangre.
—Anoche… —empiezo, y me detengo, porque las palabras no bastan.
—Lo sé —dice ella, con una voz que apenas le tiembla —. Yo también lo sentí.
Me incorporo despacio, apoyando los codos en las rodillas.
—Tengo miedo de acostumbrarme a esto —admito, casi para mí mismo—. A despertar sin rabia. Sin un objetivo que me mantenga en pie,
Elara se acerca un poco más.
—No tienes que convertirte en alguien distinto —susurra—. Solo permitirte ser alguien sin cadenas.
Exhalo con lentitud.
—Y tú —pregunto—. ¿Cómo duermes llevando eso dentro?
Se lleva la mano al pecho, instintivamente.
—No sé cómo explicarlo… —dice—. A veces siento que me habla, otras siento que me escucha, no me da órdenes, solo… espera.
Nos quedamos en silencio, mirándonos. Me giro y veo la bañera, olvidada en un rincón de la habitación.
—Quizá —digo— podríamos intentar hacer algo normal.
Ella arquea una ceja.
—¿Normal?
—Agua caliente, jabón, tú y yo, un baño… —explico—. Quitarnos el olor a sangre, a sal… a todo lo que no somos.
Lo piensa solo un segundo y en su rostro aparece una leve sonrisa.
—De acuerdo.
El agua empieza a llenar la bañera con un sonido suave y constante.
Nos desvestimos y yo no puedo dejar de mirarla, miro de reojo su cuerpo, su pelo, sus movimientos al entrar con cuidado en la bañera…
Cuando entro, el calor me arranca un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.
Elara se acomoda frente a mí, con las rodillas rozando las mías.
—Hace años que no me sentía así —dice, con un hilo de voz—. Vulnerable sin estar en peligro constante, ¿sabes?
—Yo no recuerdo haberlo estado nunca —respondo, y mi mano se mueve sin pensar, acariciando su brazo.
El vapor empaña la habitación. El mundo se reduce al agua, a nuestras respiraciones y el leve movimiento de las olas imaginarias dentro de la bañera.
—Tengo que decirte algo —murmura ella, con un nudo en la garganta.
—Dime —respondo, inclinándome un poco hacia ella.
—Tengo miedo de en qué pueda convertirme —confiesa—. De que este poder me cambie hasta que no me reconozcas.
Le levanto el mentón con cuidado para que me mire.
—Si cambias —digo, con sinceridad—, aprenderé a amarte otra vez.
Sus ojos me reflejan algo que no sé reconocer, pero que me quitan el aliento.
—Yo también tengo miedo —añado, bajando la voz—. De querer quedarme contigo. De elegirte… y que el mundo no nos lo permita.
Ella apoya la frente en la mía.
—No quiero promesas que no podamos cumplir —susurra, y sus dedos buscan los míos bajo el agua.
El contacto es lento. Natural. Mis dedos se entrelazan con los suyos como si siempre hubieran sabido dónde ir.
Cuando nuestros labios se encuentran, es un roce suave, tierno… y no hay prisa. Quiero memorizar cada gesto, cada caricia, cada suspiro suyo.
Nos quedamos así un rato largo, respirando el uno al otro, dejando que el agua se enfríe poco a poco y que todo el ruido del mundo desaparezca.
Cuando salimos, envueltos en toallas, el puerto ya está completamente despierto.
Pero nosotros no. Aún no. No quiero salir de esta habitación. No quiero separarme de ella ni un segundo.
Y mientras la miro, siento algo que no había sentido antes: que, por primera vez, puedo querer quedarme. Sin miedo, sin cadenas… solo con ella.