Capítulo 41
Donde el mar calla
Elara
El puerto nos recibe con un silencio sepulcral.
La Dama Negra queda amarrada al muelle. Nadie nos pregunta de dónde venimos ni por qué llevamos esa expresión que no pertenece a los vivos ni a los muertos. El olor a sal, a pescado y a humo me devuelve a un mundo que sigue girando, ajeno a pactos antiguos y sangre derramada.
Siento un latido dentro de mí, como si supiera que hemos llegado a un lugar donde, por fin, no tenemos que gritar.
Adrian baja del barco sin decir nada. Camina despacio, como si cada paso sobre tierra firme tuviera que convencerlo de que el suelo no va a desaparecer bajo sus pies.
—Adrian —digo al alcanzarlo.
No se detiene.
—Ahora mismo no sé quién soy —responde de inmediato, con un hilo de voz—. Y eso me asusta más que todo lo que acabamos de dejar atrás, ¿sabes?
Me quedo mirándolo; hacía mucho tiempo que no me hablaba con tanta honestidad.
—No tienes que saberlo hoy —le digo suavemente, casi arrastrando las palabras—. Hoy solo tienes que estar aquí, conmigo.
Se gira bruscamente y me mira a los ojos, como si estuviera intentando memorizar mi rostro. Sus pupilas reflejan tanto miedo como alivio.
—He pasado toda mi vida luchando contra él —dice, dejando escapar un suspiro—. Contra su sombra, su voz en mi cabeza… y ahora que se ha ido, no queda nadie a quien culpar,
Me acerco un poco más.
—Queda alguien a quien perdonar —susurro—. A ti.
Niega con la cabeza, y sus hombros se tensan.
—Lo he matado —dice, y la voz apenas le tiembla —. Y no siento… nada de lo que creía que sentiría.
—Lo hiciste para romper algo que llevaba generaciones devorándoos —respondo, suavemente, acariciando su brazo—. No para destruirte, Adrian.
Sus manos tiemblan de agotamiento.
Caminamos sin rumbo fijo hasta encontrar una taberna encajada entre dos almacenes viejos. Tiene un cartel torcido, una puerta gastada y luz cálida filtrándose por las ventanas. El Faro Tardío, dice el nombre, como si incluso el lugar entendiera que no todo el mundo llega a puerto a tiempo.
Dentro huele a madera, a cerveza rancia y a sopa caliente. Un hombre mayor nos ofrece cama en el piso superior sin hacer preguntas. Pagamos unas monedas de plata por el fin de semana. Nadie espera que decidamos nada más allá de sobrevivir a la noche.
La habitación es pequeña. Una cama, una bañera, una ventana desde la que se ve el mar, tranquilo por primera vez desde que lo conozco.
Adrian se sienta en el borde de la cama y se pasa las manos por el rostro.
—Cuando era niño —dice de pronto con la voz ronca—, pensaba que, si algún día lo enfrentaba, sentiría algo… justicia, alivio o incluso odio.
Levanta la mirada hacia mí.
—No siento nada de eso —agrega, con un hilo de voz—. Solo… vacío.
Me siento a su lado, rozando su hombro con suavidad.
—Yo sí siento algo —admito, bajando la mirada—. Miedo.
Frunce el ceño, incrédulo.
—¿Por el mapa? —pregunta, y su tono intenta ser ligero, pero no lo logra.
Asiento despacio.
—No solo por lo que es… sino por lo que me pide. No quiere que siga órdenes. Quiere que elija. Y eso es más peligroso que cualquier maldición, ¿sabes?
Guarda silencio unos segundos, como si el peso de mis palabras le quemara.
—Mi madre eligió —digo al fin, bajando la voz—. Y la mataron por ello.
—No —responde con firmeza, y su mano se tensa sobre la cama—. La mataron porque él no soportó que ella eligiera algo que no lo incluía.
Sus ojos apenas se humedecen, y miro cómo su cuerpo se relaja un poco contra el mío.
—Si vuelvo contigo a esa isla… —empieza— no quiero hacerlo por venganza ni por destino, ¿entiendes?
Me inclino hacia adelante, tomando sus manos entre las mías.
—Entonces… ¿por qué? —pregunto suavemente.
—Porque quiero asegurarme de que nadie más tenga que crecer con una espada apuntándole al corazón desde que nace —dice, con una convicción que me deja sin aliento.
El poder late suavemente dentro de mi pecho, recordándome que todo lo que hemos pasado tiene un propósito.
—En algún momento tendremos que volver —digo—. Pero no tiene que ser ni hoy ni mañana.
—Nos quedamos —confirma, y deja escapar un suspiro—. Este fin de semana. Necesito… recordar cómo se vive cuando el mar no decide por ti.
Sonrío, rozando su cabello con los dedos.
—Yo necesito recordar cómo se duerme sin tener pesadillas —susurro, y él me mira con un hilo de sonrisa.
La noche cae despacio sobre el puerto. Antes de apagar la vela, Adrian habla una última vez, su voz baja, es apenas un murmullo.
—Gracias por no soltarme ahí fuera —dice, y la mirada le tiembla.
Lo miro fijamente.
—Gracias por volver conmigo —pienso, y siento cómo, por primera vez en mucho tiempo, todo lo que nos rodea parece un poco más seguro.