Capítulo 40
-El Pacto de Sangre-
Adrian
El primer trueno parte el cielo como si nos amenazara. Las nubes se cierran sobre nosotros con una rapidez antinatural, girando en espiral sobre el punto exacto donde ambos barcos se enfrentan.
Mi padre sonríe.
Elara se dobla ligeramente hacia delante, llevando una mano a su pecho. No grita, solo inhala con fuerza, como si algo acabara de asentarse dentro de ella.
—Elara… —doy un paso hacia ella.
Alza la mirada. Sus ojos ya no son los mismos.
—Siento decirte que ya no tengo lo que vienes buscando —dice con voz firme—. Ahora el mapa vive dentro de mí.
Mi padre suelta una carcajada baja mientras el mar, poco a poco, comienza a calmarse. Las corrientes se aflojan. El círculo se rompe.
—Por fin —responde—. Así tenía que ser desde siempre. La isla nunca quiso un objeto. Quería un recipiente.
El viento empuja ambos barcos en la misma dirección.
Hacia
Puerto Bruma.
—Tu madre lo entendió demasiado tarde —continúa mi padre—. Creyó que podía controlar el pacto sin pagar el precio completo.
Elara aprieta los dientes.
—Mi madre confió en ti —dice—. Y tú la traicionaste.
Él niega despacio.
—No. Cumplí el acuerdo.
La sangre me sube a la cabeza.
—¿Qué acuerdo? —ruge—. ¡La mataste!
Por primera vez, su mirada vacila.
—Hicimos un pacto —admite—. Ella y yo. Unir nuestros linajes para contener el poder del reino. Un hijo marcado por el mar. Una hija marcada por la isla.
Siento el estómago hundirse.
—Pero ella quiso romperlo —continúa—. Quiso salvaros a ambos. Y el pacto… no permite misericordia.
Elara da un paso adelante, temblando de rabia.
—Así que la asesinaste para mantener tu poder.
—La sacrifiqué —corrige—. Como exige toda maldición antigua.
Algo dentro de mí se quiebra definitivamente.
—No —digo en voz baja—. La mataste porque no soportaste que eligiera el amor antes que a ti.
Desenvaino la espada y el sonido del acero resuena entre ambos barcos.
Elara me mira.
—Adrian…
—No —la interrumpo—. Esta no es tu batalla.
Mi padre suspira, como si al fin se cansara de fingir.
—Sabía que este momento llegaría —dice, desenvainando la suya—. La sangre siempre acaba reclamando sangre.
Salto al barco enemigo sin pensarlo.
El impacto sacude la cubierta. La tripulación retrocede, sabiendo que aquello no es una batalla para ellos.
El primer choque de espadas es brutal. Cada golpe lleva años de rabia contenida. Cada bloqueo, una infancia rota. Él es fuerte. Preciso. Me conoce demasiado bien.
—Te enseñé a luchar —gruñe, atacando—. Te hice lo que eres.
—No —respondo entre jadeos—. Sobreviví, a pesar de la mierda de padre que fuiste.
El acero vuelve a chocar. Mis brazos arden. Cada impacto me recuerda las noches de entrenamiento, las palizas y lecciones aprendidas a base de huesos rotos. Todas las veces que me humilló y todas las torturas a las que me sometió durante años.
Me engaña con un amago y gira. Siento el tirón seco, cuando la espada se me escapa. Golpea la cubierta y rueda, inútil. Su bota se estrella en mi estómago. El aire abandona mis pulmones y caigo de rodillas, luchando por volver a introducir una gota de aire en mi pecho.
Me agarra del cabello y me obliga a mirarlo a los ojos.
—Siempre fuiste débil, Adrian —escupe con desprecio—. La razón por la que los dioses odian a los hombres. La vergüenza de tu propia quilla.
La sonrisa torcida que me dedica es la misma de mi infancia. La misma que me enseñó a odiar. La misma que me arrancó cualquier atisbo de seguridad.
—Padre… —susurro, pero la voz se quiebra—. No…
—¡No te atrevas! —grita él, golpeándome con la otra mano en el pecho—. Nunca fuiste digno de mi legado. Nunca.
Saco el puñal de mi bota, temblando de rabia, y en un movimiento rápido le agarro la muñeca, seccionando su mano. La sangre sale a borbotones, dejando tendones expuestos. Sus ojos se abren con horror y dolor. Grita.
Aprovecho el momento y me lanzo contra él sin pensar, sin control. Lo empujo hasta clavarlo en el mástil. La madera se raja. Su espalda no aguanta igual. Oigo el sonido húmedo de algo rompiéndose dentro de él. Tose sangre, roja y espesa.
Desde el otro barco, Elara grita mi nombre. El poder que tiene se despierta, se retuerce y busca salida. Lo siento atravesarme como un rayo, alimentándome de furia y determinación.
Mi padre tantea la espada en el suelo con su única mano. Levanto el puñal y le doy un tajo en el hombro. La sangre brota caliente, deslizando por su brazo, brillante bajo la luz de la luna. No me detengo. Le clavo el puñal bajo las costillas.
Una vez.
Su grito no parece humano.
Dos.
El filo raspa hueso y su cuerpo convulsiona. Sus ojos me buscan. Susurran miedo. Por primera vez, el control no está de su lado.
—¡Nunca serás digno! —grita con su último aliento—. No importa lo que hagas… no eres más que un error de sangre…
La tercera estocada es lenta. Siento cómo tiemblo mientras empujo con ambas manos. Directo al corazón.
Su cuerpo se arquea. La sangre brota a borbotones, caliente y pegajosa. Me salpica la cara y la boca. Sabe a hierro y sal.
—Hijo… así… —gorgotea, apenas consciente—. No era…
Lo sostengo mientras se derrumba, su vida escapando entre mis dedos igual que lo hizo con la mía durante años.
—No me llames hijo... —le digo, pegando mis labios a su oído—. ...nunca más. Nos vemos en el infierno, hijo de puta.
Arranco el puñal.
Su cuerpo cae con un golpe sordo. Inerte. Vacío.
Mientras la tormenta ruge a nuestro alrededor, siento cómo una parte de mí que siempre temió su sombra ahora está liberada. Pero también siento que la oscuridad de estos años no desaparecerá tan rápido… porque, aunque lo haya derrotado, su marca en mí es indeleble.
Lo miro unos segundos más. No siento alivio. Solo un vacío enorme donde antes estaba su voz.
El mar ruge, enfurecido, como si exigiera sangre. Luego silencio... y en ese silencio entiendo algo peor que la victoria: ya no hay nadie a quien culpar.
Cuando regreso a La Dama Negra , Elara me espera en la cubierta. La bruma del mar aún se arremolina a nuestro alrededor, y el olor a sal y pólvora se me pega a la piel.
Pone la mano sobre mi pecho, con la suavidad de quien conoce cada cicatriz.
—Se ha roto —dice, con un suspiro que apenas consigo entender—. El vínculo… creo que se ha roto.
Siento su palma caliente, y por un instante todo lo que me quema por dentro parece fluir hacia fuera. Respiro hondo, intentando dejar atrás el sabor a hierro de la sangre y el eco de los gritos.
La miro, y en sus ojos veo la misma mezcla de fuerza y cansancio que yo siento. No necesito más palabras. El silencio entre nosotros habla con más claridad que cualquier explicación.
Miro al horizonte. Puerto Bruma se alza a lo lejos, iluminado por antorchas que parpadean como faroles en la niebla. La promesa de tierra firme me golpea con fuerza. Por fin.
—Por fin —pienso para mis adentros—, necesitamos tocar tierra firme.
Elara aprieta mi brazo suavemente, y siento que todo lo vivido en la tormenta, todo lo que he perdido y ganado, se condensa en este momento.
—Vamos —dice, con la voz baja, casi para sí misma—. No hay tiempo que perder.
Asiento. Su mano se suelta de mi pecho y se dirige al timón, como si nada hubiera pasado, pero yo sé que lo que hemos vivido quedará tatuado en nosotros para siempre.
Mientras la Dama Negra corta las olas hacia Puerto Bruma, siento que, aunque el vínculo con ella haya terminado, algo nuevo —y más fuerte— empieza a formarse entre nosotros.
Y esta vez, no temo a la tormenta.