Capítulo 39
Revelaciones oscuras
Adrian
El barco enemigo está atrapado entre las corrientes, luchando contra un mar que ya no le obedece. Desde la cubierta de La Dama Negra, la tripulación contiene el aliento. Nadie celebra nada. Todos sabemos que esto no ha terminado.
Entonces escucho la voz.
—¡Mirad quién nos conduce directo a la perdición!
No es el grito lo que me hiela la sangre. Es la voz. Esa voz…
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Músculos tensos. Corazón golpeando con violencia contra mis costillas.
—¿Habéis oído eso…? —murmuro, sin darme cuenta de que hablo en voz alta.
Elara se gira hacia mí, alerta.
El hombre desciende al puente del barco negro. La luna se abre paso entre la niebla y lo ilumina lo suficiente para que lo vea bien.
El mundo se detiene.
—Padre… —la palabra sale de mis labios sin permiso, rota, incrédula.
El capitán alza la cabeza lentamente. Sus ojos son los mismos que recuerdo: fríos, calculadores… vacíos de compasión.
—Así que sigues vivo, hijo —dice—. Veo que el mar aún no ha terminado contigo.
Elara se tensa a mi lado. Puedo sentir cómo su mano se cierra en torno a la mía.
—¿Ese hombre es tu…? —susurra.
Asiento sin apartar la mirada de él.
Deseaba que estuviera muerto. Creía que el mar lo había reclamado años atrás. Creía tantas cosas…
—Y tú debes de ser Elara —continúa él, girándose hacia ella—. Te pareces demasiado a tu madre.
Veo cómo Elara palidece.
—¿Conocías a mi madre? —pregunta, con una calma peligrosa.
Él sonríe.
—La conocí años atrás. Mucho antes de que decidiera esconder lo que no le pertenecía solo a ella.
Siento la rabia subir como un incendio.
—¿Qué estás diciendo? —espeto—. ¿Qué demonios tienes que ver tú con todo esto?
Mi padre alza su espada y dibuja en el aire el símbolo que ha perseguido a Elara desde niña. El mismo que veo grabado en el mapa. El mismo que ahora arde en mi memoria.
—Todo —responde—. Tu vida. Su linaje. La isla. El mapa. Todo nace de un pacto que ella rompe.
Elara da un paso al frente.
—¡Tú la mataste! —grita.
Él niega despacio.
—No di la orden directa. Pero ayudé a que se llevara a cabo. Ya ves, preciosa, cuando se juega con maldiciones antiguas, siempre hay sangre.
Siento náuseas.
—¿Todo esto…? —mi voz tiembla—. ¿Me utilizaste?
Sus ojos se clavan en los míos.
—Te crié para sobrevivir —dice—. Para resistir lo que venía. Pero elegiste el lado equivocado.
Miro a Elara. Su rabia. Su dolor. Su fuerza.
—No —respondo—. He elegido bien.
El mar ruge más fuerte.
—Aún puedes volver conmigo, hijo —dice—. Ya sabes, la sangre siempre llama.
Aprieto la mano de Elara con fuerza.
—Mi sangre está aquí —digo—. Y si el destino nos enfrenta… tendrás que matarme.
Elara alza el mentón, con rabia.
—Esto se acaba hoy —dice—. No más secretos. No más sombras.
La tormenta empieza a formarse sobre nuestras cabezas. Y sé, con una certeza aterradora, que el enemigo nunca es solo un barco.
Es mi padre. Es su pasado. Es una maldición que nos unió antes de aprender a elegirnos. Y esta vez… no pienso huir.
Toda mi vida he querido su aprobación, su reconocimiento. Incluso cuando me alejé de él, incluso cuando creí que el mar lo había reclamado, algo dentro de mí seguía buscando su mirada.
Y ahora…
Ahora veo que esa aprobación nunca existió. Que el hombre que me enseñó a luchar, a resistir, a sobrevivir… también me moldeó para servir a un propósito que él mismo decidió.
¿Es eso amor? ¿O solo control?
Cada palabra, cada gesto de Elara frente a él me recuerda lo que mi padre me enseñó… pero también lo que nunca debería haber aprendido.
Lo miro a los ojos y siento el peso de los años robados, de la infancia que perdí, de las decisiones que él tomó por mí.
Pero no hay miedo. Solo furia y determinación. Porque aunque sea mi sangre… no soy él.
Y hoy…
Hoy voy a decidir qué significa ser Adrian Thorne, hijo de ese hombre, sin dejar que sus sombras me definan.